«Hay que desconfiar de la humildad de los espejos,
humildes sirvientes de las apariencias, no pueden
sino reflejar los objetos que están enfrente,
sin poder sustraerse, y todo el mundo se lo agradece
(salvo con la muerte, donde se les cubre por esta razón).
Son los perros de la apariencia.
Pero su fidelidad es capciosa y sólo esperan que
caigamos atrapados en su reflejo.
No olvide tan rápido su mirada oblicua:
le reconocen, y cuando por sorpresa le encuentran allí
donde usted no se esperaba, su turno ha llegado.
Así es la estrategia del seductor: se atribuye la humildad del espejo,
pero de un espejo maniobrero, como el escudo de Perseo, en el que
Medusa se queda estupefacta. La joven va a caer cautiva de ese
espejo, que la piensa y la analiza a sus espaldas.»
«Omisiones, denegaciones, recogimiento, rodeos, decepciones,
derivaciones — todo eso se encamina a provocar ese estado segundo,
secreto de una verdadera seducción. Mientras que la seducción vulgar
procede mediante la insistencia, ésta procede mediante la ausencia,
o más bien inventa algo así como un espacio curvo, donde los signos
son desviados de su trayectoria y devueltos a su origen, Este estado de
suspenso, ininteligible, es esencial, el momento de desconcierto...»
Baudrillard