FEDOR DOSTOIEVSKI
EL SUEÑO DE UN HOMBRE EXTRAÑO
I
Soy un hombre extraño. Ahora me tratan de loco; pero esto sería para mí una especie de ascenso, si no continuase siendo el mismo hombre "extraño" de antes.
Preciso es decir que ya no me enfado con las bromas que me hacen. Al contrario, más bien me divierte el que se burlen de mí. Y hasta me reiría de buena gana con ellos, si no experimentase cierta tristeza al ver que
los que de mí se burlan ignoran la Verdad, y yo, en cambio, la conozco.
¡Oh, qué triste resulta ser el único que conoce la Verdad!
¡Y pensar que ellos no podrán conocerla nunca! ¡Oh, no, no podrán conocerla!...
Antes, cuando aún no conocía la Verdad, sufría mucho al considerar que a todo el mundo le parecía un hombre "extraño". No es que lo pareciese, sino que lo era. Había sido "extraño" desde mi nacimiento, lo sabía desde que tuve uso de razón, tal vez desde los siete años, quizá aún antes de ir al colegio. Cuando llegué a la Universidad, cuanto más estudiaba, con más claridad comprendía que era un ser "extraño". De tal modo, que todos cuantos estudios universitarios hice no parecían tener más fin que uno, el de convencerme de que yo era un ente "extraño", trayéndome cada año un argumento nuevo.
Más tarde, en la vida corriente, ocurrió lo mismo que en mis estudios. Cada año aumentaba en mí la conciencia de mi extrañeza desde todos los puntos de vista. Todo el mundo se burlaba de mí; pero nadie era capaz de comprender que si había en el mundo un hombre completamente convencido de mi ridiculez, ese hombre era yo. Y eso era lo que más me fastidiaba, el que nadie lo comprendiese.
Sin embargo, la culpa era mía: he sido siempre demasiado orgulloso para confiarme a nadie.
Este orgullo aumentó con la edad, y es seguro que si hubiese llegado la ocasión de hacer semejante confesión delante de alguien, creo que hubiera sido capaz, aquella misma noche, de levantarme la tapa de los sesos.
¡Oh, Dios mío, cómo he sufrido durante mi adolescencia al pensar que llegaría un día en que no podría vencer
el deseo de hacer público cuanto pensaba!
Luego, cuando fui un hombrecito, aunque cada año sentía crecer en mí especial carácter, no sé a punto fijo por qué, me sentí más tranquilo. Tal vez fuese porque aquellos negros pensamientos que se agolpaban en mí me producían un dolor aún mayor:
el comprender que todo me era indiferente,
que en la vida nada tiene importancia.
Comprendí que lo mismo daba que el mundo existiese, o que no existiese.
Tuve la revelación de que en torno mío no había nada.
Me parecía, sin embargo, que hasta entonces habíame visto yo rodeado por seres extraños a mí; pero comprendí que todo aquello eran vanas apariencias.
Nada ha sido, nada es y nada será.
Entonces, súbitamente, dejé de enfadarme con los que de mí se burlaban; ya no me ocupé más de ellos.
Se apoderó de mí una absoluta indiferencia para todo.
A veces me ocurría pasearme por la calle, y tan absorto iba, que tropezaba con los transeúntes. ¿Absorto? No era por distracción, pues había dejado de pensar. Pero es que
todo me daba lo mismo, todo, absolutamente todo, me era indiferente.
Entonces fue cuando se me reveló la Verdad.
Ello fue en el mes de noviembre, el día 3, para ser más exacto. Desde ese momento no he olvidado él menor detalle.
Fue un día triste, tan triste como no es posible imaginar otro igual. A eso de las once volvía yo a mi casa, y precisamente iba pensando en que era imposible hallar una noche más sombría. Había llovido durante todo el día, una lluvia fría, dijérase negra y hostil a la Humanidad. Y he aquí que de pronto cesó la lluvia, dejando en el ambiente una humedad más terrible aún que la lluvia. Parecíame ver desprenderse de cada piedra de la calle, de cada pulgada cuadrada del suelo, un vapor frío insoportable. Tuve la impresión de que, si de repente se apagaban los mecheros de gas del alumbrado, me hubiese sentido más feliz, pues la luz, al poner en evidencia la humedad y la tristeza del aire, la hacía todo más triste.
Aquel día apenas si había cenado, y desde el comienzo de la velada había permanecido en casa de un ingeniero, en donde estaban también de visita dos de mis compañeros. Permanecí tan callado, que creo que hasta llegó a fastidiarles mi silencio. Discutían acerca de un asunto interesante, y lo hacían hasta con acaloramiento; pero, en realidad, la cosa les era completamente indiferente. Yo lo comprendí así, y, de repente, tuve que decirles:
Señores, eso les es a ustedes igual.
Mi advertencia no les molestó, y se echaron a reír de mí, comprendiendo que lo que yo les decía y lo que ellos pensaban a mí también me era igual. Por eso se reían.
En la calle, en el momento de pensar en el gas, me puse a mirar al cielo. Estaba tremendamente negro, y, sin embargo, aunque fuese débilmente, se distinguían las nubes, entre las cuales se abrían espacios más negros aún, que parecían insondables abismos.
De repente, en el fondo de uno de aquellos abismos, vi brillar una estrellita.
Me la quedé mirando fijamente, y mirándola se me ocurrió una idea:
la de matarme aquella misma noche.
Ya dos meses antes había decidido acabar con mi vida y, a pesar de mi extrema pobreza, había comprado con tal objeto un revólver y lo había cargado en seguida. Pero habían pasado dos meses, y el revólver seguía en su funda y en mi cajón, pues deseaba escoger para matarme un momento en que todo me fuera un poco menos indiferente, me diese menos lo mismo... ¿Por qué? Lo ignoro..., era un misterio.
Pero la estrella entonces me dio a conocer
que había llegado el momento de obrar,
inspirándome el deseo de morir aquella misma noche.
Decidí, pues, que sería irremisiblemente aquella noche.
¿Por qué la estrellita me empujaba en ese sentido? No lo sé.
Era también otro misterio.
Mientras miraba al cielo, una chiquilla de unos ocho años me tocó en el brazo. La calle estaba desierta. Lejos de nosotros, un cochero dormía sentado en el pescante. Llevaba sobre la cabeza un pañuelo completamente mojada, así como su ropita, que era miserable; pero en lo que más me fijé fue en sus zapatos, mojados y rotos.
De pronto, la chicuela comenzó a gritar, como amedrentada:
¡Mamá! ¡Mamá!
La miré sin decir nada, y seguí andando. Marché más rápido; pero ella continuaba tirándome de la manga y sin cesar de gritar con desesperado acento.
(Ya conocía aquel sistema).
Luego, con voz entrecortada, me dijo que su madre se moría, que se había echado a la calle al azar, para llamar a alguien y tratar de salvar a su madre.
No la seguí. Al contrario, quise arrojarla de mi lado. Pensándolo mejor, me contenté con decirle que buscase a un guardia. Pero ella juntó sus manitas y corrió tras mí, sin querer dejarme; entonces me impacienté y, golpeando el suelo con mis pies,
la amenacé.
Entonces volvió a gritar:
¡Señor! ¡Señor!
Pero por fin me abandonó, cruzó la calle y se puso a seguir los pasos de otro transeúnte.
Escalé los cinco pisos de mi cuarto, y penetré en la habitación, pobremente amueblada, que recibía su luz por un ventanuco en el techo con buhardilla. Un diván forrado de cuero, una mesa cargada de libros, dos sillas y una vieja butaca era cuanto poseía. Encendí una bujía, tomé asiento y me puse a pensar... En el cuarto de al lado, separado del mío por un sencillo tabique, hacía tres días que estaban de fiesta. Era la habitación de un capitán retirado. Le hacían compañía hasta una media docena de desocupados, los cuales pasaban el tiempo bebiendo aguardiente y jugando a las cartas. La noche anterior había habido entre ellos una verdadera batalla: dos de los jugadores se habían agarrado por los cabellos, haciendo danzar ruidosamente los muebles. La dueña del inmueble hubiera querido ir a quejarse a la policía; pero tenía un miedo espantoso al capitán. Entre los otros inquilinos había una mujer delgada, viuda de un militar y madre de tres niñitos enfermos; el más joven de estos niños habíase asustado tanto al oír la disputa, que le había dado una especie de ataque de nervios. Sé de buena fuente que, de tiempo en tiempo, el capitán detiene a los transeúntes en la Perspectiva Nevsky para pedirles una limosna. Yo he evitado toda relación con él; nada hubiéramos sacado ni él ni yo. En cuanto a sus escándalos y a los de sus huéspedes, me era igual.
Sin embargo, pasé la noche en vela, sentado en mi butaca; pero de tal modo los había olvidado, que no los oí. Un año, todo un año llevaba velando de aquel modo, en mi butaca, sin hacer nada, ni leer ni pensar, dejando en libertad a las ideas que cruzaban por mi cerebro. Y cada noche veía consumirse una bujía entera.
Al volver, pues, aquella noche, me senté, según costumbre; saqué el revólver del cajón, lo puse sobre la mesa y... Recuerdo que al dejarlo sobre la mesa me pregunté: "¿Es verdad? ", y respondí: " ¡Absolutamente verdad! " (Absolutamente verdad que iba a levantarme la tapa de los sesos.)
Estaba resuelto a matarme aquella misma noche; pero... ¿cuánto tiempo iba a permanecer así, ante mi mesa, maquinando el proyecto? Eso era lo que no sabía.
¡Oh! Con seguridad, si no es por el encuentro con aquella chicuela me hubiese matado inmediatamente.
II
Todo me daba lo mismo; ya queda dicho. Pero, a pesar de mi indiferencia, temía el dolor físico... Además sentía compasión por aquella chicuela que poco antes me había tropezado en la calle, y a la que debía haber prestado ayuda. ¿Por qué no había socorrido a aquella pobre chiquilla? ¡Ah! Porque quería que todo me fuese indiferente, y me avergonzaba el haber sentido piedad de aquella niña.
¿Por qué diablos el dolor de aquella chicuela no me había sido indiferente?... Era algo sencillamente estúpido... ¡Y aún estaba sufriendo entonces! Pero, vamos a ver: si me iba a matar antes de dos horas, ¿qué podía importarme el que aquella chiquilla fuese desgraciada o no? ¡Pronto ya no tendría la menor idea, ya no sería nada! Por eso es por lo que me había cobardemente enfadado contra la chicuela. Estaba en situación de cometer cualquier bajeza, puesto que dos horas más tarde ya nada tendría sentido para mí.
Imaginábame yo que en aquel instante el mundo y
la vida dependían exclusivamente de mí, eran sólo para mí.
No tenía más que matarme, y el mundo dejaba de existir,
para mí al menos. Sin contar con que
tal vez fuese verdad que, después de mí, tampoco existiese para nadie;
que el universo entero, en cuanto mi conciencia se apagase, se desvanecería como un fantasma,
por no ser más que algo dependiente de mi conciencia.
¿Quién sabía si el universo y las multitudes estaban sólo en mí,
eran únicamente ilusión de mis sentidos?
Luego volví la idea a la inversa, ocurriéndoseme una extraña idea. Supongamos, me dije, que antes de habitar sobre la Tierra hubiese vivido una existencia anterior en la Luna o en el planeta Marte, en donde hubiese cometido la más vil y la más vergonzosa de las acciones, tal como apenas cabe imaginar en el horror de una pesadilla, y que hubiera conservado sobre la Tierra la conciencia de haberme visto allá lejos deshonrado; si tenía la seguridad de no volver allá jamás, ¿qué pensaría al mirar a la Luna o a Marte? ¿Me hubiera dado igual?
Aquellas preguntas eran perfectamente ociosas, puesto que allí estaba el revólver ante mí, y creía que la cosa iba a realizarse. Sin embargo, me sentía fuera de mí, el maldito asunto roía mi cerebro, y no quería morir sin antes haber resuelto aquel absurdo problema.
En suma: que fue la chiquilla la que me salvó, la que impidió que apretase el gatillo del revólver.
Mientras, en la habitación del capitán todo parecía entrar en calma. Había terminado el juego, y las groseras invectivas pronto fueron no más que un murmullo. Debían de irse a dormir los jugadores.
Fue entonces cuando, de pronto, quedé dormido, lo que nunca solía ocurrir a aquella hora. Y me dormí sin darme cuenta de ello. Me dormí y soñé. ¡Qué cosa tan extraña los sueños! Unas veces la visión se presenta con una nitidez terrible, con una increíble minuciosidad en los detalles; otras ocurren en el curso de los sueños cosas misteriosamente incomprensibles, nociones contradictorias se mezclan y confunden con vagas apariencias.
Me parece que los sueños sobreexcitan, no la inteligencia, sino el deseo; no la cabeza, sino el corazón.
¡Y, sin embargo, qué sutiles imaginaciones produce algunas veces mi cerebro durante mis sueños! Pero es preciso dejar su parte a las complicaciones incomprensibles.
Cinco años hace que murió mi hermano, y cuántas veces, durante mi sueño, acordándome perfectamente de que ha muerto,
no me asombra el verle a mi lado,
el oírle hablar de lo que me interesa,
de sentir la seguridad de su presencia,
sin olvidar un minuto que yace bajo tierra.
¿Cómo es posible que mi espíritu acepte a un tiempo esas dos nociones tan opuestas?
Pero dejemos esto, y volvamos al sueño que tuve aquella noche, la noche del 3 de noviembre. Las gentes se complacen en hacerme rabiar, diciéndome que todo ello no es más que un sueño. Me enfada el pensar que haya podido no ser más que un sueño.
¿Qué diferencia quieren ver entre el sueño y la realidad si leemos más claramente la verdad en el sueño?
De todos modos es un sueño que me ha dado a conocer la Verdad.
¡Cuando una vez se ha visto la Verdad, sabe uno que es la Verdad, que es única, que no hay dos verdades,
según se esté dormido o despierto! ¿Qué importa que la haya uno visto en el sueño o en la vida?
Pues bien, esa vida que tanto alabáis, yo iba a quitármela, suicidándome.
Y mi sueño me ha predicho,
me ha mostrado una nueva vida,
hermosa, intensa y fuerte. Una vida renovada. Escuchad.
III
Ya he dicho que me dormí sin darme cuenta de ello. Hasta mientras me dormía continué dándole vueltas a los mismos asuntos.
De pronto, soñando, vi que agarraba el revólver y que lo aplicaba sobre el corazón, no en la cabeza, y eso que mi resolución había sido levantarme la tapa de los sesos. Permanecí un instante inmóvil, con el cañón apoyado en el pecho;
mi bujía, la mesa y la pared comenzaron a agitarse, a bailar.
Disparé.
Sucede a veces en los sueños que se cae desde una gran altura, que le estrangulan a uno o, por lo menos, le maltratan; pero nunca se llega a experimentar el menor dolor físico, excepto cuando, al hacer algún movimiento, tropieza uno con la cama, y entonces el dolor nos despierta.
En aquella ocasión yo no sufrí lo más mínimo, pero el disparo me conmovió intensamente, y me puse a temblar. En torno mío quedó todo sombrío, completamente a oscuras... Me sentía ciego y mudo. Me veía tendido, con la cara mirando al techo de mi habitación. Me sentía incapaz de hacer el menor movimiento; pero en torno mío reinaba gran agitación.
Hablaba el capitán con su voz de bajo, la dueña de la casa lanzaba agudos gritos..., cuando he aquí que, sin más transición, trajeron un féretro y me metieron dentro.
Sentí que lo alzaban en el aire, y mientras me bamboleaba al paso de los conductores, por primera vez se me ocurrió la idea de que estaba muerto, completamente muerto.
Me daba cuenta de ello, no cabía duda, y, sin embargo, aunque no pudiese moverme, ni ver, ni hablar, continuaba sintiendo y razonando; vivía, pues..., pero estaba muerto. Como suele ocurrir en los sueños, me acostumbré en seguida a aquella idea, y la acepté sin el menor asombro por mi parte.
Sin la menor ceremonia me enterraron y se fueron. Me quedé en mi tumba solo, abandonado. En otro tiempo, cuando alguna vez se me había ocurrido el pensar en mi entierro, que creía muy lejano, la idea de la fosa despertaba siempre en mí una sensación de humedad y de frío. Eso fue lo mismo que sentí en mi sueño. Frío, mucho frío... Sobre todo los pies los tenía helados.
Cosa rara: ya no esperaba nada, admitiendo con facilidad el que un muerto nada tiene que esperar. Pasaron entonces horas, días, meses..., cuando súbitamente cayó sobre mi ojo izquierdo cerrado una gota de agua que había atravesado la tapa del féretro. Poco después, otra, y otra, y otra, y así sucesivamente...
Al mismo tiempo despertóse en mí un dolor físico y una violenta cólera: "¡Es mi herida, pensé; es el tiro; ahí está la bala!..." Y la gota de agua seguía cayendo, de minuto en minuto, y siempre sobre mi ojo cerrado. Me puse...,¿cómo diría yo?... a gritar, a implorar, claro es que no con palabras, sino mentalmente, contra Aquel que permitía o disponía ocurriese lo que estaba ocurriendo, contra el Señor de la vida y de la muerte.
Quienquiera que seas, si existes, si hay un principio superior, consciente y razonable, de quien en estos momentos estoy siendo juguete, si hay una Providencia, déjala que se ejerza aquí. Pero si te vengas de mí por culpa de mi suicidio estúpido, te prevengo que ninguna tortura, sea la que sea, podrá vencer
al desprecio que siento por ti,
y que seguiré sintiendo millones de años, tantos como dure tu oficio de verdugo.
Callé mentalmente. Hubo un largo silencio, sin otro ruido que el de la gota de agua; me volvió a caer en el ojo izquierdo;
pero sabía yo, con una ciencia imperturbable y sobrehumana,
que todo iba a cambiar casi inmediatamente.
Y he aquí que, de pronto, mi tumba se abrió.
Es decir..., ¿estaba realmente abierta? Por lo menos yo me vi desenterrado, y apenas esto ocurrió,
un ser desconocido se apoderó de mí
y los dos nos encontramos flotando por el espacio.
De pronto comencé a ver, aunque con gran dificultad, pues la noche era muy tenebrosa, tan profunda la oscuridad como la noche más negra de mi vida.
Estábamos ya muy lejos de la Tierra, volando por el espacio,
y aunque nada preguntaba a mi raptor, aguardaba sin someterme, orgulloso porque no sentía miedo. ¿Cuánto tiempo duró nuestro viaje? No puedo calcularlo. Todo ocurría como acostumbra a ocurrir en los sueños, en los que para nada se hace caso ni del tiempo ni del espacio. De pronto, en medio de la oscuridad, vi brillar una estrella.
¿Es Sirio? pregunté, sin acordarme de que estaba resuelto a no preguntar nada.
No, es la estrella que viste al volver a tu casa me respondió el ser que me llevaba.
Pude entonces darme cuenta de que tenía mi compañero algo así como un rostro humano. Era algo extraña la cosa; pero sentía por aquel ser cierta aversión. ¿Por qué? Había deseado la ataraxia, había querido no ser al pegarme el tiro, y he aquí que me veía entre las manos de un ser desconocido, que indudablemente no era humano, pero existía.
" ¡Ah! Luego entonces hay otra vida más allá de la tumba
pensaba yo en mi sueño con extraño aturdimiento. Me será preciso ser de nuevo, sufrir la voluntad de alguien del que no me podré librar."
Inopinadamente, y dirigiéndome a mi compañero, dije:
Sabes que te temo, y por eso me desprecias.
En estas humillantes palabras quedaba resumida la declaración de mi debilidad. No había podido retenerlas, y en mi corazón, agudo como un alfilerazo, sentía el dolor de haberlas dicho.
No me respondió; pero comprendí que no me despreciaba,
que no se burlaba de mí, que hasta me tenía lástima.
Se limitaba a conducirme a un lugar desconocido y misterioso, que sólo a mí interesaba. Me sentí invadido por el terror. No obstante, una especie de muda pero comprensible comunicación se estableció entre mi silencioso compañero y yo.
Seguíamos flotando por el vacío. Desde hacía mucho tiempo había dejado de ver las constelaciones que solían distinguir mis ojos. Tal vez nos hallábamos recorriendo los espacios donde se agitan las misteriosas estrellas cuyos rayos tardan millones de años en llegar a nuestro planeta.
Me sentía angustiado por la espera de algo indeterminado,
cuando, de pronto, me sentí agitado por una conmoción interior agradable: ¡iba a volver a ver nuestro sol! Sin embargo, pronto comprendí que no podía ser nuestro sol, el de nuestra tierra. Nos encontrábamos a distancias inconmensurables de nuestro sistema planetario, pero me sentí dichoso al ver hasta qué punto aquel sol se parecía al nuestro. La luz vital, la que me había dado la existencia, me resucitó.
Sentí en mí una vida tan fuerte como la que había animado mi cuerpo antes de la tumba.
Si es el Sol dije, o mejor, si ese sol es idéntico al nuestro; ¿dónde está la Tierra?
Mi compañero me señaló una estrella, color esmeralda, que brillaba a lo lejos. Volamos derechos hacia ella.
¿Es posible que el Universo esté formado por repeticones semejantes? exclamé. ¿Es ésta la ley universal? ¿Es ésa una Tierra completamente igual a la nuestra? Una Tierra completamente igual, tan desgraciada, tan pobre, pero amada por los más ingratos de sus hijos, con el mismo doloroso amor con que nosotros amamos a la nuestra.
Volví a ver la imagen de la niña, con la que tan mal me había portado.
Lo volverás a ver todo me dijo mi compañero, con una voz que sonó a triste en el espacio infinito.
Nos aproximábamos rápidamente al planeta, el cual crecía a ojos vistas.
Distinguí en él la superficie de un océano, la forma y contorno de Europa, una nueva Europa, sintiéndome invadido por una grande y santa envidia.
¿Para qué esta nueva edición de nuestro mundo?
Yo no puede amar más que mi Tierra, aquella donde quedan las salpicaduras de mi sangre, aquella con la que me he mostrado lo suficientemente ingrato para abandonarla, suicidándome. ¡Ah! Nunca he dejado de amarla, ni aún esa noche de la separación, tal vez más esa noche porque ha sido cuando la he amado más dolorosamente que nunca.
¿Hay sufrimientos en esa copia de nuestro mundo?
En la nuestra no se ama más que en el dolor y por el dolor, no conocemos otro amor; quiero sufrir para amar.
¡Qué feliz sería si pudiese besar el suelo del astro abandonado, regarlo con mis lágrimas! ¡No quiero la vida si ha de transcurrir en otro planeta!
Pero mi compañero me había dejado solo, y, de pronto, sin saber cómo, me encontré ya en otra tierra, envuelto en los rayos de un sol paradisíaco. Había echado pie a tierra, según creo, en una de las islas del archipiélago griego, o en alguna costa no lejana de aquellas islas. Todo era como en nuestro país, pero
todo resplandecía como bajo un resplandor de festividad, de santa solemnidad.
Un mar de esmeralda acariciaba suavemente la playa, como impregnado de un amor consciente, casi visible. Grandes y hermosos árboles, floridos y adornados con bellas hojas brillantes, mostrábanse en toda su pompa, y, desde lo alto del cielo, innumerables golondrinas acogían mi llegada con gritos vivos y tiernos, como si me felicitasen. La hierba aromática resplandecía con refulgentes colores. Bandadas de pajarillos volaban por el aire, y muchos de ellos, sin el menor temor, venían a posarse sobre mis manos, sobre mis hombros, agitando gentilmente sus alas chiquitas y temblorosas.
Por fin descubrí a los habitantes de aquella venturosa tierra, que se acercaron a mí, rodeándome y abrazándome. ¡Qué hermosos eran aquellos hijos del Sol! Nunca viera en mi antigua Tierra que la belleza humana hubiese alcanzado tal grado de perfección.
Apenas si entre los niños pequeños pudieran hallarse algunos débiles reflejos de tal belleza. Brillaban sus ojos con débiles reflejos de tal belleza. Brillaban sus ojos con un resplandor sereno, y sus rostros expresaban inteligencia, tranquila conciencia, encantadora alegría. Sus voces eran puras y alegres, como voces de niños.
¡Oh! Apenas los vi lo comprendí todo.
Me encontraba sobre una Tierra no profanada aún por el pecado.
Aquellas almas inocentes vivían, según cuenta la leyenda que nuestros primeros padres vivieron, en un paraíso terrenal.
Y eran aquellos hombres tan buenos, que al llevarme hacia sus moradas esforzábanse, por todos los medios, en espantar de mí toda inquietud, toda intranquilidad. Me interrogaban, pero parecían saberlo todo, y no tener más deseo que borrar de mi memoria todo recuerdo de dolor.
IV
Aunque todo ello lo haya yo sentido en sueños, no obstante, el recuerdo de la afectuosa solicitud de estos hombres inocentes me acompañará mientras viva.
Todavía siento que su amor envuelve mi atmósfera.
Sin embargo, no siempre les comprendía. Siendo yo un vulgar progresista, no podía explicarme cómo es que, sabiendo tanto como sabían, ignorasen nuestras ciencias. No tardé en comprender que la esencia de su saber era diferente a la de nuestra instrucción y que sus aspiraciones eran distintas, por ejemplo, a las mías.
Carecían de deseos, no ambicionaban, como nosotros, poseer la ciencia de la vida, puesto que su vida era más completa que la nuestra.
En realidad, sus conocimientos eran mucho más amplios y más profundos que los que nosotros poseemos. Mientras nuestra ciencia trata de explicar la vida, obteniendo una conciencia racional de ella para enseñar a los demás a vivir, ellos no necesitaban de aquella ciencia, pues sabían cómo es preciso vivir y lo sabían sin formulismo ninguno.
Me enseñaban sus hermosos árboles, asombrándome el amor que demostraban sentir por ellos; diríase que los trataban como seres racionales, que habían descubierto su lenguaje y conversaban con ellos. Claro es que con los animales mantenían relaciones afectuosas, siendo amados hasta de los más feroces, a los que habían vencido con su dulzura. Me enseñaban las estrellas, y acerca de ellas expresaban cosas que yo no sabía comprender,
convenciéndome, sin embargo, de que se relacionaban con ellas, no sólo con el pensamiento, sino por algún conducto más material.
Mi incomprensión no les impacientaba. Me amaban tal como era, experimentando también yo que tampoco ellos me entenderían, por lo que evitaba hablarles de nuestra Tierra.
Muchas veces me preguntaba cómo hombres tan superiores a mí no me humillaban con su perfección, cómo no me inspiraban envidia,
y cómo a mí, charlatán y embustero,
no se me ocurría tratar de asombrarles descubriéndoles mi ciencia, de la que no tenían la menor idea.
Mostrábanse vivos y alegres como niños. Se paseaban a través de sus hermosos bosques, cantando lindas canciones; su alimento consistía únicamente en frutos de sus árboles, miel y leche de sus amigos los animales, teniendo que darse muy poco trabajo para procurarse la alimentación y el vestido.
Conocían el amor material, puesto que tenían hijos, pero nunca los vi atormentados por esos arrebatos de voluptuosidad que tanto tiranizan a los seres de nuestro planeta, y que son la fuente casi única de nuestros pecados.
Alegrábanse viendo nacer a los hijos, en los que veían a nuevos copartícipes de su felicidad.
Entre ellos no existían las querellas, ni los celos;
ni comprendían siquiera lo que esto último podía ser.
Sus hijos eran de todos,
pues no formaban más que una sola familia.
Casi nunca estaban enfermos...
Conocían, sin embargo, la muerte; pero los ancianos morían dulcemente, como si se durmiesen, rodeados por sus amigos, que se despedían de ellos sin mostrar tristeza; al contrario, con la sonrisa en los labios. Dolores y lágrimas eran términos para ellos ignorados. Por todas partes se advertía el amor,
un amor semejante al éxtasis.
Siempre he creído que se comunicaban con sus muertos.
Las relaciones entre los que se habían amado no se veían interrumpidas por la muerte. Noté que no me comprendían claramente cuando les hablaba de la vida eterna: tal vez creían tan firmemente en ello que hablar de tal cuestión les pareciera inútil.
Carecían de religión,
pero evidentemente estaban seguros de que cuando sus alegrías hubiesen alcanzado todo su desarrollo,
surgiría una transformación
que haría más completa la unión de los hombres con el Gran Todo,
alma del Universo.
Aguardaban ese momento con alegría, pero sin prisas: hubiérase dicho que gozaban ya del presentimiento que tenían llevarlo en sus corazones.
Antes de irse a descansar les gustaba formar armoniosos coros, cantando lo que durante el día habían sentido, ensalzando la Naturaleza, la Tierra, el Mar, los bosques, el amor... Sus canciones eran ingenuas y sencillas, afectuosas y delicadas. No era sólo con la música como expresaban su mutua ternura: toda su vida era una prueba de la amistad que existía entre ellos. Poseían otros cantos majestuosos y espléndidos, pero su sentido era inaccesible a mi inteligencia, aunque penetrasen cada vez más hondamente mi corazón.
A menudo les decía que desde hacía mucho tiempo había presentido su felicidad, que ya en la Tierra se había llenado muchas veces mi alma de tristeza al apreciar el contraste entre su vida deliciosa adivinada y nuestra suerte... ¡En mi enemistad contra los hombres de mi planeta había también tanta tristeza! ¡Quería odiarles, y no poder dejar de amarles, aunque sin llegar a perdonarles!
Me escuchaban, pero bien veía yo que no podían entenderme.
Comprendían al menos cuan doloroso me era haber dejado a mis hermanos. Yo mismo, viendo sus miradas tan llenas de amor, sintiendo que mi corazón se hacía tan inocente como los de ellos, ya no lamentaba no comprenderlos. Les amaba, sin necesidad de que compartiesen mis rencores.
Se me reirán en mis propias narices cuando les cuente mi sueño; me dirán que semejantes cosas no es posible verlas en un sueño, que todos esos detalles los he inventado yo, sin darme cuenta, inocentemente; que los sueños no pueden proporcionar más que sensaciones borrosas. Y sobre todo, Dios mío, ¡qué de risas cuando les digo que quizá todo ello ha sido realidad!
Yo no he sido impresionado más que por las sensaciones de mi sueño; han sido las únicas que han quedado como vivo recuerdo en mi lacerado corazón. Imágenes y formas eran tan armoniosas, tan bellas y tan verdaderas, que, en efecto, resultaba imposible el que, al despertarme, tuviese la fuerza de expresarlas con débiles palabras; quizá, pues, todo debía borrarse en mi espíritu y tal vez haya inventado inconscientemente los detalles, desfigurándolos, seguramente, por ese deseo apasionado de dar lo más rápidamente posible el sentido general del asunto. Pero, en el fondo,
¿por qué no quieren creer que todo eso haya podido ocurrir realmente?
Tal vez todo era mucho mejor y más alegre de lo que yo he contado. Quizá no sea un sueño, pues hay algo que excede los límites de un sueño, y es que, si fuese un sueño, estaría engendrado por mi corazón.
Pero... ¿es posible que mi corazón tuviese la fuerza necesaria para producir
la terrible verdad que ante mí se ha alzado?
Porque ha ocurrido algo tan horrible y verdadero, que no es posible verlo en sueños. Juzgad por vosotros mismos.
Lo he ocultado hasta ahora, pero es necesario decir la verdad.
Yo, con mis relatos, los he pervertido todos.
V
Pues sí; acabé por pervertirlos a todos, aunque no recuerdo cómo, ni pueda explicarme el porqué.
Mi sueño duró diez siglos,
pero no me ha dejado ninguna sensación muy clara.
Fui la única fuente de su corrupción;
me basté yo sólo para contaminar toda aquella tierra feliz e inocente antes de mi llegada, como un microscópico germen pestífero infesta a países enteros.
Oyéndome hablar, los hombres de aquella, hermosa tierra del amor aprendieron a mentir, complaciéndose con sus mentiras. Introdujeron la mentira en el amor, y no tardó en nacer la sensualidad en sus corazones, engendrando los celos, y más tarde la crueldad... No sé cuando, pero al poco tiempo de conocer y emplear la mentira, vertióse la primera sangre criminal. Asustados, los hombres comenzaron a huir unos de otros, a vivir aislados, formándose grupos, que luego hicieron entre sí alianzas para atacar a otros grupos.
Estallaron los odios, y al conocer la vergüenza, le dieron un título glorioso: el Honor. Cada grupo enarboló una bandera. Los hombres empezaron por declarar la guerra a los animales, maltratándolos y haciéndolos huir a los bosques y convertirse en enemigos del hombre. Nacieron diferentes lenguas, y comenzó la lucha del la individualidad por lo tuyo y lo mío. Comenzó una lucha terrible. Conocieron el Dolor, y, enamorados de él, establecieron el principio de que sólo por él se llega al conocimiento de la Verdad. Fue el origen de la Ciencia.
Cuando se volvieron malos comenzaron a hablar de fraternidad y de desinterés, agarrándose a dichas ideas. En cuanto fueron criminales, hablaron de justicia, crearon códigos para conservarla y patíbulos para defenderla.
Acordábanse ya muy vagamente de lo que habían perdido, no queriendo creer ni en su inocencia ni en su felicidad pasadas, hasta tomándolas a chacota y diciendo que todo aquello era una leyenda. Pero, aunque hubiesen perdido la fe en su antigua beatitud, sintieron un deseo tan fuerte de llegar a ser inocentes y felices, que divinizaron este deseo y le elevaron templos, postrándose de hinojos ante su propia idea, ante el ídolo de su deseo, y, aunque lo consideraran irrealizable, derramaban en sus rezos abundantes lágrimas.
Con todo, es evidente que si alguien hubiese encontrado su antigua felicidad y se la hubieran presentado, no la hubiesen querido.
Cuando se les hablaba de ello, respondían: "Sí; somos malos, embusteros, injustos.., sabemos, y por eso nos castigamos por nosotros mismos con mucha más violencia tal vez que lo hará el Supremo Juez, cuyo nombre desconocemos. Pero poseemos la Ciencia. Con ella encontraremos la Verdad, que aceptaremos entonces conscientemente. El saber está por encima del sentimiento; la comprensión de la vida vale más que la vida. La Ciencia nos dará la sabiduría, y ésta nos revelará las leyes de la felicidad."
Tales eran sus palabras, y, sin embargo, cada cual se prefería a la Humanidad entera, sin poder obrar de otro modo. Cada cual se sentía tan celoso de la importancia de su propia personalidad, que hacía cuanto podía por rebajar la de los demás. Nació la esclavitud, incluso la voluntaria. Los débiles obedecían con entera voluntad a los fuertes, con tal de que éstos les ayudasen para que a su vez pudieran esclavizar a los más débiles que ellos. Presentáronse algunos hombres justos que, llorando, fueron en busca de sus hermanos para reprocharles su caída. Se reían de ellos o los apedreaban. Corría la sangre en la puerta de los templos.
Como revancha, surgieron otros hombres que buscaron el modo de reorganizar a la sociedad de tal suerte que, sin dejar de que cada cual se prefiriese a todos los de su especie, pudiesen todos vivir en paz. A propósito de esta idea, estallaron verdaderas guerras; mas todos estaban convencidos de que la Ciencia, la sabiduría y el instinto de conservación obligarían pronto a todos los hombres a reunirse en forma pacífica y fraternal. Para lograrlo cuanto antes comenzaron por aplastar a los débiles de espíritu, comprendiendo, como es natural en esta categoría a todos los enemigos de sus ideas. Pero el sentimiento de conservación perdió pronto su fuerza, y los orgullosos y los voluptuosos pidieron todo o nada. Naturalmente, para conseguirlo todo recurrieron al crimen, y para conseguir nada, al suicidio.
Nacieron entonces las religiones que celebraban el culto del No-Ser.
Fue un acto meritorio el darse la muerte para ganar el eterno reposo en la Nada.
Los hombres cantaron al Dolor en sus poemas.
Yo me paseaba entre ellos lamentándome de su suerte, compadeciéndoles en su error, pues quizá los amaba más aún que en sus días de inocencia y de belleza. Atraíame aún más su Tierra, al verla entonces profanada por ellos, que cuando era un paraíso. Tendía mis brazos hacia aquellos pobres seres, acusándome, maldiciéndome por haber causado su desgracia. Les decía que yo era la causa de todos sus males, la única causa; que había sido entre ellos el fermento del vicio y de la mentira.
Les suplicaba que me condenasen a muerte, que me crucificaran, y les enseñaba cómo podían construir la cruz.
Según les decía, no hallaba en mí la fuerza necesaria para matarme, pero ambicionaba el tormento, los suplicios; quería verme torturado hasta el momento de expirar. Pero se contentaban con burlarse de mi y al fin me tomaron por un idiota. Me excusaban, asegurando que no les había traído lo que ellos deseaban tener, y lo que entonces era no podía dejar de ser.
Sin embargo, un buen día, fastidiados, declararon que me iba haciendo peligroso y que iban a encerrarme en un manicomio si no me callaba.
Entonces me invadió con tal fuerza el dolor que pensé que iba a morir. Y en ese momento me desperté.
* * *
Serían las seis de la mañana. Me volví a encontrar en la butaca. Mi bujía había ardido hasta consumirse por completo. En casa del capitán dormían, y el silencio reinaba en toda la casa. Di un salto en mi asiento. Nunca había soñado cosa semejante, con detalles tan claros, tan minuciosos. De pronto, descubrí mi revólver cargado, pero al instante lo arrojé lejos de mí. ¡Ah, la vida, la vida!
Alcé las manos e imploré a la Eterna Verdad;
es decir, no evoqué nada,
sino que me eché a llorar. Un loco entusiasmo agitaba todo mi ser. Sí, quería vivir y consagrarme a la predicación. En lo sucesivo, me dije,
recorreré el mundo predicando la Verdad,
porque la he visto, la he visto con mis propios ojos resplandecer en toda su gloria.
Desde entonces no vivo más que para la predicación.
Amo a los que se ríen de mí; los amo más aún que a los otros.
Dicen que he perdido la razón porque trato, por todos los medios a mi alcance, de conmoverles, y aún no he hallado la manera.
Sin duda, debo equivocarme a menudo, pero... ¿qué palabras emplear? ¿De qué modo dar ejemplo? Y, además, ¿quién es el que no se equivoca?
Y, sin embargo, todos los hombres, desde el sabio hasta el último de los malhechores, todos quieren lo mismo, buscándolo por medios diversos...
Pero no puedo equivocarme mucho, porque he visto la Verdad, sé que todos los hombres pueden ser bellos y dichosos sin dejar de vivir sobre la Tierra.
No quiero, no puedo creer que el mal sea el estado normal del hombre.
¡Cómo poder creer una cosa semejante!
He visto la Verdad y su imagen viva.
La he visto tan hermosa y tan sencilla que no admito sea imposible el verla entre los hombres de nuestra Tierra. Lo que sé me hace decidido, fuerte, dispuesto, infatigable. Seguiré adelante, aunque mi misión tuviese que durar mil años.
Si me extravío, la clara luz de la Verdad me volverá a mi camino.
Al principio hubiera querido ocultar a los habitantes de la otra Tierra que yo era el agente de corrupción.
Pero la Verdad murmuró a mi oído,
en voz baja, que yo era el culpable, que mentía, y me enseñó el camino que debía seguir: el camino recto.
Es muy difícil reorganizar el Paraíso en nuestra Tierra. Además, después de mi sueño, he olvidado todas las palabras que podían expresar mejor mis ideas. ¡Qué le vamos a hacer! Hablaré como pueda, sin cansarme pues si no sé describir, en cambio he visto.
Y ya pueden los burlones reírse y decir como ya lo hicieron: "Lo que cuenta es un sueño, y ni siquiera sabe contarlo". Bueno; es un sueño. Pero...
¿qué es lo que no es un sueño?
¿Este sueño no se realizará mientras yo viva!
¡Qué importa! De todos modos, predicaré.
¡Sería tan sencilla su realización! Sería cuestión de un día, de una hora...
Amaos los unos a los otros, nada más.
No habría que hacer más; es algo comprensible para todo el mundo.
Se trata de una verdad vieja, repetida billones de veces, y que, sin embargo,
no ha echado raíces en ningún sitio.
Es necesario seguirlo repitiendo.
"¡La comprensión de la vida, decís, es algo más interesante que la misma vida! ¡El conocimiento de lo que puede otorgar la felicidad tiene más valor que la posesión de la felicidad! "
He ahí los errores que es preciso combatir,
y yo los combatiré.
Si todos quisieran sinceramente la felicidad la tendrían.
¿Y aquella niña? He vuelto a encontrarla.
Dostoievski, El sueño de un hombre ridículo.
"Una vez más me guardo de afirmar que llegué a ser como soy sólo a causa de ti; tú acentuabas únicamente lo que ya existía."
Kafka
Daniel Paul Schreber
Daniel Paul Schreber Memorias de un enfermo nervioso
miércoles, febrero 12, 2014"Tengo la inconmovible certidumbre de que a este respecto poseo experiencias que si se llegara a un reconocimiento general de su validez tendrían sobre los demás hombres el efecto más fructífero que se pueda imaginar."
También me resulta indudable que el nombre de usted desempeña un papel esencial en la evolución genética de las circunstancias correspondientes, en la medida en que algunos nervios, extraídos de su sistema nervioso, se convirtieron en "almas probadas", en el sentido que se define en el capítulo I de las Memorias"
"En el transcurso de ese trato, podría usted haber tenido alguna vez la percepción de que desde alguna otra parte se me hablaba también mediante voces que aludían a un origen sobrenatural. Podría usted, luego de esta asombrosa percepción, haber mantenido el trato conmigo cierto tiempo más, llevado por el interés científico, hasta que la situación se hubiera vuelto, por así decirlo, inquietante para usted mismo, y por ello se hubiera sentido usted motivado a cortar el trato. También podría haber sucedido que una parte d.e sus nervios probablemente sin que usted tuviera conciencia de ello hubiera sido sustraída a su cuerpo de una manera que sólo sobrenaturalmente puede explicarse, y elevada al cielo en calidad de "alma probada". Esta "alma probada", que adolecía de errores humanos como todas las almas no purificadas, se habría dejado llevar luego conforme con el carácter de las almas, en la medida en que lo conozco con certeza sin ser refrenada por nada que equivalga a la voluntad humana, por el solo afán de autoafirmación y de despliegue de poder, exactamente como sucedió durante mucho tiempo, según lo consignado en mis Memorias."
"Por todo ello, distinguido señor Consejero Privado, le ruego que sin reserva alguna se pronuncie sobre lo siguiente:
Si durante mi permanencia en su hospital tuvo lugar por parte de usted algún trato hipnótico, o análogo, conmigo, de suerte que usted ejerciera especialmente estando espacialmente separado un influjo sobre mi sistema nervioso;
Si entonces fue usted de alguna manera testigo de un trato con Voces que procedían de otra parte y que aludían a un origen sobrenatural, y finalmente;
Si, durante mi permanencia en su hospital, recibió especialmente en sueños visiones, o impresiones de naturaleza semejante a visiones, que hayan versado, entre otras cosas, sobre la omnipotencia de Dios y la libre voluntad del hombre, sobre la emasculación, sobre la pérdida de bienaventuranzas, sobre mis parientes y amigos y también sobre los de usted, especialmente sobre el Daniel Fürchtegott Flechsig, nombrado en el capítulo VI, y muchas otras cosas mencionadas en mis Memorias."
"A esto debo agregar que por numerosas comunicaciones de las Voces que en esa época hablaban conmigo tengo los más sólidos motivos para pensar que usted debió tener tales visiones."
"para mí hay algo que está fuera de duda: que he llegado infinitamente más cerca de la verdad que todos los otros hombres a los cuales no le han sido concedidas revelaciones divinas."
"Así, en mi propio cuerpo tuvo lugar algo semejante a la concepción de Jesucristo por parte de una virgen intacta, es decir, que nunca tuvo comercio con un varón. Yo he tenido en dos distintas oportunidades (y por cierto en la época en que me encontraba aún en el hospital de Flechsig) genitales femeninos, aunque desarrollados de manera incompleta, y he sentido en mi vientre movimientos en forma de pequeños saltos, como los que caracterizan a las primeras conmociones vitales del embrión humano; mediante un milagro divino, los nervios de Dios correspondientes al semen masculino fueron arrojados dentro de mi cuerpo: había tenido lugar, pues, una fecundación."
"El alma humana está contenida en los nervios del cuerpo..."
"Dios es desde un comienzo sólo nervio, no cuerpo, y por ello algo afín al alma del hombre. Mas los nervios divinos no existen, como sucede en el cuerpo humano, sólo en un número limitado, sino que son infinitos y eternos."
'Tienen, en particular, la capacidad de transformarse en todas las cosas posibles del mundo creado; en esta función se llaman "rayos"; aquí reside la esencia de la creación divina."
"Como prueba de esta afirmación, aduciré por ahora sólo el hecho de que hace años que el Sol habla conmigo con palabras humanas y por ello se da a conocer como un ser viviente o como órgano de un ser superior que se encuentra aun por encima de él."
"En especial, el viento o la tempestad se levantan porque Dios se retira a gran distancia de la Tierra;
en las circunstancias contrarias al orden cósmico que ahora se han presentado se ha invertido la relación, para señalarlo desde el comienzo, en el sentido de que
el estado del tiempo depende en cierta medida de no-pensar-nada
o, lo que significa lo mismo, interrumpo una ocupación que pone de manifiesto la actividad del espíritu humano, por ejemplo jugar al ajedrez en el jardín, inmediatamente se levanta el viento."
"en lo que respecta a los así llamados aullidos.
La causa consiste en que Dios, no bien me entrego al no-pensar-nada cree poder separarse de mí
como de una persona supuestamente idiotizada."
"Pero, de ordinario, tal "conexión nerviosa", según se dijo, no podía llevarse a cabo, pues debido a una relación imposible de elucidar, los nervios de los hombres vivientes, especialmente cuando se encuentran en estado de elevada excitación,
poseen tal fuerza de atracción sobre los nervios divinos,
que Dios no hubiera podido desprenderse nuevamente de ellos y, por ende, se habría visto amenazado en su propia existencia."
"Que Dios, por ejemplo, puede eliminar cualquier germen de enfermedad en los cuerpos humanos enviándoles algunos Rayos puros,
es algo que yo he vivido innumerables veces en mi propio cuerpo
y que cotidianamente vivo otra vez en la actualidad."
"La idea de una fuerza de atracción actuando desde tan tremenda distancia desde algunos cuerpos humanos o en mi caso desde un solo cuerpo humano, tendría que parecer sencillamente absurda considerada en sí misma y por sí misma, ..."
"De manera análoga, todas las almas que están conmigo en conexión nerviosa entienden ahora, precisamente porque participan de mis pensamientos."
"La bienaventuranza consiste en un estado de goce ininterrumpido, vinculado con la contemplación de Dios."
"Aún así, los hechos en cuestión son para mí indudables en muchos casos, especialmente en lo referente a las almas de von W. y Flechsig, pues durante años enteros sentí el influjo directo de estas almas sobre mi cuerpo y en lo referente al alma de Flechsig, posiblemente una parte de alma de Flechsig, lo sigo sintiendo cada día y cada hora aún hoy."
"Para comenzar por esto último, la idea de que es posible de alguna manera apoderarse del alma de otra persona para procurarse a costa de dicha alma una vida más larga o alguna otra ventaja. que dure más allá de la muerte, está ampliamente difundida en las leyendas y en la poesía de todos los pueblos.
Por vía de ejemplo me limitaré a recordar el Fausto de Goethe, el Manfredo de Lord Byron, el Cazador Furtivo de Weber. Pero comúnmente se asigna aquí un papel principal al diablo, el cual se hace legar el alma de algún hombre por medio de una gotita de sangre, a cambio de algún provecho terrenal, etcétera, sin que, por cierto, se vea claramente qué puede hacer el diablo con el alma cautiva, a no ser que se quiera suponer que el atormentar a un alma puede, como fin en sí, brindarle una especial satisfacción."
"De todas maneras, yo estuve mucho tiempo en conexión nerviosa con el profesor Paul Theodor Flechsig y con Daniel Fürchtegott Flechsig (acaso también con el primero en calidad de alma?) y tuve en mi cuerpo partes de alma de ambos."
"Aunque antes (durante si dos años) creí que debía suponer, y dadas mis experiencias de entonces tuve efectivamente que suponer, que
el prolongado encadenamiento de Dios a mi persona
había tenido como consecuencia la ruina de toda la creación terrenal."
"...cuando estaba aún tendido en la cama {no recuerdo si semidormido o despierto ya), tuve una sensación que, al reflexionar después sobre ella en estado completo de vigilia, me impresionó de manera muy particular.
Fue la representación de que tenía que ser muy grato ser una mujer que es sometida al coito."
"Las primeras noches verdaderamente malas, es decir, de casi insomnio total,
se dieron en los últimos días del mes de octubre o en los primeros del mes de noviembre. Entonces se produjo un suceso extraño.
Varias noches, en las cuales yo no pude conciliar en absoluto el sueño,
se hizo sentir en la pared de nuestra alcoba un crujido,
que se repetía con pausas más o menos prolongadas, y me despertaba cada vez que había comenzado a adormecerme."
"Me causaron una impresión particularmente aterradora los rasgos faciales completamente deformados que creí percibir en el guardián R. al despertarme."
"Es este ya el lugar para profundizar en la naturaleza de las ya muchas veces mencionadas voces interiores, que desde entonces me habían incesantemente y al mismo tiempo de la tendencia, que a mi juicio es intrínseca al orden cósmico, según la cual en ciertas circunstancias
se ha de llegar a la "emasculación" (transformación en una mujer) de un hombre
("visionario") que ha entrado con los nervios divinos (Rayos) en un trato imposible de suspender."
Daniel Paul Schreber Memorias de un enfermo nervioso
Brontë
Charlotte Brontë VILLETTE "Una tarde —y no deliraba: estaba en mi sano juicio—"
miércoles, febrero 05, 2014"¡Aquellas vacaciones! ¿Podré olvidarlas algún día? Creo que no.
Madame Beck se marchó el primer día para reunirse con sus hijas al borde
del mar; las tres profesoras tenían padres o amigos que las acogieron;
todos los profesores abandonaron la ciudad; unos se dirigieron a París,
otros a Boue-Marine; monsieur Paul se fue de peregrinación a Roma; en
la rue Fossette sólo quedamos yo, una criada y una pobre alumna, deforme
y débil mental, una especie de crétine a la que su madrastra no permitía
regresar a la lejana provincia donde residía.
Estuvo a punto de caérseme el alma a los pies; los deseos más enfermizos
tensaron sus fibras. ¡Qué largos eran los días de septiembre! ¡Qué silenciosos
y sin vida! ¡Qué inmenso y vacío parecía el desolado edificio! ¡Qué lúgubre el
jardín abandonado... tan gris ahora con el polvo de una ciudad desierta!
Cuando miraba hacia delante en el inicio de aquellas ocho semanas, apenas
sabía cómo iba a sobrevivir hasta el final. Hacía mucho tiempo que mi ánimo
decaía poco a poco; y al faltarme el respaldo del trabajo, pareció desplomarse.
Ni siquiera mirando hacia delante recobraba la esperanza: el tedioso futuro no
me ofrecía consuelo, ni promesa alguna, ni el menor aliciente para soportar el
dolor de entonces con la confianza en un bien venidero.
A menudo me embargaba una triste indiferencia a la vida... una penosa
resignación a que pronto llegara el fin de todas las cosas terrenas. ¡Ay! Cuando
disponía de mucho tiempo libre para contemplar la vida como deben
contemplarla las personas de mi especie, tenía la impresión de que no era
más que un desierto baldío: arenas color pardo rojizo, sin prados verdes,
ni palmeras, ni un pozo a la vista.
No conocía ni osaba conocer las esperanzas propias de la juventud, que tanto
animan y alientan a seguir adelante. Si alguna vez llamaban a la puerta de mi
corazón, una barra inhóspita impedía su entrada. Cuando se alejaban, así
rechazadas, lágrimas de tristeza corrían por mis mejillas; pero no podía
evitarse: me faltaba valor para dar cobijo a semejantes huéspedes.
¡Me inspiraba un temor tan desmedido el pecado y la debilidad de la
presunción! Lector religioso, largo será el sermón que me dedicarás por lo que
acabo de escribir, también tú, moralista; y lo mismo ocurrirá contigo, severo
erudito; tú, estoico, fruncirás el ceño; tú, cínico, me mirarás con desprecio;
tú, epicúreo, te reirás. Bueno, haced lo que queráis. Acepto el sermón, el ceño,
el desprecio y la risa; tal vez tengáis razón: y es posible que, en mis
circunstancias, hubierais estado tan equivocados como yo.
Lo cierto es que el primer mes no pudo ser más largo, triste y sombrío.
La crétine no parecía desgraciada. Yo hacía cuanto estaba en mis manos
para que no pasara frío y estuviera bien alimentada, y lo único que ella
pedía era comida y sol, y un buen fuego cuando éste faltaba. A sus débiles
facultades les agradaba la inactividad: su cerebro, sus ojos, sus oídos, su
corazón dormían contentos; no podían despertarse para trabajar, de modo
que el letargo era su Paraíso.
Las tres primeras semanas de aquellas vacaciones fueron cálidas y soleadas,
pero la cuarta y la quinta fueron tempestuosas y trajeron lluvia. Ignoro por qué
aquel cambio en la atmósfera me causó una impresión tan cruel, por qué el furor
de la tormenta y la violencia de la lluvia me sumieron en una parálisis mayor
que la que había padecido cuando el aire estaba sereno: pero así fue, y mi
sistema nervioso pareció incapaz de soportar por más tiempo aquella angustia
que le había atenazado día y noche en la gigantesca casa vacía.
¡Cómo rezaba al Cielo en busca de ayuda y consuelo! ¡Cuán firme era mi
convicción de que el Destino era mi sempiterno enemigo, y jamás podría
reconciliarme con él! En el fondo de mi corazón, no culpaba de ello a la
misericordia o a la justicia de Dios; llegué a la conclusión de que era parte
de su grandioso plan para que algunos sufrieran amargamente en la tierra,
y me emocionaba al tener la certeza de que yo estaba entre ellos.
Fue un alivio que la tía de la crétine, una bondadosa anciana, viniera un día
y se llevase a mi extraña y deforme compañera. La infortunada criatura
había sido a veces una pesada carga; no podía salir del jardín, y no podía
dejarla ni un minuto sola; pues su pobre espíritu era tan imperfecto como
su cuerpo: tenía predisposición al mal. Una vaga inclinación a hacer daño,
una arbitraria hostilidad, hacían indispensable una vigilancia continua.
Como apenas hablaba, y se pasaba las horas muertas con la mirada perdida,
gesticulando y haciendo las muecas más horribles, yo no tenía la sensación
de vivir con otro ser humano sino de hallarme prisionera con un animal salvaje.
Además, necesitaba de unos cuidados personales que requerían el coraje de
una enfermera; a veces se ponía hasta tal punto a prueba mi determinación
que sentía náuseas. Esas tareas no deberían haber recaído en mí; una criada,
ahora ausente, las había desempeñado hasta entonces, pero, con las prisas
de las vacaciones, habían olvidado buscarle una sustituta.
Aquella carga, aquella prueba fueron de las más duras que he conocido en mi
vida. Y, sin embargo, por fastidiosas y degradantes que fueran, mi sufrimiento
mental era mucho más devastador.
El cuidado de la crétine me privaba a menudo de la fuerza y del deseo de comer,
y me empujaba a salir al aire libre, desfallecida, para acercarme al pozo o a la
fuente del patio; pero ese deber jamás me rompió el corazón, ni anegó mis ojos
en llanto, ni quemó mis mejillas con lágrimas tan ardientes como el metal fundido.
Cuando la crétine se marchó, recuperé mi libertad para salir de la casa.
Al principio me faltó valor para aventurarme lejos de la rue Fossette, pero poco
a poco llegué a las puertas de la ciudad, y las franqueé, y seguí vagando por las
chaussées, y a través de los campos, más allá de los cementerios, católico y
protestante, y de las granjas, hasta alcanzar bosquecillos y senderos, y no sé
qué otros lugares.
Sentía que algo me aguijoneaba, una especie de fiebre me impedía descansar;
el anhelo de compañía despertaba en mi alma un hambre acuciante. A menudo
paseaba durante toda la jornada, desde el ardiente mediodía hasta la árida tarde
o el sombrío anochecer, y regresaba cuando salía la luna.
Mientras vagaba en soledad, a veces imaginaba lo que estarían haciendo en
aquellos momentos mis conocidos. Veía a madame Beck en un alegre lugar
de la costa, con sus hijas, su madre y un grupo de amigos que habían elegido
el mismo escenario para divertirse.
Zélie St Pierre estaba en París con sus familiares; las demás profesoras, en
sus hogares. Ginevra Fanshawe había ido con unos parientes a hacer un
agradable viaje por el sur.
Ginevra me parecía la más feliz de todas. Recorría hermosos parajes; el sol
de septiembre resplandecía para ella sobre fértiles llanuras, donde las cosechas
maduraban bajo sus suaves rayos. La luna dorada y cristalina se elevaba ante
sus ojos sobre horizontes azules que seguían ondulantes las siluetas de las
montañas.
Pero todo eso no significaba nada; yo también sentía el sol del otoño y
contemplaba su luna llena, y casi deseaba verme cubierta de tierra y de hierba,
muy lejos de su influencia, pues no podía vivir bajo su luz, ni convertirlos en mis
compañeros, ni prodigarles afecto.
Pero una especie de espíritu acompañaba siempre a Ginevra, investido de
poder para darle fuerzas y ofrecerle consuelo, para alegrar el día y
embalsamar la oscuridad; el mejor de los genios buenos que protegen a la
humanidad la amparaba con sus alas y formaba un dosel sobre su cabeza.
El Amor Verdadero seguía a Ginevra: nunca estaría sola. ¿Era ella insensible
a su presencia? Me parecía imposible: no podía comprender esa apatía.
La imaginaba agradecida en secreto, amando ahora con reserva, pero
decidida a enseñar algún día el alcance de su amor: veía a su fiel héroe,
consciente a medias de su tímido cariño, consolado por esa idea; adivinaba
un vínculo electrizante de afinidad entre ellos, una cadena muy fina de
entendimiento mutuo, capaz de unirlos aunque les separaran cien leguas,
llevando por montículos y hondonadas sus oraciones y sus deseos. Ginevra
fue convirtiéndose poco a poco para mí en una especie de heroína.
Cierto día, al darme cuenta de esa creciente ilusión, me dije: «Creo que tengo
los nervios muy alterados: mi mente ha sufrido demasiado; una enfermedad
se está apoderando de ella. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo voy a conservar la
salud?». Lo cierto es que no había forma de conservar la salud en aquellas
circunstancias. Finalmente, tras un día y una noche del más amargo de los
abatimientos, sentí un profundo malestar físico que me obligó a guardar cama.
Por aquel entonces terminó el veranillo de San Miguel y empezaron las
tormentas del equinoccio; durante nueve días oscuros y lluviosos, en los
que las Horas transcurrieron a gran velocidad, turbulentas, sordas,
alborotadas —aturdidas por el fragor del huracán—, yací sumida en un
extraño estado febril de los nervios y de la sangre. El sueño me abandonó.
Solía levantarme por la noche, buscándolo, y le suplicaba desesperadamente
que volviera. Tan sólo me respondía un crujido en la ventana, el silbido de una
ráfaga... ¡el sueño nunca regresaba! Me equivoco. Lo hizo una vez, pero lleno
de furia. Cansado de mi insistencia trajo consigo un sueño vengador.
Según el reloj de St Jean Baptiste, apenas duró quince minutos; un breve
intervalo de tiempo, pero suficiente para retorcer todo mi cuerpo con una
angustia desconocida; y para brindarme una experiencia indescriptible
con el aspecto, el semblante, el terror, el tono mismo de una aparición de
la eternidad. Entre las doce y la una de aquella noche, mis labios se vieron
obligados a beber de una copa en la que bullía un líquido negro, fuerte,
extraño, que no se había llenado en ningún pozo sino en un mar ilimitado
e insondable. El sufrimiento conformado a una medida temporal o
calculable, y destinado a unos labios mortales, no tiene el mismo sabor
que aquel sufrimiento.
Al despertarme, pensé que todo había terminado: el final se acercó y pasó de
largo. Temblando de miedo —a medida que recobraba la conciencia—, dispuesta
a gritar pidiendo ayuda a alguno de mis semejantes, aunque sabía que ninguno
de ellos estaba lo bastante cerca para escuchar mi enloquecida llamada
—Goton no podía oírme desde su lejano desván—, me arrodillé en la cama. Pasé
unas horas terribles: mi alma, desgarrada, atormentada, oprimida, soportó lo
indecible. De todos los horrores de aquella noche, creo que aquél fue el peor.
Tenía la sensación de que mis familiares muertos, que tanto me habían querido
en vida, me miraban desde otro lugar, distanciados de mí: un sentimiento
indescriptible de desesperación ante el futuro atenazaba mi espíritu. No tenía
ningún motivo para curarme o desear vivir; y, sin embargo, ¡qué insoportable
resultó ser la altiva y despiadada voz con que la Muerte me desafió a entablar
combate con sus desconocidos terrores!
Cuando intenté rezar, sólo logré articular estas palabras: —Desde mi juventud,
he sufrido Tus terrores con verdadera congoja. Y no mentía. Al traerme el té a
la mañana siguiente, Goton me rogó que avisara a un médico. No quise: pensé
que ningún médico podría curarme.
Una tarde —y no deliraba: estaba en mi sano juicio— me levanté y me vestí,
débil y temblorosa. Era incapaz de soportar por más tiempo la soledad y el
silencio del gran dormitorio; las espectrales camas blancas se me antojaban
fantasmas, sus cabeceras parecían gigantescas calaveras descoloridas por
el sol; sueños pasados de un mundo más antiguo y de una raza más poderosa
yacían inmóviles en las enormes cuencas de sus ojos. Aquella tarde se apoderó
con más fuerza que nunca de mi alma la convicción de que el Destino era de
piedra y la Esperanza, un falso ídolo, ciego, sin sangre en las venas y con un
corazón de granito. Sentí, asimismo, que la prueba que Dios me había impuesto
estaba acercándose a su clímax, y que era yo quien debía enfrentarme a ella
con mis propias manos, por muy débiles, ardientes y temblorosas que fueran.
Seguía lloviendo y el viento soplaba con fuerza; pero con mayor clemencia,
pensé, que el resto del día. Empezó a caer la noche, y su influencia me pareció
perniciosa; a través de la celosía, vi llegar las nubes nocturnas que se arrastraban
a escasa altura como estandartes caídos.
Pensé que en aquellos momentos había tristeza y amor en el Cielo por todo
el dolor que se padecía en la tierra; el peso de mi terrible sueño se aligeró
—aquella insoportable idea de no ser querida, de no pertenecer a nadie,
cedió un poco ante la esperanza de lo contrario—, tenía el convencimiento
de que esta esperanza brillaría con más intensidad si abandonaba aquel
techo, que me aplastaba como la lápida de una sepultura, y me dirigía a
alguna apacible colina, muy alejada de la ciudad, en medio del campo.
Envuelta en una capa (no podía estar delirando, pues tuve el buen juicio de
abrigarme), salí a la calle. Las campanas de una iglesia me detuvieron al pasar;
parecían llamarme al salut, y decidí entrar. En aquellos momentos, cualquier
rito solemne, cualquier espectáculo de adoración sincera, cualquier
oportunidad de acercarme a Dios eran tan vitales para mí como un mendrugo
de pan para un hambriento. Me arrodillé con los demás sobre el empedrado.
Era una iglesia vieja y majestuosa, sumida en una penumbra que la luz de las
vidrieras volvía purpúrea y no dorada. Había muy pocos feligreses y, terminado
el salut, la mitad de ellos se marcharon.
No tardé en descubrir que los demás se quedaban para confesarse. No me
moví. Todas las puertas de la iglesia se cerraron con cuidado; reinó un sagrado
silencio, y una imponente oscuridad se cernió sobre nosotros. Después de
rezar unos instantes conteniendo el aliento, una penitente se acercó al
confesionario. La observé. Susurró sus pecados: recibió la absolución; volvió
reconfortada. La siguió otra persona, y luego otra. Una señora muy pálida,
arrodillada a mi lado, tuvo la gentileza de decirme en voz baja: —Vaya usted
ahora; todavía no estoy preparada. La obedecí mecánicamente; me puse
en pie y me dirigí al confesionario.
Sabía lo que hacía; mi cabeza sopesó aquella determinación con la velocidad
del rayo. Dar ese paso no podía hacerme más desgraciada de lo que ya era;
tal vez me aliviase. El sacerdote del confesionario ni siquiera me miró; sólo
acercó silenciosamente su oído a mis labios. Parecía un hombre bondadoso,
pero aquel deber se había convertido en una suerte de rutina: se consagraba
a él con la flema de la costumbre.
Yo vacilé; no conocía la fórmula de la confesión: así que, en vez de pronunciar
el preludio habitual, dije: —Mon père, je suis protestante. Se volvió al instante.
No era un sacerdote del país; la fisonomía de éstos era, invariablemente, servil:
comprendí por su perfil y su frente que era francés; aunque canoso y de edad
avanzada, creo que no carecía de sensibilidad ni de inteligencia.
Me preguntó, en tono amable, por qué acudía a él siendo protestante. Le dije
que me moría por recibir un consejo o una palabra de consuelo. Que vivía
completamente sola desde hacía unas semanas; que había estado enferma;
que mi espíritu no podía seguir soportando el peso de una terrible aflicción.
—¿Se trata de un pecado, de un crimen? —preguntó, alarmado. Le tranquilicé
sobre ese punto y, lo mejor que pude, le conté en pocas palabras mi experiencia.
Él se quedó pensativo, y pareció desconcertado. —Me coge usted desprevenido
—exclamó—. Nunca se me había presentado un caso como el suyo: por lo general,
conocemos nuestro deber y estamos preparados, pero esto supone una gran
ruptura en el curso ordinario de la confesión. No sabría qué consejo darle en
sus circunstancias.
Por supuesto, era la respuesta que esperaba; pero el mero hecho de
comunicarme con unos oídos humanos y sensibles, aunque consagrados...
el mero hecho de verter una parte del dolor largo tiempo acumulado, y largo
tiempo reprimido, en una vasija de la que no podía volver a escapar... había
sido muy beneficioso para mí. Me sentí reconfortada. —¿He de irme, padre?
—pregunté, al verlo silencioso. —Hija mía —dijo amablemente (y estoy segura
de que era un hombre bueno: tenía una mirada compasiva)—, de momento,
será mejor que se vaya; pero le aseguro que sus palabras me han impresionado.
La confesión, como otras cosas, tiende a perder profundidad y trascendencia
con la costumbre. Usted ha venido y me ha abierto su corazón; algo muy poco
común. Me agradará meditar sobre su caso, y llevarlo conmigo al oratorio.
Si usted hubiera abrazado nuestra fe, sabría qué decirle; un espíritu tan agitado
sólo puede hallar reposo en el retiro y en la práctica escrupulosa de la devoción.
Es bien sabido que el mundo no procura demasiadas satisfacciones a naturalezas
como la suya. Algunos santos han pedido a penitentes como usted que se
elevaran por medio de la penitencia, el sacrificio y las buenas obras difíciles.
En esta vida se les dan lágrimas como alimento y bebida —el pan de la aflicción
y las aguas de la aflicción—, la recompensa llega después. Estoy convencido de
que esas impresiones que padece usted son mensajeros de Dios para devolverla
a la iglesia verdadera. Está usted hecha para nuestra fe: sin duda es la única que
podría curarla y ayudarla. El protestantismo es demasiado seco, frío y prosaico
para usted. Cuanto más pienso en su caso, con más claridad veo que se sale de
lo habitual. Bajo ningún concepto querría perderla de vista. Váyase ahora, hija
mía; pero vuelva a visitarme.
Me levanté y le di las gracias. Estaba a punto de salir cuando me hizo una señal
para que regresara a su lado. —No debe venir a esta iglesia —dijo—: Veo que está
enferma y hace demasiado frío; debe venir a mi casa: vivo en... (y me dio su
dirección). La espero mañana por la mañana, a las diez. En respuesta a esta cita,
me limité a inclinar la cabeza; me quité el velo y, arrebujándome en mi capa, salí.
¿Supone el lector que tuve la osadía de ponerme de nuevo al alcance de aquel
digno sacerdote? Antes me habría metido en un horno babilónico. Aquel
sacerdote tenía armas que podían influir en mí; era un hombre compasivo,
con una bondad sentimental muy francesa, a cuya dulzura yo sabía que no
era totalmente inmune.
Si exceptuamos cierto tipo de afectos, apenas había alguno, arraigado en la
realidad, al que yo pudiera confiar en tener fuerzas para resistirme. Si hubiera
ido a visitarlo, el sacerdote me habría mostrado cuánto hay de tierno,
reconfortante y amable en la honrada superstición papista. Luego habría
tratado de encender, soplar y avivar en mí el celo por las buenas obras.
No sé cómo habría acabado aquel asunto. Todos nos creemos fuertes
en algunas cuestiones, todos nos sabemos débiles en otras muchas;
lo más probable es que, de haber acudido a la rue des Mages número
diez en el día y en la hora señalados, en estos instantes, en lugar de
escribir este herético relato, estaría rezando el rosario en un convento
de carmelitas del Boulevard de Crécy en Villette.
Había algo de Fénélon en aquel anciano y bondadoso sacerdote; y sean
como sean la mayoría de sus hermanos, y piense yo lo que piense de su
Iglesia y de su credo (ninguno de los dos son de mi agrado), siempre guardaré
de él un recuerdo agradecido. Fue amable conmigo cuando yo necesitaba
amabilidad; me hizo mucho bien. ¡Que Dios le bendiga!
El crepúsculo había dado paso a la noche y, cuando salí de aquella iglesia
sombría, las farolas de la calle estaban encendidas. Ahora me era posible
regresar a casa; el anhelo desesperado de respirar el viento de octubre en
la pequeña colina, lejos de los muros de la ciudad, había dejado de ser un
impulso irrefrenable, y no era más que un deseo que la Razón podía
dominar: así lo hizo, y yo me encaminé, según creía, a la rue Fossette.
Pero me había adentrado en una zona de la ciudad que no conocía; era la
parte antigua, y estaba llena de callejuelas y de casas viejas y pintorescas,
a punto de desmoronarse. Me sentía demasiado débil para tener dominio
de mí misma, y demasiado indiferente a mi bienestar y seguridad para obrar
con prudencia. Me sumí en el desconcierto; me vi atrapada en un laberinto
de giros desconocidos. Estaba perdida, y me faltaba determinación para
pedir a algún transeúnte que me orientara.
La tormenta había amainado un poco al atardecer, pero quiso recuperar
entonces el tiempo perdido. El viento del noroeste soplaba con violencia;
traía consigo pequeños chaparrones, e incluso a veces, como si fueran
disparos, un fuerte granizo; el frío y la lluvia me calaron hasta los huesos.
Incliné la cabeza para hacer frente al temporal, pero éste siguió golpeándome.
No me descorazoné en aquel trance; sólo deseaba elevarme hasta la tormenta,
y extender y reposar mis alas en su vehemencia, seguir su curso veloz, y
deslizarme con ella. Mientras me invadía este deseo, mi frío se convirtió
en aterimiento y mi debilidad en extenuación.
Traté de llegar al porche de un gran edificio cercano, pero la mole de la
fachada y su aguja gigante se volvieron negras y desaparecieron de mi vista.
En lugar de caer sentada en los escalones, como pretendía,
tuve la sensación de arrojarme de cabeza al abismo. No recuerdo nada más."
"Soy incapaz de decir dónde estuvo mi espíritu durante aquel desmayo.
No sé lo que vio ni adónde fue en aquella noche singular; en cualquier caso,
él lo guardó en secreto, sin susurrar jamás una palabra a la Memoria, y
engañando a la Imaginación con su silencio imperturbable. Puede que se
elevara y viera ante sí la morada eterna, esperando que le permitieran
descansar en ella y que su dolorosa unión con la materia fuera al fin disuelta.
Mientras imaginaba esto, quizá un ángel lo expulsara del umbral del paraíso
y, conduciéndole de nuevo a la tierra, anegado en llanto, volviera a atarlo todo
tembloroso y en contra de su voluntad a ese pobre cuerpo, helado y consumido,
de cuya compañía estaba tan cansado. Sé que regresó a su prisión muy afligido,
sin el menor deseo, con un gemido y un largo estremecimiento.
Los compañeros separados, el Espíritu y la Materia, no eran fáciles de reconciliar:
en vez de saludarse con un abrazo, se enzarzaron en una especie de lucha cruel.
Recuperé el sentido de la vista, envuelto en rojos, como si nadara en sangre; y la
capacidad de oír, que volvió de pronto, con el fragor de un trueno; la conciencia
revivió atemorizada: me incorporé presa del terror, preguntándome en qué región,
entre qué extraños seres, despertaba."
"Pensé en Hasán Bedru-d-Din, conducido en sueños desde el Cairo hasta las puertas
de Damasco. ¿Había detenido un genio sus oscuras alas en medio de aquella
tempestad —a cuya violencia yo había sucumbido—, y me había recogido en los
escalones de la iglesia para, «remontando el vuelo», como dice el cuento oriental,
llevarme por encima de tierras y mares y depositarme dulcemente junto a una
chimenea de la vieja Inglaterra?
Pero no; sabía que el fuego de aquel hogar ya no ardía ante sus lares... hacía
mucho tiempo que se había apagado, y los dioses de la casa habían sido
trasladados a otro lugar. La bonne se volvió para mirarme y, al ver en mis ojos
desmesuradamente abiertos una expresión de inquietud y excitación, dejó a
un lado sus labores. Durante unos instantes, pareció muy ajetreada en una
pequeña tarima; sirvió agua en un vaso y le añadió unas gotas de un frasco:
con el vaso en la mano, se acercó a mí. ¿Qué pócima oscura estaría
ofreciéndome? ¿Qué elixir de genio o bebedizo de mago? Era demasiado
tarde para preguntar; lo había bebido de golpe, con la mayor pasividad.
Una marea de pensamientos apacibles acarició delicadamente mi cerebro;
la corriente subía poco a poco, con leves ondulaciones más suaves que un
bálsamo. El dolor y la debilidad abandonaron mis miembros, mis músculos
se durmieron. No podía moverme; pero, al perder al mismo tiempo todo deseo
de actividad, no me sentí privada de nada. Aquella amable bonne colocó una
pantalla entre la lámpara y yo; vi cómo se levantaba para hacerlo, pero no
recuerdo haber sido testigo de cómo volvía a su asiento: entre esos dos actos,
me quedé dormida.
Cuando me desperté, ¡todo había cambiado de nuevo! La luz del día envolvía
la estancia; no una luz cálida, estival, sino la triste penumbra del crudo y
tormentoso otoño. Tuve la certeza de encontrarme en el pensionnat: por la
lluvia que golpeaba en las ventanas; por el rugido del viento entre los árboles,
que indicaba la presencia de un jardín en el exterior; por el frío, la blancura y
la soledad que me rodeaban. Y digo blancura, pues las colgaduras de brocado
de algodón que adornaban la cama francesa me impedían ver cualquier otra
cosa. Las levanté; miré fuera. Mis ojos, dispuestos a contemplar un enorme
dormitorio con las paredes encaladas, parpadearon sorprendidos al encontrar
el reducido espacio de un pequeño gabinete... un gabinete pintado de color
verdemar; y, en lugar de cinco ventanales desnudos, una celosía de gran
altura con adornos de muselina; y, en vez de dos docenas de pequeños
soportes de madera pintada, cada uno con su aguamanil y su palangana,
un tocador vestido como una dama para un baile —traje blanco sobre falda
rosa—, coronado por un espejo grande y reluciente, y con un bonito alfiletero
rodeado de encaje. Este tocador, junto con una pequeña butaca de chintz
verde y blanco, y un lavamanos de mármol, con utensilios de loza de color
verde pálido, bastaban para amueblar la diminuta habitación.
Lector, ¡me sentí aterrada! «¿Por qué?», te preguntarás. ¿Qué había en aquella
sencilla y, en cierto modo, hermosa alcoba para asustar a la más tímida de las
criaturas? Sencillamente esto: que aquellos muebles... sólidas butacas, espejos,
lavamanos... no podían ser reales, tenían que ser fantasmas del pasado;
o, si se rechazaba esta hipótesis por descabellada —y, a pesar de mi confusión,
yo la rechazaba—, sólo se podía llegar a la conclusión de que mi estado mental
era anómalo; en pocas palabras, que me encontraba muy enferma y deliraba:
e incluso entonces, mis alucinaciones eran las más extrañas con que el delirio
ha hostigado jamás a una víctima. Reconocí —no tuve más remedio— el
chintz verde y la pequeña silla; el marco negro y brillante, con hojas talladas,
de aquel espejo; las suaves piezas glaucas de loza; y el propio lavamanos,
con su encimera de mármol gris y la esquina descascarillada. No tuve más
remedido que reconocer y saludar a todo aquello del mismo modo que la
noche anterior había tenido que reconocer y saludar, forzosamente, a los
muebles de palisandro, a los cortinajes y a las porcelanas del salón.
¡Bretton! ¡Bretton! Y lo ocurrido diez años atrás se reflejó en aquel espejo.
Y ¿por qué me perseguían de ese modo Bretton y mis catorce años?
¿Por qué, si se empeñaban en regresar, no lo hacían por completo?
¿Por qué sólo aparecían ante mis perturbados ojos los muebles, mientras
que las habitaciones y el lugar eran muy diferentes? En cuanto al alfiletero
de raso carmesí, con cuentas doradas y volantes de encaje, cómo no iba
a reconocerlo tan bien como a las pequeñas pantallas ¡si lo había hecho
yo! Levantándome de un salto, cogí el alfiletero y lo examiné. Las letras
«L.L.B.», cosidas con cuentas doradas y rodeadas por una guirnalda oval
bordada en hilo de seda blanco, eran las iniciales del nombre de mi madrina:
Louisa Lucy Bretton. —¿Estaré en Inglaterra? ¿Estaré en Bretton? —exclamé
en voz baja. Y, subiendo a toda prisa las persianas que tapaban la celosía,
miré al exterior para intentar descubrir dónde estaba, casi esperando
contemplar los antiguos, tranquilos y hermosos edificios y el limpio
empedrado de St Ann’s Street, y divisar al fondo las torres de la catedral;
o, de no ser así, las vistas de otra ciudad, una rue de Villette, o alguna calle
de una agradable ciudad inglesa. Lo que vi, por el contrario, a media altura
y entre las hojas de una enredadera, fue una terraza de hierba y unos árboles
que crecían más abajo; los árboles más altos que había visto en mucho tiempo.
Parecían gemir bajo el vendaval de octubre, y entre sus troncos descubrí la
línea de una avenida donde las hojas amarillas se amontonaban o revoloteaban
empujadas por el fuerte viento del oeste. Fuera cual fuera el paisaje que hubiese
más allá, tenía que ser llano, y aquellas gigantescas hayas impedían su visión.
Me pareció un lugar muy aislado, y completamente desconocido para mí:
jamás había estado en él. Me acosté de nuevo. La cama estaba en un pequeño
hueco; cuando volví el rostro hacia la pared, la habitación y su extraño contenido
habían desaparecido.
¿Desaparecido? ¡No! Pues, al cambiar de postura con esta esperanza, en el
espacio verde que dejaban ver las colgaduras de la cama, divisé un retrato
con un ancho marco dorado. Era una acuarela pintada con maestría,
aunque sólo se trataba de un boceto; una cabeza de muchacho, vigorosa,
llena de vida, risueña y expresiva. Parecía un joven de dieciséis años, de tez
rubicunda y mejillas sonrosadas; con el cabello largo y bastante claro, de un
brillante color dorado; los ojos penetrantes, y la sonrisa alegre y maliciosa.
En conjunto, un rostro muy agradable de contemplar, especialmente para
los que se creyeran con derecho a su afecto... por ejemplo, los padres o las
hermanas del joven. Cualquier pequeña y romántica colegiala podría
haberse enamorado de ese retrato.
Aquellos ojos miraban como si, transcurridos unos años, fueran a responder
con entusiasmo al amor: soy incapaz de decir si guardaban, para un caso de
necesidad, el brillo de una fe ardiente e inquebrantable. Pues, cualquier
sentimiento que le saliera al encuentro con demasiada facilidad, aquellos
labios amenazaban, de manera encantadora pero inequívoca, con
convertirlo en un capricho o un afecto muy ligero. Esforzándome por
aceptar cada nuevo descubrimiento con la mayor serenidad, susurré para mí:
—¡Ah! Ese retrato estaba colgado en la salita del desayuno, sobre la repisa
de la chimenea: demasiado alto, pensaba yo. Recuerdo que me subía al
taburete del piano para descolgarlo, sostenerlo en las manos y buscar qué
escondían sus preciosos ojos, que parecían reír bajo unas pestañas color
avellana; ¡me gustaba tanto observar el color de sus mejillas o la expresión
de su boca! No creía que la imaginación pudiera embellecer la curva de esos
labios o de esa barbilla; e, incluso en mi ignorancia, sabía que eran realmente
hermosos y me preguntaba, perpleja:
«¿Cómo es posible que algo tan encantador pueda causar al mismo tiempo
tanta tristeza?». En una ocasión, cogí a la pequeña señorita Home en brazos
y le pedí que se fijara en el cuadro. —¿Te gusta, Polly? —le pregunté. No me
respondió, pero se quedó mirándolo un buen rato antes de decir: «¡Bájeme!»,
mientras una temblorosa sombra recorría sus emocionados ojos. Yo la deposité
en el suelo, convencida de que la niña también lo percibía.
Todas esas cosas acudieron a mi imaginación, y pensé: «Tenía sus defectos,
pero conozco muy pocos caracteres tan nobles como el suyo; era generoso,
afable, sensible». Y, sin darme cuenta, exclamé en voz alta: —¡Graham!"
Charlotte Brontë VILLETTE