Personajes
En el antiguo siglo XX, la moral había llegado a tan elevada espiritualidad que, debido a la afirmación de la ciencia médica según la cual el organismo del cerdo era, de todas las especies animales, el más parecido al organismo humano (prueba de ello era que en aquel tiempo se llegó a realizar trasplantes entre ambas especies) habían prohibido -afirman las revistas científicas de la época- usar al cerdo para ningún uso en beneficio de la sociedad. Quedando pues libre de toda participación en la productividad se le dejó deambular por cualquier lugar, con prioridad incluso sobre cualquier humano que fuese transportado por una máquina o por cualquier otro animal. Leemos en una nota a pie de página que en el caso de que el cerdo se encontrase con una persona, esta debería cederle el paso al animal; pues encontrándose el protegido cuadrúpedo en inferioridad de condiciones, ya sea por su velocidad, peso o reducido tamaño de sus miembros, era cuestión ética no abusar de un semejante tan valioso.
Carlos del Puente
Alzó la mano y el taxi amarillo se paró en seco. -Al centro, por favor. -¿Al centro, a qué parte? -le contestó el taxista. El pasajero miró el cartelito sobre el cuál estaba escrito:
«José P. Ramirez». El coche se puso en marcha mientras José esperaba la respuesta.
El pasajero vio pasar durante el recorrido las láminas blancas del taxímetro y preguntó:
¿Y los números? -Se han gastado, señor. -Pare aquí; ya hemos llegado. -¿Aquí mismo, señor? -¿Cuánto le debo? -La tarifa, señor. Sacó un billete de veinte; se lo entregó; y salió después de recoger las monedas devueltas. A dos pasos del coche se volvió para mirar al taxista.
Éste pensó: «Te preguntas qué es lo que estoy pensando. Pues no estoy pensando en nada.»
Carlos del Puente
En el trapecio de tus sueños hice gestos. Hice gestos con una copa de champán en la mano. Te miré; allá abajo, sonreíste; te saludo con un gesto de cabeza y tú a mí con uno de tu mano. Cayeron girasoles rotos del techo. Vi barcos amarillos como frutas paradójicas y paisajes del tiempo. Y nuestras manos con raíces de agua. Y ahora los soles hacían lunas nuevas. Y las ventanas del circo... y sus miradas: aparecían cabezas de enanos asomadas; sonreían; otros, con burla, hacían gestos. Sorprendido, caí del trapecio. Aparecieron nuevas ventanas sobre las paredes de lona... y nuevas caras; yo las veía desde el suelo en el torbellino del mareo.
Carlos del Puente
Personajes
Proteo-Dioniso-Narciso-Eco el impertinente, adivino del futuro. By Carlos del Puente
viernes, enero 02, 2015Cansado de ser perseguido por los mortales para que le predijera el futuro, Proteo se transforma en Dioniso, el borracho impertinente, que siempre dice la verdad a todo aquel con el que se encuentra.
Embriagado siempre, estaba buscando con quien divertirse cuando oye a Eco lamentándose del ingrato Narciso en el bosque. Como no encontraba la forma de mantener un dialogo con ella, pues a las preguntas de Proteo sobre su mal, Eco respondía con preguntas, Proteo decidió transformarse en Eco para conocerla a través de su diálogo interior. Una vez transformado, Proteo conoció el encuentro entre Eco y Narciso. Viendo la insensatez de este, Proteo decidió ir a verlo.
Estaba Narciso amándose, como una ninfa, en el agua, cuando Proteo-Eco se dispuso a predecirle su próximo futuro. Narciso moriría inminentemente, sin darse cuenta, si no se enamoraba de ella. Viendo que el bello no creía a Eco-Proteo, este decidió transformarse en el doble de Narciso. Narciso, al ver fuera de sí a su propia imagen, se enamoró de sí mismo inmediatamente. ¡Oh, qué delicia! Había, por fin, encontrado el amor. Este sí era amor verdadero, de carne y hueso.
Proteo-Eco-el doble de Narciso mantuvo con Narciso un lírico diálogo sobre el amor y la belleza. Hasta que Dioniso-Proteo-Eco-el doble de Narciso llevó la conversación hasta el escabroso tema de la muerte. Narciso la negaba. Proteo la predecía. (Fácil profecía: pues estaba escrita en todos los libros de papiro.) Eco, la doble, insistía, sin descanso, en la única solución posible, que Proteo había propuesto. Pero a Narciso le parecía una solución imposible; pues ya estaba enamorado de su doble-Proteo.
Dioniso-Proteo se reía del engaño y no paraba de beber para mantener la risa. Eco se enfadaba con Eco-Dioniso porque con tanta burla no podrían convencer a Narciso, y menos ahora que su amor tenía una rival en el doble de Narciso. Dioniso entró en el sueño de la borrachera, dejando así campo libre al doble de Narciso-Eco.
La única solución, le dice Proteo a Eco, es que yo me transforme en Narciso, y así, tú, Eco, entres en su cuerpo, quedándote con él fundida, transformando a Narciso en el Eco de las imágenes.
Eco acepta y se transforma en Narciso-Eco. Quedando la situación como sigue. Proteo-Narciso-Eco se transforma en cada cosa de la cual hace eco, cada vez que oye o ve algo.
He aquí las metamorfosis de Narciso.
Carlos del Puente
Había un perro en la puerta de la calle de la cocina de un prestigioso restaurante situado en el barrio turístico de la catedral. Miraba al interior con cara muy seria mientras se le caían sus largos, gruesos y "pliegosos" mofletes. Estaba seguramente pensando: «Hoy pondré un rico estofado, unas chuletitas de cordero, unos dulces de frambuesa, y para terminar, copa y cigarro.» No sé yo quién se creía el dichoso perro. Hablaba como dueño, camisa blanca de trabajo y pantalones grises recién planchados. Y pensé yo: «¡Sí, hombre! Y después te lees el periódico en la terraza mientras ojeas a las turistas.» Mantuvimos así, entre el perro y yo, un buen rato, un sordo diálogo. Él pensaba que eso es lo que hacía. Y yo quedaba incrédulo. Él me lo aseguraba mostrándome su aliento. Yo en su lengua no encontraba rastro. Él respondía seguro y serio. Yo, burlón, lo miraba buscando pruebas concluyentes. Pero este perro bien-comido sabía más que un perro sin dueño. Intrigado por el asunto me despedí, fingí irme y me quedé tras la esquina observando. Bien es cierto, y lo confirmo, que a la hora de comer, el chef sacó una mesa, silla, un mantel, platos, cubiertos, copa, comida y una botella de vino. Y más cierto aún es que el dichoso perro se sentó en la silla y se dispuso a comer como un gran señor a sus anchas.
Carlos del Puente
A un jardinero le gustaba tanto los árboles que cada día que hacía una tarea en el jardín se cortaba un dedo con la sierra eléctrica. No me dejó de extrañar su excesivo fanatismo. Le llevó hasta tal punto que viendo lo bonitos que habían quedado los árboles empezó, cada día un poco, a podarse los brazos. Se miraba en el cuarto de baño de la piscina para ver qué bien le quedaba el corte. Y, delante del espejo, pensaba: «Mañana me daré un retoque. Está quedando bien la poda.» Yo lo veía, desde mi balcón, salir todo reluciente. Se quitaba los restos de hojas que le habían quedado sobre el cuerpo mientras se dirigía hacia la calle. Al día siguiente volvía sin vendas, decidido y como nuevo, dispuesto a mantener el jardín y su cuerpo acordes.
Carlos del Puente
Personajes
Un señor que se disolvía en su asiento dejaba su excelente butaca ocupada entre obra de teatro y obra de teatro. By Carlos del Puente
martes, mayo 27, 2014Un señor que se disolvía en su asiento dejaba su excelente butaca ocupada entre obra de teatro y obra de teatro. Así se ahorraba el tiempo de ir y venir y el tiempo de trabajo. No se conoce con mucha seguridad la causa del fenómeno. Así que mantengámonos en los diluyentes hechos. Muy cierto es, según confirman los espectadores, que el cuerpo del señor empieza en todas las obras a diluirse en cualquier acto. Ante tan magnífico fenómeno de la Naturaleza se ha constituido un comité de grandes expertos en la materia. Se han propuesto descubrir la relación entre las actos de las obras bajo el efecto de los cuales se ha disuelto el cuerpo. Esperamos con viva impaciencia los resultados de dichas científicas investigaciones. En el periódico local anuncian, ante las insistentes preguntas de los periodistas internacionales que siguen el proceso, que una vez descubiertas las relaciones de causa y efecto emprenderán un profundo y prolongado estudio sobre las cualidades específicas de ese cuerpo que explicarían con certeza la capacidad orgánica de disolución temporal y su posterior y perfecta recomposición sin sufrir daño ni transformación alguno, ni física ni mentalmente.
Carlos del Puente
Con esos andares de hombre seguro hablaba con su móvil con su sombra larga de una mañana recién estrenada. Camisa celeste, pantalones grises, zapatos de tranquilidad plana, el codo levantado excesivamente hacia fuera con gesto orgulloso de estar resolviendo asuntos de suma importancia. Un perrito tremendamente diminuto hacía, detrás de él, una muy pequeña sombra; iba muy bien callado con pasos sin zapatos oyendo la interesante conversación de su humano acompañante. Yo los veía desde mi balcón con un ángulo silencioso.
Carlos del Puente
Personajes
Las casas dudosas son aquellas que no tienen hogar. By Carlos del Puente
martes, mayo 27, 2014Las casas dudosas son aquellas que no tienen hogar. Sí, saben bien que dentro no tienen familia; en todo caso a ella la dejan fuera. Cuando se celebra la Navidad o un cumpleaños; cuando hay visitas, cuando duermen los dueños tranquilos en su cama, cuando toman el rico y calentito desayuno... siempre la dejan fuera; y se contentan con mirar su interior -lo que tampoco es muy seguro que miren; porque cada cuál está con sus asuntos, su ausencia de pensamientos, o al contrario con sus obsesiones, preocupaciones, intereses-; y salen frecuentemente corriendo hacia su amada calle que aman más que a mí misma. La aman más que a mí; porque en la calle se divierten con otras personas, con el cine, juegos, bebidas, hablando... Conmigo solo se divierten comiendo y durmiendo. Y en este último caso, ni son conscientes.
Carlos del Puente
Sabía perfectamente que su cara a su perfecto cuerpo no le favorecía pues constataba que se peleaban. Se ponía otra cara cada mañana delante del espejo; una distinta cada día: una adecuada al trabajo, a la calle, a las compras -diferente para la comida o para la ropa-, a la misa, a la que se quedaba en casa, y tantos etcéteras como caras y circunstancias. Ah, olvidaba. En la cama se ponía las caras de los sueños. Una para los terribles, otra para amar, para el sexo otra, otra para conseguir cosas, otra para sueños incomprensibles... Y otra cara de bebé para dormir a pata suelta, o como un bebé -si es que los bebés sueñan. Era su cara con su cuerpo tan incompatible que ambos siempre se miraban de mala gana, con malos ojos, cuchicheando ambos entre dientes, deseándose alguna irremediable desgracia. El cuerpo le decía a su cara: «Ojalá te salga una arruga cada mañana.» Y la cara a su cuerpo: «Saco de grasas. Ojalá no puedas parar de comer noche y día durante veinte años.» El cuerpo: «No te pongas esa cara hoy que hoy no me gusta. Ponte la cara de primavera.» La cara: «Me pondré la cara que me dé la gana. ¿Aquí quién manda?» ─Yo, dijo el cuerpo muy convencido. ─¿Tú? Tú no sabes lo que dices. ¡A quién se le ocurre pensar que un cuerpo piensa! Y se volvió hacia el espejo con un gesto altanero contenta de su triunfo sobre el tonto cuerpo. ─Hoy me pondré la cara de alegría. Tenía en su armario muchas caras de alegría. Tomó la cara de alegría, la de la alegría convencida de su triunfo sobre la impertinencia de su cuerpo. Se la puso sobre su ausencia de rostro y, muy contenta, salió a la calle.
Carlos del Puente
Personajes
Un señor muy inseguro se tocaba el cuerpo para ver si estaba. By Carlos del Puente
lunes, mayo 26, 2014Un señor muy inseguro se tocaba el cuerpo para ver si estaba. Con unos gestos repetitivos y bien sincronizados pasaba sus dedos por caderas, culo, codo, frente y boca, a veces, el pecho, sus partes inseguras, sus pestañas -de las cuáles alguna vez una arrancaba, hasta que incluso algún día estuvo con párpados calvos. Se miraba en el espejo del aire la imagen que de él mismo tenía. ¡Pero es tan insegura la imagen! que recurría a sus manos para darse consistencia. Dábase golpes con sus pies en las paredes, pataditas a los árboles, alguna vez que otra al culo de los paseantes, y cuando no, apretaba sus zapatos contra el suelo. De noche se ataba con anchas correas a la cama. Con doble cinturón de seguridad al coche. En el avión no se lo quitaba. En el tren no viajaba. Y si hubiese viajado seguro que lo haría en el WC para ir bien sujeto y estrecho.
Carlos del Puente
Personajes
¿Cómo se le habla a una frente escondida en una oreja? By Carlos del Puente
sábado, mayo 24, 2014¿Cómo se le habla a una frente escondida en una oreja? Se le habla despacito desde la oreja opuesta a la que está escondida -por leve precaución: porque no se suele estar muy seguro de su reacción. Procúrese hablar articulando despacio, dejando un segundo entre fonema y fonema. Dicha medida debe ser tomada para dar tiempo a que las palabras encuentren el camino entre las curvas del cerebro. ¡Porque fíjese usted que una palabra o letra se separe y se pierda! -evento que suele ocurrir con cierta frecuencia; aunque, hay que señalar que la frente escondida rara vez toma de este hecho consciencia. Lámese también de vez en cuando -como regla entre frase y frase- el lóbulo de la oreja. Ésta medida suele facilitar la comunicación bastante; no sé si porque engrasa el camino a las palabras secas, o porque el olor desprendido las disfraza de comida o besos. Con éste riguroso y científico procedimiento puede estar seguro de que logrará hablar con mucha eficiencia a una frente escondida en una oreja.
Carlos del Puente
Sin frente iba una esplendida calva sentada en un banco. Iba la calva tan grande y contenta sobre esa pequeña cabeza que me encontré con grandes dificultades para hallar su sumisa y pequeña frente. La toqué con los dedos y no me daba tacto. Tengo incluso que decir que me paré delante de ella muy en seco para humildemente mirarla. Se encogía de vergüenza al verse con tanto interés vista; para los lados de la sien se escurría buscando un lugar para esconderse. Tuvo en fin la fabulosa idea de esconderse detrás de una oreja. Di media vuelta a su cabeza para comprobar como vergonzosamente allí se agazapaba. ─¿Por qué te escondes, pequeña?, ─le dije; si en ti no cabe tanta vergüenza como sientes; y tienes, por seguro, que verterla -tu vergüenza, digo, y parte de tu frente-, en el pozo ciego de tu oreja. Tuvo ella, ante mi arriesgada impertinencia y su aumentada vergüenza, que meterse hasta la mitad, como una lámina de protoplasma, en el oído; quien, por suerte y gracia, aún quedaba casi libre. Cogí el lóbulo con la tierna pinza de mis dedos y acercando mis atrevidos labios, le hablé con evidente cariño a la parte oculta de la frente. ─Quise conocerte; pues te vi tan pequeña y triste que a mi corazón y vista le resultaste irresistible. Pero viendo que avergonzada te escondes voy a dar un falso paseo para que así creas que he dejado de quererte, y salgas.
Carlos del Puente
Un pájaro hacia todas las noches un nido sobre la cornisa de la casa. En la tierra del parque privado de al lado había perforado ya un gran agujero. Y los árboles que daban sombra a la piscina estaban pelados de ramitas pequeñas y secas. El charco del agua de la fuente casi nunca se llenaba.
Cerca del amanecer el pajarito dormía bien agotado en su flamante y húmedo nidito después de su laboriosa jornada nocturna. Cuando entre sueños oía al madrugador vecino de la casa decirle a su señora desde la ventana a la cama: «Otra vez ha puesto un nido.»
Bajaba al patio, donde tenía guardaba la caña que había cortado en un alto y espeso cañaveral de un campo cercano; y, con su caña tiesa, raspaba la mugrienta pared hasta dejar caer el nido y el pájaro.
Este salía de la boca del nido mientras este caía por el aire como caen los nidos al suelo.
El pajarito volaba nervioso con varios huevos en el vientre hacia el árbol más cercano. Una vez incluso la caña se le vino encima acompañada de una exclamación que él no conocía.
Pasaba el día somnoliento comiendo mirando la marca de su nido caído.
Carlos del Puente
Un árbol muy callado, callado y quieto, echaba naranjas al suelo cuando estaban sabrosas y maduras. Quería agradar a los paseantes. Pero estos al verlas caídas las miraban con desprecio. «Sucia por fuera, sucia por dentro», pensaban.
El árbol le soltaba otra de otra especie: esta vez una dorada manzana. «¡Oh, una manzana! ¡Qué bonita, pero machacada!».
Le tiró un melón y una sandía, las dos al mismo tiempo. «¡Curioso! Los melones y las sandías no crecen en los árboles.»
Movió un racimo de uvas negras entre los dedos de sus ramas. «Toma, toma. Esto es mejor que un pecado», ─pensaba el árbol. Pero al paseante no le gustaban las uvas.
«Pues ya no sé qué sacarme de las ramas» ─Dijo enfurecido el árbol en voz alta.
«¡Curioso! Me ha parecido oír hablar a las ramas. Y yo no estoy loco, ni he dormido mal, ni estoy hambriento.» ─Pensó el extraño paseante.
Carlos del Puente
Érase una sola vez los perros del mal olor. Ellos iban limpios y pulcros, tanto como lo pueden estar los perros de calle. Conscientes de la importancia de la apariencia para encontrar nuevo dueño se acicalaban todo el día con mucho esmero, con sus uñas de calle, con su lengua de hambre. Pero por mucho que se limpiaban olían por todas partes mal olor.
Cada vez que encontraban una fuente se lavaban escrupulosamente y bien despacio. Salían con una sonrisa bien contentos. Pero para su mayor sorpresa, cada vez que ponían el hocico en alto olían mal olor. Miraban la fuente, la calle, la plaza, por todas partes y sus orejas mostraban sorpresa.
Iban por las calles buscando un olor diferente que no conocían.
Carlos del Puente
En la única plaza del pueblo, cuadrada, con una vieja fuente en el centro, casas estrechas de una sola planta, viejas y ventanas pequeñas, enrejadas con barrotes negros, el ayuntamiento impasible contemplaba, con sus redondos ojos, sus manos quietas, el freno echado de través a la pendiente de la plaza, sus manos gruesas, los dedos caídos, la boca cerrada, sin mover apenas el tronco, un pájaro pasaba del gran árbol del ayuntamiento al techo de una casa. Lo miró.
Se acordó de los pájaros de la infancia. Se vio correr tras ellos haciendo el vuelo entre los árboles monte arriba; y cuando, sin darse cuenta, llegaba a la cima, se sentaba en el suelo a contemplar los techos del pueblo y el campanario de la vieja iglesia, fascinado por la imagen.
Había olvidado aquella imagen. Solo recordaba la fachada de enfrente de la puerta de su casa, al otro lado de una calle por la que solo apenas podía pasar sin rozar la acera un coche. Desde allí, de noche, oía jugar a los niños en la plaza cuadra y seca, e incluso el chorreo del agua.
Nunca saldría de esas dos ruedas. Era injusto. Una enfermedad infantil. Mata la vida, revoltosa y suelta, de corre calles y caminos y monte y riachuelo bajo espesos árboles. Puso el oído para captar a unos quinientos metros el trotar el agua del riachuelo. El ruido entraba por una corta calle de una docena de casas repartidas sobre la calle que iba hacia el pequeño, viejo y estrecho puente. Cuando oía el agua fresca movía los dedos de las manos.
Carlos del Puente
Pelea, disgusto, indignación. En la puerta del restaurante se despidió secamente del grupo. Ellos bajaron charlando hacia el paseo marítimo. Él subió calle arriba hacia la parte alta del pueblo. Llegó hasta las calles somnolientas de siesta. Cuatro de la tarde. El sol quemaba el suelo, literalmente. Las suelas de sus viejos zapatos de verano olían a goma recalentada. Los jeans se habían quedado tiesos. Un manojo de llaves sonaban en su bolsillo derecho. El sudor secado por el polvo picaba a la piel de su cara como un enjambre de abejas. La lechuga de la ensalada hervía en su hinchado estómago de vaca. El líquido estomacal se balanceaba de lado a lado como un barco interior que busca la salida del puerto en tormenta. No había tomado café con su crema acaramelada. Estaba en esa falta de lucidez indigesta. Los pensamientos lo pensaban. Gotas de sudor espeso goteaban desde su axilas hasta la punta de sus dedos. La húmeda camisa iba pegada a la parte alta de su espalda. A partir de las dos horas ya no veía las casas. Los perros dormían jadeando a la sombra con la lengua echada sobre el suelo. Sus ojos se abrían de vez en cuando al oír su respiración forzada de paseante.
Carlos del Puente
Estaba un señor muy veraniego y aburrido, sentado en un incómodo sillón de un destartalado bar de ese viejo hotel donde solía ir para ahorrar en verano. Cuando una de las frecuentes moscas clientes sin factura de la refrescante piscina abierta a sus alas a pocos pasos de la terraza, vino "mosquilmente" volando con sus transparentes y venosas alas una gruesa mosca. Posó su bien negra barriga sobre el metal pintado recientemente de blanco. Y se dispuso a tomar con su pequeña trompa las gotas de whisky que insolentemente habían caído de los largos y estrechos vasos. Se puso nervioso el señor que estaba allí delante de ella -y el que escribe esto- al verla tan negra, impertinente y ebria. ─Acércate, acércate, ─le dijo el borracho con rojos ojos de alcohol y tabaco. Tenía el vaso cogido con evidente tensión en los dedos mientras la intrépida mosca tomaba y tomaba. ─Ya verás, ya verás cuando te coja la patita; ya verás. Dicho y hecho. Con una agilidad sorprendente para aquella hora, estado y sitio, el filo del culo del vaso se posó delicadamente sobre el extremo de una de sus patas, concretamente -para ser perfectamente exactos y respetuosos con esta fundamental descripción- sobre su pata delantera izquierda. De tal modo y con tal precisión que la sorprendida mosca borracha quedó atrapada. Asustada, nerviosa, indignada, la pobre e insolente mosca batió sus alas casi a punto de romperlas. Mientras el ágil borracho reía con la satisfacción del que ha conseguido ante un multitudinario público un gran éxito ejecutando una peligrosísima hazaña. Pido perdón por este tétrico y dramático relato pues no es moralmente bueno reírse de este "comático" dual desenlace; pues ambos murieron de un sorprendente coma etílico: una porque bebía y bebía para quitarse la angustia del cepo; y el otro porque bebía y bebía de alegría. "¡Hic! ¡Hic!", decía su hipo quien en el ambos entierros lo contaba con mucha sorna, risa y entusiasmo a los abundantes borrachos que fueron a despedirse del común amigo y amiga y a tomar la última copa en el cementerio.
Carlos del Puente