"Pero ¿qué camino se abría ante mí?
¿Qué plan tenía a mi alcance?
Estaba dando vueltas a esas preguntas cuando la luna, tan mortecina hasta
entonces, pareció brillar con más intensidad: un destello blanco resplandeció
junto a mí, y pude ver con claridad una sombra. Agucé la vista para descubrir
la causa de aquel contraste tan acentuado que aparecía de pronto en el oscuro
sendero; el blanco y el negro, cada vez más intensos,
se transformaron súbitamente en una figura.
Me encontraba a tres yardas de una mujer alta, vestida de negro y con un velo
blanco. Pasaron cinco minutos. No salí corriendo ni grité. Ella seguía allí.
—¿Quién es usted? ¿Por qué viene a mí? —exclamé. Ella guardó silencio.
No tenía rostro... ni facciones: un velo blanco ocultaba su rostro; pero tenía ojos,
y éstos me contemplaban.
Me faltaba valor, pero estaba desesperada; y a menudo la desesperación
basta para suplir al coraje. Di un paso hacía delante. Extendí la mano para
tocarla. Ella pareció retroceder. Me acerqué más: su retroceso, todavía
silencioso, se hizo más rápido.
Una masa de frondosos arbustos, entre los que había laureles y tejos,
se interpuso entre mí y el objeto de mi persecución.
Habiendo salvado ese obstáculo, miré y no vi nada. Esperé un poco,
y luego dije: —Si tiene algún recado para mí, regrese. Nada contestó ni
volvió a aparecer. Aquella vez no podía recurrir al doctor John; no había
nadie a quien yo me atreviera a susurrar las palabras:
«He visto de nuevo a la monja».
Charlotte Brontë VILLETTE
"No sé si el lector me creerá, pero el desván no estaba tan oscuro
como debería haber estado: en un rincón brillaba una luz esplendorosa,
como una estrella de gran tamaño. Resplandecía de tal modo que iluminaba
el profundo hueco donde colgaba una parte de la descolorida cortina escarlata.
Instantánea y silenciosamente, la luz desapareció, al igual que el hueco y la
cortina: todo aquel extremo del desván se volvió negro como la noche."
"...yo me quedé con el doctor John, esperando en el vestíbulo.
—¿Qué ocurre, Lucy? —preguntó Graham, clavando su mirada en mí—.
Percibo el viejo nerviosismo. ¿La monja de nuevo?
Pero yo lo negué rotundamente:
me molestaba ser sospechosa de una segunda alucinación.
Él se mostró escéptico. —Ha vuelto, estoy seguro —prosiguió—;
cuando esa figura se cruza con sus ojos, Lucy, deja en ellos un brillo
peculiar y una expresión inconfundible. —No, no ha vuelto —insistí,
pues lo cierto es que no mentía al negar su aparición. —Los síntomas
se repiten —afirmó—; una extraña palidez, y lo que en Escocia llaman
un aire de «resucitada».
Era tan obstinado que preferí decirle lo que había visto en realidad.
Por supuesto, decidió que era otro efecto de la misma causa: todo era
una ilusión óptica, una enfermedad nerviosa...
Yo no le creí; pero tampoco osé contradecirle:
los médicos son tan presuntuosos, y sus opiniones, sarcásticas y materialistas,
tan inflexibles."
Charlotte Brontë VILLETTE
Daniel Paul Schreber
Daniel Paul Schreber Memorias de un enfermo nervioso
miércoles, febrero 12, 2014"Tengo la inconmovible certidumbre de que a este respecto poseo experiencias que si se llegara a un reconocimiento general de su validez tendrían sobre los demás hombres el efecto más fructífero que se pueda imaginar."
También me resulta indudable que el nombre de usted desempeña un papel esencial en la evolución genética de las circunstancias correspondientes, en la medida en que algunos nervios, extraídos de su sistema nervioso, se convirtieron en "almas probadas", en el sentido que se define en el capítulo I de las Memorias"
"En el transcurso de ese trato, podría usted haber tenido alguna vez la percepción de que desde alguna otra parte se me hablaba también mediante voces que aludían a un origen sobrenatural. Podría usted, luego de esta asombrosa percepción, haber mantenido el trato conmigo cierto tiempo más, llevado por el interés científico, hasta que la situación se hubiera vuelto, por así decirlo, inquietante para usted mismo, y por ello se hubiera sentido usted motivado a cortar el trato. También podría haber sucedido que una parte d.e sus nervios probablemente sin que usted tuviera conciencia de ello hubiera sido sustraída a su cuerpo de una manera que sólo sobrenaturalmente puede explicarse, y elevada al cielo en calidad de "alma probada". Esta "alma probada", que adolecía de errores humanos como todas las almas no purificadas, se habría dejado llevar luego conforme con el carácter de las almas, en la medida en que lo conozco con certeza sin ser refrenada por nada que equivalga a la voluntad humana, por el solo afán de autoafirmación y de despliegue de poder, exactamente como sucedió durante mucho tiempo, según lo consignado en mis Memorias."
"Por todo ello, distinguido señor Consejero Privado, le ruego que sin reserva alguna se pronuncie sobre lo siguiente:
Si durante mi permanencia en su hospital tuvo lugar por parte de usted algún trato hipnótico, o análogo, conmigo, de suerte que usted ejerciera especialmente estando espacialmente separado un influjo sobre mi sistema nervioso;
Si entonces fue usted de alguna manera testigo de un trato con Voces que procedían de otra parte y que aludían a un origen sobrenatural, y finalmente;
Si, durante mi permanencia en su hospital, recibió especialmente en sueños visiones, o impresiones de naturaleza semejante a visiones, que hayan versado, entre otras cosas, sobre la omnipotencia de Dios y la libre voluntad del hombre, sobre la emasculación, sobre la pérdida de bienaventuranzas, sobre mis parientes y amigos y también sobre los de usted, especialmente sobre el Daniel Fürchtegott Flechsig, nombrado en el capítulo VI, y muchas otras cosas mencionadas en mis Memorias."
"A esto debo agregar que por numerosas comunicaciones de las Voces que en esa época hablaban conmigo tengo los más sólidos motivos para pensar que usted debió tener tales visiones."
"para mí hay algo que está fuera de duda: que he llegado infinitamente más cerca de la verdad que todos los otros hombres a los cuales no le han sido concedidas revelaciones divinas."
"Así, en mi propio cuerpo tuvo lugar algo semejante a la concepción de Jesucristo por parte de una virgen intacta, es decir, que nunca tuvo comercio con un varón. Yo he tenido en dos distintas oportunidades (y por cierto en la época en que me encontraba aún en el hospital de Flechsig) genitales femeninos, aunque desarrollados de manera incompleta, y he sentido en mi vientre movimientos en forma de pequeños saltos, como los que caracterizan a las primeras conmociones vitales del embrión humano; mediante un milagro divino, los nervios de Dios correspondientes al semen masculino fueron arrojados dentro de mi cuerpo: había tenido lugar, pues, una fecundación."
"El alma humana está contenida en los nervios del cuerpo..."
"Dios es desde un comienzo sólo nervio, no cuerpo, y por ello algo afín al alma del hombre. Mas los nervios divinos no existen, como sucede en el cuerpo humano, sólo en un número limitado, sino que son infinitos y eternos."
'Tienen, en particular, la capacidad de transformarse en todas las cosas posibles del mundo creado; en esta función se llaman "rayos"; aquí reside la esencia de la creación divina."
"Como prueba de esta afirmación, aduciré por ahora sólo el hecho de que hace años que el Sol habla conmigo con palabras humanas y por ello se da a conocer como un ser viviente o como órgano de un ser superior que se encuentra aun por encima de él."
"En especial, el viento o la tempestad se levantan porque Dios se retira a gran distancia de la Tierra;
en las circunstancias contrarias al orden cósmico que ahora se han presentado se ha invertido la relación, para señalarlo desde el comienzo, en el sentido de que
el estado del tiempo depende en cierta medida de no-pensar-nada
o, lo que significa lo mismo, interrumpo una ocupación que pone de manifiesto la actividad del espíritu humano, por ejemplo jugar al ajedrez en el jardín, inmediatamente se levanta el viento."
"en lo que respecta a los así llamados aullidos.
La causa consiste en que Dios, no bien me entrego al no-pensar-nada cree poder separarse de mí
como de una persona supuestamente idiotizada."
"Pero, de ordinario, tal "conexión nerviosa", según se dijo, no podía llevarse a cabo, pues debido a una relación imposible de elucidar, los nervios de los hombres vivientes, especialmente cuando se encuentran en estado de elevada excitación,
poseen tal fuerza de atracción sobre los nervios divinos,
que Dios no hubiera podido desprenderse nuevamente de ellos y, por ende, se habría visto amenazado en su propia existencia."
"Que Dios, por ejemplo, puede eliminar cualquier germen de enfermedad en los cuerpos humanos enviándoles algunos Rayos puros,
es algo que yo he vivido innumerables veces en mi propio cuerpo
y que cotidianamente vivo otra vez en la actualidad."
"La idea de una fuerza de atracción actuando desde tan tremenda distancia desde algunos cuerpos humanos o en mi caso desde un solo cuerpo humano, tendría que parecer sencillamente absurda considerada en sí misma y por sí misma, ..."
"De manera análoga, todas las almas que están conmigo en conexión nerviosa entienden ahora, precisamente porque participan de mis pensamientos."
"La bienaventuranza consiste en un estado de goce ininterrumpido, vinculado con la contemplación de Dios."
"Aún así, los hechos en cuestión son para mí indudables en muchos casos, especialmente en lo referente a las almas de von W. y Flechsig, pues durante años enteros sentí el influjo directo de estas almas sobre mi cuerpo y en lo referente al alma de Flechsig, posiblemente una parte de alma de Flechsig, lo sigo sintiendo cada día y cada hora aún hoy."
"Para comenzar por esto último, la idea de que es posible de alguna manera apoderarse del alma de otra persona para procurarse a costa de dicha alma una vida más larga o alguna otra ventaja. que dure más allá de la muerte, está ampliamente difundida en las leyendas y en la poesía de todos los pueblos.
Por vía de ejemplo me limitaré a recordar el Fausto de Goethe, el Manfredo de Lord Byron, el Cazador Furtivo de Weber. Pero comúnmente se asigna aquí un papel principal al diablo, el cual se hace legar el alma de algún hombre por medio de una gotita de sangre, a cambio de algún provecho terrenal, etcétera, sin que, por cierto, se vea claramente qué puede hacer el diablo con el alma cautiva, a no ser que se quiera suponer que el atormentar a un alma puede, como fin en sí, brindarle una especial satisfacción."
"De todas maneras, yo estuve mucho tiempo en conexión nerviosa con el profesor Paul Theodor Flechsig y con Daniel Fürchtegott Flechsig (acaso también con el primero en calidad de alma?) y tuve en mi cuerpo partes de alma de ambos."
"Aunque antes (durante si dos años) creí que debía suponer, y dadas mis experiencias de entonces tuve efectivamente que suponer, que
el prolongado encadenamiento de Dios a mi persona
había tenido como consecuencia la ruina de toda la creación terrenal."
"...cuando estaba aún tendido en la cama {no recuerdo si semidormido o despierto ya), tuve una sensación que, al reflexionar después sobre ella en estado completo de vigilia, me impresionó de manera muy particular.
Fue la representación de que tenía que ser muy grato ser una mujer que es sometida al coito."
"Las primeras noches verdaderamente malas, es decir, de casi insomnio total,
se dieron en los últimos días del mes de octubre o en los primeros del mes de noviembre. Entonces se produjo un suceso extraño.
Varias noches, en las cuales yo no pude conciliar en absoluto el sueño,
se hizo sentir en la pared de nuestra alcoba un crujido,
que se repetía con pausas más o menos prolongadas, y me despertaba cada vez que había comenzado a adormecerme."
"Me causaron una impresión particularmente aterradora los rasgos faciales completamente deformados que creí percibir en el guardián R. al despertarme."
"Es este ya el lugar para profundizar en la naturaleza de las ya muchas veces mencionadas voces interiores, que desde entonces me habían incesantemente y al mismo tiempo de la tendencia, que a mi juicio es intrínseca al orden cósmico, según la cual en ciertas circunstancias
se ha de llegar a la "emasculación" (transformación en una mujer) de un hombre
("visionario") que ha entrado con los nervios divinos (Rayos) en un trato imposible de suspender."
Daniel Paul Schreber Memorias de un enfermo nervioso
"Comentando este fenómeno de la Red, Jean Nadal escribe:
«Esa es la máquina deseante que creo más lograda y más completa de las que conozco. Lo contiene todo: el deseo en ella funciona libremente, sobre el factor erótico de la voz como objeto parcial, en el azar y la multiplicidad, y se engancha a un flujo que irradia el conjunto de un campo social de comunicación, a través de la expansión ilimitada de un delirio o de una deriva».
El comentador no tiene toda la razón: hay máquinas deseantes mejores y más completas. Pero las máquinas perversas en general tienen la ventaja de presentarnos una oscilación constante entre una adaptación subjetiva, una desviación de una máquina social técnica y la instauración objetiva de una máquina deseante — aún un esfuerzo si queréis ser republicanos...
En uno de los más bellos textos escritos sobre el masoquismo, Michel de M’Uzan muestra cómo las máquinas perversas del masoquista, que son máquinas propiamente hablando, no se dejan comprender en términos de fantasma, o de imaginación, como tampoco se explican a partir de Edipo o de la castración por vía de proyección: no hay fantasma, dice; sino, lo que es diferente, programación «esencialmente estructurada fuera de la problemática edípica»"
"Las máquinas deseantes constituyen la vida no edípica del inconsciente. Edipo, gadget o fantasma. Picabia llamaba a la máquina, por oposición, «hija nacida sin madre». Buster Keaton presentaba su máquina-casa, en la que todas las habitaciones están en una, como una casa sin madre: todo se realiza por máquinas deseantes, la comida de los solteros (L’Epouvantail, 1920). ¿Es preciso comprender que la máquina sólo tiene un padre y que como Atenea nace ya armada de un cerebro viril?"
"Lo que, precisamente, define a las máquinas deseantes es su poder de conexión hasta el infinito, en todos los sentidos y en todas las direcciones. Es incluso por ello que son máquinas, atravesando y dominando varias estructuras a la vez.
Pues la máquina posee dos características o potencias:
la potencia de lo continuo,
el filo maquínico donde determinada pieza se conecta con otra, el cilindro y el pistón en la máquina de vapor, o incluso, según una línea germinal más lejana, la rueda en la locomotora;
pero también la ruptura de dirección,
la mutación de tal modo que cada máquina es corte absoluto con respecto a lo que reemplaza, como el motor de gas con respecto a la máquina de vapor. Dos potencias que forman una, puesto que
la máquina en sí misma es corte-flujo, siendo el corte siempre adyacente a la continuidad de un flujo que separa de los otros proporcionándole un código, haciéndole acarrear tales o cuales elementos.
Además, no es en provecho de un padre cerebral que la máquina no tiene madre, sino en provecho de un cuerpo lleno colectivo, la instancia maquinizante sobre la que la máquina instala sus conexiones y ejerce sus cortes."
"Los pintores maquínicos han insistido en que no pintaban máquinas como sustitutos de naturalezas muertas o de desnudos;
la máquina no es objeto representado del mismo modo que su dibujo no es representación.
Se trata de introducir un elemento de máquina, de tal modo que forme pieza con otra cosa sobre el cuerpo lleno de la tela, aunque sea con el cuadro mismo, para que sea, precisamente, el conjunto del cuadro el que funcione como máquina deseante.
La máquina inducida siempre es otra que la que parece representada:
veremos que la máquina procede por semejante «desenganche» y así asegura la des-territorialización propiamente maquínica. Valor inductivo de la máquina, o más bien transductivo, que define la recurrencia y se opone a la representación-proyección: la recurrencia maquínica contra la proyección edípica es el lugar de una lucha, de una disyunción, como podemos verlo en el Aeroplapa o la Automoma, o también en la Machine à connaître en forme Mère de Victor Brauner.
En Picabia, el dibujo forma una pieza con la inscripción heteróclita, de tal modo que debe funcionar con ese código, con ese programa, induciendo una máquina que no se le parece.
Con Duchamp, el elemento real de máquina está introducido directamente, valiendo por sí mismo o por su sombra, o por un mecanismo aleatorio que induce entonces a las representaciones subsistentes a cambiar de rol y de status: Tu me.
La máquina se distingue de toda representación (aunque siempre podamos representarla, copiarla, de una manera que por otra parte no ofrece ningún interés), y se distingue de ella porque es Abstracción pura, no figurativa y no proyectiva.
Léger mostró claramente que la máquina no representaba nada, sobre todo no por sí misma, ya que ella misma era producción de estados intensivos organizados: ni forma ni extensión, ni representación ni proyección, sino intensidades puras y recurrentes.
Unas veces sucede, como en Picabia, que el descubrimiento de lo abstracto conduce a los elementos maquínicos, otras veces ocurre lo contrario, como para muchos futuristas.
Pensemos en la vieja distinción de los filósofos entre los estados representativos y
los estados afectivos que no representan nada:
la máquina es el Estado afectivo y es completamente falso decir que las máquinas modernas tienen una percepción, una memoria,
las máquinas no tienen más que estados afectivos.
"Cuando oponemos las máquinas deseantes a Edipo no queremos decir que el inconsciente sea mecánico (las máquinas son más bien la meta-mecánica), ni que Edipo no sea nada. Demasiadas fuerzas y gente mantienen a Edipo, demasiados intereses en juego: sin Edipo, en primer lugar, no habría narcisismo."
"No obstante, esa era la emergencia de la máquina deseante, eso por lo que se distingue de las ligazones psíquicas del aparato edípico y de las ligazones mecánicas o estructurales de las máquinas sociales y técnicas: un conjunto de piezas realmente distintas que funcionan juntas en tanto que realmente distintas (ligadas por la ausencia de lazo). Semejantes aproximaciones de las máquinas deseantes no nos las proporcionan los objetos surrealistas, epifanías teatrales o gadgets edípicos, que no funcionan más que introduciendo en ellos asociaciones — en efecto, el surrealismo fue una vasta empresa de edipización de los movimientos precedentes. Pero las encontraremos más bien en algunas máquinas dadaistas, en los dibujos de Julius Goldberg o, en la actualidad, en las máquinas de Tinguely: ¿cómo obtener un conjunto funcional rompiendo todas las asociaciones? (¿Qué significa «ligado por la ausencia de lazo»?)"
"El arte de la distinción real en Tinguely se obtiene por una especie de desenganche como procedimiento de la recurrencia. Una máquina pone en juego varias estructuras simultáneas que atraviesa; la primera estructura comporta al menos un elemento que no es funcional con respecto a ella, pero que lo es tan sólo en la segunda. Este juego, que Tinguely presenta como esencialmente alegre, asegura el proceso de desterritorialización de la máquina y la posición del mecánico como parte más desterritorializada. La abuela que pedalea en el auto bajo la mirada maravillada del niño —niño no edípico cuyo propio ojo forma parte de la máquina— no hace avanzar el vehículo, pero acciona al pedalear la segunda estructura que corta madera.
Otros procedimientos de recurrencia pueden intervenir o añadirse, como el envolvimiento de las partes en una multiplicidad (así por ejemplo, la máquina-ciudad, ciudad en la que todas las casas están en una casa, o la máquina-casa de Buster Keaton en la que todas las habitaciones están en una habitación).
O también la recurrencia puede ser realizada en una serie que relaciona de un modo esencial a la máquina con los restos y residuos, sea porque destruye sistemáticamente su propio objeto como los Rotozaza de Tinguely, sea porque capta las intensidades o energías perdidas como el proyecto de Transformador de Duchamp, sea porque se compone de restos como el Junk Art de Stankiewicz o el Merz y la máquina-casa de Schwitters, sea, por último, porque se destruye o se sabotea a sí misma y porque «su construcción y el comienzo de su destrucción son indiscernibles»: en todos estos casos (a los que habría que añadir la droga como máquina deseante, la máquina junkie) aparece una pulsión de muerte ..."
"Además, son relaciones aleatorias que aseguran esta ligazón sin lazo de los elementos realmente distintos en tanto que tales o de sus estructuras autónomas, según un vector que va del desorden mecánico al menos probable y que se llamará «vector loco».
Aquí vemos la importancia de las teorías de Vendryes que permiten definir las máquinas deseantes por la presencia de semejantes relaciones aleatorias en la misma máquina y como si produjesen movimientos brownoides del tipo paseo o draga.
Es precisamente por la realización de relaciones aleatorias
que los dibujos de Goldberg aseguran a su vez la funcionalidad de los elementos realmente distintos, con el mismo gozo que en Tinguely, risa-esquizo: se trata de sustituir un circuito memorial simple, o un circuito social, por un conjunto que funciona como máquina deseante sobre vector loco (en el primer ejemplo, «Para no olvidarse de que debe llevar una carta a su mujer», la máquina deseante atraviesa y programa las tres estructuras automatizadas del deporte, la jardinería y la jaula para pájaros; en el segundo ejemplo, Simple Reducing Machine, el esfuerzo del batelero del Volga, la descompresión del vientre del millonario que está comiendo, la caída del boxeador en el ring y el salto del conejo están programados por el platillo en tanto que define lo menos probable o la simultaneidad del punto de partida y de llegada).
"Todas estas máquinas son máquinas reales. Hocquenghem está en lo cierto cuando dice: «Allí donde el deseo actúa ya no hay lugar para lo imaginario» ni para lo simbólico.
Todas estas máquinas ya están ahí, no cesamos de producirlas, de fabricarlas, de hacerlas funcionar, pues son deseo, deseo tal cual es — aunque se precisen artistas para asegurar su presentación autónoma.
Las máquinas deseantes no están en nuestra imaginación, están en las mismas máquinas sociales y técnicas. Nuestra relación con las máquinas no es una relación de invención ni de imitación, no somos ni los padres cerebrales ni los hijos disciplinados de la máquina. Es una relación de poblamiento: poblamos las máquinas sociales técnicas con máquinas deseantes y no podemos hacerlo de otro modo. Debemos decir a la vez: las máquinas sociales técnicas no son más que conglomerados de máquinas deseantes en condiciones molares históricamente determinadas; las máquinas deseantes son máquinas sociales y técnicas devueltas a sus condiciones moleculares determinantes. Merz de Schiwitters es la última sílaba de Komerz. En vano nos preguntaremos sobre la utilidad o la no utilidad, la imposibilidad de estas máquinas deseantes. La imposibilidad (y aún rara vez), la inutilidad (y aún rara vez), sólo aparecen en la presentación artística autónoma. No veis que son posibles puesto que están, de cualquier modo están ahí, y nosotros funcionamos con ellas. Son eminentemente útiles, puesto que constituyen en ambos sentidos la relación entre la máquina y el hombre, la comunicación entre ambos. En el mismo momento que dices «es imposible», no ves que tú la haces posible, al ser tú mismo una de esas piezas, justamente la pieza que creías que faltaba para que ya funcionase, el dancer-danger. Discutes su posibilidad o utilidad, pero tú ya estás en la máquina, formas parte de ella, ..."
"Uno de los artistas más grandes de máquinas deseantes, Buster Keaton, supo plantear el problema de una adaptación de máquina de masas a fines individuales, de pareja o de pequeño grupo, en El Crucero del Navigator, donde los dos protagonistas «deben enfrentarse a un equipo de menaje utilizado generalmente por varios centenares de personas (el pañol es un bosque de palancas, motones e hilos)».
Cierto es que los temas de la reducción o de la adaptación de las máquinas no son suficientes por sí mismos y que valen para algo más, como lo demuestra la reivindicación para todos de utilizarlas y controlarlas. Pues la verdadera diferencia entre las máquinas sociales técnicas y las máquinas deseantes no radica, evidentemente, en el tamaño, ni siquiera en los fines, sino en el régimen que decide el tamaño y los fines. Son las mismas máquinas, pero no es el mismo régimen."
"Nosotros creemos, al contrario, que la máquina debe ser pensada inmediatamente con respecto a un cuerpo social y no con respecto a un organismo biológico humano. Si es de este modo, no podemos considerar a la máquina como un nuevo segmento que sucede al de la herramienta, en una línea que tendría su punto de partida en el hombre abstracto. Pues el hombre y la herramienta ya son piezas de máquina en el cuerpo lleno de una sociedad considerada. La máquina es, en primer lugar, una máquina social constituida por un cuerpo lleno como instancia maquinizante y por los hombres y las herramientas que están maquinadas en tanto que distribuidas sobre este cuerpo. Hay, por ejemplo, un cuerpo lleno de la estepa que maquina hombre-caballo-arco, un cuerpo lleno de la ciudad griega que máquina hombres y armas, un cuerpo lleno de la fábrica que máquina a los hombres y las máquinas...
De dos definiciones de la fábrica dadas por Ure, y citadas por Marx, la primera remite las máquinas a los hombres que las vigilan, la segunda remite las máquinas y los hombres, «órganos mecánicos e intelectuales», a la fábrica como cuerpo lleno que los maquina. Ahora bien, la segunda definición es la literal y concreta.
"La máquina comprendida de este modo se define como máquina deseante: el conjunto de un cuerpo lleno que maquina y de los hombres y herramientas sobre él maquinados. De ello se desprenden varias consecuencias que tan sólo podemos indicar en calidad de programa.
"En primer lugar, las máquinas deseantes son las mismas que las máquinas sociales y técnicas, pero son como su inconsciente: manifiestan y movilizan, en efecto, las catexis libidinales (catexis de deseo) que «corresponden» a las catexis conscientes o preconscientes (catexis de interés) de la economía, de la política y de la técnica de un campo social determinado. Corresponder no significa parecerse: se trata de otra distribución, de otro «mapa», que ya no concierne a los intereses constituidos en una sociedad, ni al reparto de lo posible y lo imposible, de las coacciones y las libertades, todo lo que constituye las razones de una sociedad. Pero, bajo esas razones, hay las formas insólitas de un deseo que carga los flujos como tales y sus cortes, que no cesa de reproducir los factores aleatorios, las figuras menos probables y los encuentros entre series independientes en la base de esta sociedad, y que desprenden un amor «por sí mismo», amor del capital por sí mismo, amor de la burocracia por sí misma, amor de la represión por sí misma, y todo tipo de extrañas cosas como ..."
En segundo lugar, que las máquinas deseantes sean como el límite interior de las máquinas sociales técnicas, lo comprendemos mejor si consideramos que el cuerpo lleno de una sociedad, la instancia maquinizante, nunca está dado como tal, sino que siempre debe ser inferido a partir de los términos y de las relaciones puestas en juego en esta sociedad. El cuerpo lleno del capital como cuerpo que echa brotes, Dinero que produce Dinero, nunca está dado por sí mismo.
Implica un pasaje al límite, donde los términos se reducen a sus formas simples absolutamente solidificadas, y las relaciones, reemplazadas «positivamente» por una ausencia de vínculo.
Por ejemplo, para la máquina deseante capitalista, el encuentro entre el capital y la fuerza de trabajo, el capital como riqueza desterritorializada y la fuerza de trabajo como trabajador desterritorializado,
dos series independientes o formas simples cuyo encuentro aleatorio
no cesa de ser reproducido en el capitalismo.
¿Cómo la ausencia de lazo o vínculo puede ser positiva?
Volvemos a encontrarnos con la cuestión de Leclaire que enuncia la paradoja del deseo:
¿cómo algunos elementos pueden estar ligados precisamente por la ausencia de lazo?
En cierta manera podemos decir que el cartesianismo, con Spinoza o Leibniz, no ha cesado de responder a esta cuestión.
Es la teoría de la distinción real, en tanto que implica una lógica específica.
Los elementos últimos o las formas simples pertenecen al mismo ser o a la misma substancia porque son realmente distintos y enteramente independientes unos de otros.
Es en este sentido que un cuerpo lleno substancial no funciona del todo como un organismo.
Y la máquina deseante es precisamente eso: una multiplicidad de elementos distintos o de formas simples ligadas sobre el cuerpo lleno de una sociedad, precisamente en tanto que están «sobre» ese cuerpo o en tanto que son realmente distintos.
La máquina deseante como paso al límite: inferencia del cuerpo lleno, liberación de las formas simples, asignación de las ausencias de lazo..."
"J.-J. Lebel cita imágenes del film de Genet que forman una máquina deseante de la prisión: dos detenidos en células contiguas, uno de los cuales sopla humo en la boca del otro, por un canuto que pasa por un pequeño agujero del muro, mientras que un vigilante se masturba a la vez que mira. El vigilante es a la vez elemento de antiproducción y pieza mirona de la máquina: el deseo pasa por todas las piezas.
Lo cual quiere decir que las máquinas deseantes no están pacificadas: hay en ellas dominaciones y servidumbres, elementos mortíferos, piezas sádicas y piezas masoquistas yuxtapuestas. Precisamente en la máquina deseante, esas piezas o elementos adquieren como todas las otras sus dimensiones propiamente sexuales. No es que la sexualidad, como querría el psicoanálisis, disponga de un código edípico que vendría a doblar las formaciones sociales, o incluso a presidir su génesis y su organización mentales (dinero y analidad, fascismo y sadismo, etc.). No hay simbolismo sexual y la sexualidad no designa otra «economía», otra «política», sino el inconsciente libidinal de la economía política en tanto que tal. La libido, energía de la máquina deseante, carga como sexual toda diferencia social, de clase, de raza, etc., ya para garantizar en el inconsciente el muro de la diferencia sexual ya, al contrario, para reventar este muro, abolirlo en el sexo no-humano. En su violencia misma, la máquina deseante es una prueba de todo el campo social por el deseo, prueba que tanto puede llevar al triunfo del deseo como a la opresión de deseo. La prueba consiste en lo siguiente: dada una máquina deseante, ¿cómo convierte en una de sus piezas a una relación de producción o a una diferencia social y cuál es la posición de esa pieza? ¿El vientre del millonario en el dibujo de Goldberg, el vigilante que se masturba en la imagen de Genet? El jefe secuestrado, ¿no es una pieza de máquina deseante-fábrica, una forma de responder a la prueba?
"En cuarto lugar, si la sexualidad como energía del inconsciente es la catexis del campo social por las máquinas deseantes, ocurre que la actitud frente a las máquinas en general no expresa en modo alguno una simple ideología, sino la posición del deseo en función de los cortes y de los flujos que atraviesan este campo. Por esa razón, el tema de la máquina tiene un contenido tan fuertemente, tan abiertamente sexual."
Deleuze
"¿Cuál es, por último, la oposición entre el esquizoanálisis y el psicoanálisis, en el conjunto de sus tareas negativas y positivas? No hemos cesado de oponer dos clases de inconsciente o dos interpretaciones del inconsciente: una, esquizoanalítica, la otra, psicoanalítica; una, esquizofrénica, la otra, neurótico-edípica; una abstracta y no figurativa, y la otra imaginaria; pero, también, una realmente concreta y la otra simbólica; una maquínica y la otra estructural; una molecular, micropsíquica y micrológica, la otra molar o estadística; una material y la otra ideológica; una productiva y la otra expresiva. Hemos visto cómo la tarea negativa del esquizoanálisis debía ser violenta, brutal: desfamiliarizar, desedipizar, descastrar, desfalizar, deshacer teatro, sueño y fantasma, descodificar, desterritorializar — un horroroso raspado, una actividad malévola.
Pero todo se realiza al mismo tiempo.
Pues, al mismo tiempo, el proceso se libera, proceso de la producción deseante siguiendo sus líneas de fuga moleculares que ya definen la tarea mecánica del esquizoanalista. Y, aún así, las líneas de fuga son plenas catexis molares o sociales que muerden todo el campo social: de tal modo que la tarea del esquizoanálisis consiste, en fin, en descubrir en cada caso la naturaleza de las catexis libidinales del campo social, sus posibles conflictos interiores, sus relaciones con las catexis preconscientes del mismo campo, sus posibles conflictos con éstas, en una palabra, todo el juego de las máquinas deseantes y de la represión de deseo.
Realizar el proceso, no detenerlo, ni hacerlo girar en el vacío, ni darle una finalidad.
Nunca se irá bastante lejos en la desterritorialización, en la descodificación de los flujos.
Pues la nueva tierra
(«En verdad, la tierra se convertirá un día en un lugar de curación»)
no está en las re-territorializaciones neuróticas o perversas que detienen el proceso o le fijan fines, ya no está ni más atrás ni más adelante,
coincide con la realización del proceso de la producción deseante,
ese proceso que siempre se halla ya realizado en tanto procede y mientras procede.
Nos queda por ver, pues, cómo proceden efectiva, simultáneamente, estas diversas tareas del esquizoanálisis."
Deleuze
"¿Existen entes malvados, no humanos, que envidian nuestra felicidad?
¿Existen influencias malignas rondando por el aire y envenenándolo para el
hombre? ¿Qué me aguardaba a la vuelta de la esquina? Se oyó un extraño
ruido en aquel inmenso y solitario desván. Casi con total seguridad, percibí
lo que parecía un paso furtivo: algo salía del negro rincón donde estaban
colgadas las siniestras capas. Me volví: la luz era mortecina, la estancia
muy profunda... pero ¡tan cierto como que estoy viva!, vi una silueta blanca
y negra en el centro de aquel cuarto fantasmal; la falda era negra, estrecha,
larga; un velo blanco ocultaba su cabeza. Puedes decir lo que quieras, lector...
señalar que yo estaba nerviosa o había perdido el juicio; afirmar que la
excitación de la carta me había alterado; declarar que soñaba; pero te juro
que aquella noche vi en el desván... ¡la figura de una monja!
Lancé un grito; me sentí desfallecer. Si aquella silueta se hubiera acercado
a mí, creo que habría perdido el conocimiento. Pero se alejó, y yo corrí hacia
la puerta."
"Pero yo me preguntaba tristemente, en mi fuero interno, si aquella extraña
aparición era de este mundo o del Más Allá; y si tan sólo era hija de una
enfermedad, que me había convertido en su presa."
Charlotte Brontë VILLETTE
Brontë
Charlotte Brontë VILLETTE "Una tarde —y no deliraba: estaba en mi sano juicio—"
miércoles, febrero 05, 2014"¡Aquellas vacaciones! ¿Podré olvidarlas algún día? Creo que no.
Madame Beck se marchó el primer día para reunirse con sus hijas al borde
del mar; las tres profesoras tenían padres o amigos que las acogieron;
todos los profesores abandonaron la ciudad; unos se dirigieron a París,
otros a Boue-Marine; monsieur Paul se fue de peregrinación a Roma; en
la rue Fossette sólo quedamos yo, una criada y una pobre alumna, deforme
y débil mental, una especie de crétine a la que su madrastra no permitía
regresar a la lejana provincia donde residía.
Estuvo a punto de caérseme el alma a los pies; los deseos más enfermizos
tensaron sus fibras. ¡Qué largos eran los días de septiembre! ¡Qué silenciosos
y sin vida! ¡Qué inmenso y vacío parecía el desolado edificio! ¡Qué lúgubre el
jardín abandonado... tan gris ahora con el polvo de una ciudad desierta!
Cuando miraba hacia delante en el inicio de aquellas ocho semanas, apenas
sabía cómo iba a sobrevivir hasta el final. Hacía mucho tiempo que mi ánimo
decaía poco a poco; y al faltarme el respaldo del trabajo, pareció desplomarse.
Ni siquiera mirando hacia delante recobraba la esperanza: el tedioso futuro no
me ofrecía consuelo, ni promesa alguna, ni el menor aliciente para soportar el
dolor de entonces con la confianza en un bien venidero.
A menudo me embargaba una triste indiferencia a la vida... una penosa
resignación a que pronto llegara el fin de todas las cosas terrenas. ¡Ay! Cuando
disponía de mucho tiempo libre para contemplar la vida como deben
contemplarla las personas de mi especie, tenía la impresión de que no era
más que un desierto baldío: arenas color pardo rojizo, sin prados verdes,
ni palmeras, ni un pozo a la vista.
No conocía ni osaba conocer las esperanzas propias de la juventud, que tanto
animan y alientan a seguir adelante. Si alguna vez llamaban a la puerta de mi
corazón, una barra inhóspita impedía su entrada. Cuando se alejaban, así
rechazadas, lágrimas de tristeza corrían por mis mejillas; pero no podía
evitarse: me faltaba valor para dar cobijo a semejantes huéspedes.
¡Me inspiraba un temor tan desmedido el pecado y la debilidad de la
presunción! Lector religioso, largo será el sermón que me dedicarás por lo que
acabo de escribir, también tú, moralista; y lo mismo ocurrirá contigo, severo
erudito; tú, estoico, fruncirás el ceño; tú, cínico, me mirarás con desprecio;
tú, epicúreo, te reirás. Bueno, haced lo que queráis. Acepto el sermón, el ceño,
el desprecio y la risa; tal vez tengáis razón: y es posible que, en mis
circunstancias, hubierais estado tan equivocados como yo.
Lo cierto es que el primer mes no pudo ser más largo, triste y sombrío.
La crétine no parecía desgraciada. Yo hacía cuanto estaba en mis manos
para que no pasara frío y estuviera bien alimentada, y lo único que ella
pedía era comida y sol, y un buen fuego cuando éste faltaba. A sus débiles
facultades les agradaba la inactividad: su cerebro, sus ojos, sus oídos, su
corazón dormían contentos; no podían despertarse para trabajar, de modo
que el letargo era su Paraíso.
Las tres primeras semanas de aquellas vacaciones fueron cálidas y soleadas,
pero la cuarta y la quinta fueron tempestuosas y trajeron lluvia. Ignoro por qué
aquel cambio en la atmósfera me causó una impresión tan cruel, por qué el furor
de la tormenta y la violencia de la lluvia me sumieron en una parálisis mayor
que la que había padecido cuando el aire estaba sereno: pero así fue, y mi
sistema nervioso pareció incapaz de soportar por más tiempo aquella angustia
que le había atenazado día y noche en la gigantesca casa vacía.
¡Cómo rezaba al Cielo en busca de ayuda y consuelo! ¡Cuán firme era mi
convicción de que el Destino era mi sempiterno enemigo, y jamás podría
reconciliarme con él! En el fondo de mi corazón, no culpaba de ello a la
misericordia o a la justicia de Dios; llegué a la conclusión de que era parte
de su grandioso plan para que algunos sufrieran amargamente en la tierra,
y me emocionaba al tener la certeza de que yo estaba entre ellos.
Fue un alivio que la tía de la crétine, una bondadosa anciana, viniera un día
y se llevase a mi extraña y deforme compañera. La infortunada criatura
había sido a veces una pesada carga; no podía salir del jardín, y no podía
dejarla ni un minuto sola; pues su pobre espíritu era tan imperfecto como
su cuerpo: tenía predisposición al mal. Una vaga inclinación a hacer daño,
una arbitraria hostilidad, hacían indispensable una vigilancia continua.
Como apenas hablaba, y se pasaba las horas muertas con la mirada perdida,
gesticulando y haciendo las muecas más horribles, yo no tenía la sensación
de vivir con otro ser humano sino de hallarme prisionera con un animal salvaje.
Además, necesitaba de unos cuidados personales que requerían el coraje de
una enfermera; a veces se ponía hasta tal punto a prueba mi determinación
que sentía náuseas. Esas tareas no deberían haber recaído en mí; una criada,
ahora ausente, las había desempeñado hasta entonces, pero, con las prisas
de las vacaciones, habían olvidado buscarle una sustituta.
Aquella carga, aquella prueba fueron de las más duras que he conocido en mi
vida. Y, sin embargo, por fastidiosas y degradantes que fueran, mi sufrimiento
mental era mucho más devastador.
El cuidado de la crétine me privaba a menudo de la fuerza y del deseo de comer,
y me empujaba a salir al aire libre, desfallecida, para acercarme al pozo o a la
fuente del patio; pero ese deber jamás me rompió el corazón, ni anegó mis ojos
en llanto, ni quemó mis mejillas con lágrimas tan ardientes como el metal fundido.
Cuando la crétine se marchó, recuperé mi libertad para salir de la casa.
Al principio me faltó valor para aventurarme lejos de la rue Fossette, pero poco
a poco llegué a las puertas de la ciudad, y las franqueé, y seguí vagando por las
chaussées, y a través de los campos, más allá de los cementerios, católico y
protestante, y de las granjas, hasta alcanzar bosquecillos y senderos, y no sé
qué otros lugares.
Sentía que algo me aguijoneaba, una especie de fiebre me impedía descansar;
el anhelo de compañía despertaba en mi alma un hambre acuciante. A menudo
paseaba durante toda la jornada, desde el ardiente mediodía hasta la árida tarde
o el sombrío anochecer, y regresaba cuando salía la luna.
Mientras vagaba en soledad, a veces imaginaba lo que estarían haciendo en
aquellos momentos mis conocidos. Veía a madame Beck en un alegre lugar
de la costa, con sus hijas, su madre y un grupo de amigos que habían elegido
el mismo escenario para divertirse.
Zélie St Pierre estaba en París con sus familiares; las demás profesoras, en
sus hogares. Ginevra Fanshawe había ido con unos parientes a hacer un
agradable viaje por el sur.
Ginevra me parecía la más feliz de todas. Recorría hermosos parajes; el sol
de septiembre resplandecía para ella sobre fértiles llanuras, donde las cosechas
maduraban bajo sus suaves rayos. La luna dorada y cristalina se elevaba ante
sus ojos sobre horizontes azules que seguían ondulantes las siluetas de las
montañas.
Pero todo eso no significaba nada; yo también sentía el sol del otoño y
contemplaba su luna llena, y casi deseaba verme cubierta de tierra y de hierba,
muy lejos de su influencia, pues no podía vivir bajo su luz, ni convertirlos en mis
compañeros, ni prodigarles afecto.
Pero una especie de espíritu acompañaba siempre a Ginevra, investido de
poder para darle fuerzas y ofrecerle consuelo, para alegrar el día y
embalsamar la oscuridad; el mejor de los genios buenos que protegen a la
humanidad la amparaba con sus alas y formaba un dosel sobre su cabeza.
El Amor Verdadero seguía a Ginevra: nunca estaría sola. ¿Era ella insensible
a su presencia? Me parecía imposible: no podía comprender esa apatía.
La imaginaba agradecida en secreto, amando ahora con reserva, pero
decidida a enseñar algún día el alcance de su amor: veía a su fiel héroe,
consciente a medias de su tímido cariño, consolado por esa idea; adivinaba
un vínculo electrizante de afinidad entre ellos, una cadena muy fina de
entendimiento mutuo, capaz de unirlos aunque les separaran cien leguas,
llevando por montículos y hondonadas sus oraciones y sus deseos. Ginevra
fue convirtiéndose poco a poco para mí en una especie de heroína.
Cierto día, al darme cuenta de esa creciente ilusión, me dije: «Creo que tengo
los nervios muy alterados: mi mente ha sufrido demasiado; una enfermedad
se está apoderando de ella. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo voy a conservar la
salud?». Lo cierto es que no había forma de conservar la salud en aquellas
circunstancias. Finalmente, tras un día y una noche del más amargo de los
abatimientos, sentí un profundo malestar físico que me obligó a guardar cama.
Por aquel entonces terminó el veranillo de San Miguel y empezaron las
tormentas del equinoccio; durante nueve días oscuros y lluviosos, en los
que las Horas transcurrieron a gran velocidad, turbulentas, sordas,
alborotadas —aturdidas por el fragor del huracán—, yací sumida en un
extraño estado febril de los nervios y de la sangre. El sueño me abandonó.
Solía levantarme por la noche, buscándolo, y le suplicaba desesperadamente
que volviera. Tan sólo me respondía un crujido en la ventana, el silbido de una
ráfaga... ¡el sueño nunca regresaba! Me equivoco. Lo hizo una vez, pero lleno
de furia. Cansado de mi insistencia trajo consigo un sueño vengador.
Según el reloj de St Jean Baptiste, apenas duró quince minutos; un breve
intervalo de tiempo, pero suficiente para retorcer todo mi cuerpo con una
angustia desconocida; y para brindarme una experiencia indescriptible
con el aspecto, el semblante, el terror, el tono mismo de una aparición de
la eternidad. Entre las doce y la una de aquella noche, mis labios se vieron
obligados a beber de una copa en la que bullía un líquido negro, fuerte,
extraño, que no se había llenado en ningún pozo sino en un mar ilimitado
e insondable. El sufrimiento conformado a una medida temporal o
calculable, y destinado a unos labios mortales, no tiene el mismo sabor
que aquel sufrimiento.
Al despertarme, pensé que todo había terminado: el final se acercó y pasó de
largo. Temblando de miedo —a medida que recobraba la conciencia—, dispuesta
a gritar pidiendo ayuda a alguno de mis semejantes, aunque sabía que ninguno
de ellos estaba lo bastante cerca para escuchar mi enloquecida llamada
—Goton no podía oírme desde su lejano desván—, me arrodillé en la cama. Pasé
unas horas terribles: mi alma, desgarrada, atormentada, oprimida, soportó lo
indecible. De todos los horrores de aquella noche, creo que aquél fue el peor.
Tenía la sensación de que mis familiares muertos, que tanto me habían querido
en vida, me miraban desde otro lugar, distanciados de mí: un sentimiento
indescriptible de desesperación ante el futuro atenazaba mi espíritu. No tenía
ningún motivo para curarme o desear vivir; y, sin embargo, ¡qué insoportable
resultó ser la altiva y despiadada voz con que la Muerte me desafió a entablar
combate con sus desconocidos terrores!
Cuando intenté rezar, sólo logré articular estas palabras: —Desde mi juventud,
he sufrido Tus terrores con verdadera congoja. Y no mentía. Al traerme el té a
la mañana siguiente, Goton me rogó que avisara a un médico. No quise: pensé
que ningún médico podría curarme.
Una tarde —y no deliraba: estaba en mi sano juicio— me levanté y me vestí,
débil y temblorosa. Era incapaz de soportar por más tiempo la soledad y el
silencio del gran dormitorio; las espectrales camas blancas se me antojaban
fantasmas, sus cabeceras parecían gigantescas calaveras descoloridas por
el sol; sueños pasados de un mundo más antiguo y de una raza más poderosa
yacían inmóviles en las enormes cuencas de sus ojos. Aquella tarde se apoderó
con más fuerza que nunca de mi alma la convicción de que el Destino era de
piedra y la Esperanza, un falso ídolo, ciego, sin sangre en las venas y con un
corazón de granito. Sentí, asimismo, que la prueba que Dios me había impuesto
estaba acercándose a su clímax, y que era yo quien debía enfrentarme a ella
con mis propias manos, por muy débiles, ardientes y temblorosas que fueran.
Seguía lloviendo y el viento soplaba con fuerza; pero con mayor clemencia,
pensé, que el resto del día. Empezó a caer la noche, y su influencia me pareció
perniciosa; a través de la celosía, vi llegar las nubes nocturnas que se arrastraban
a escasa altura como estandartes caídos.
Pensé que en aquellos momentos había tristeza y amor en el Cielo por todo
el dolor que se padecía en la tierra; el peso de mi terrible sueño se aligeró
—aquella insoportable idea de no ser querida, de no pertenecer a nadie,
cedió un poco ante la esperanza de lo contrario—, tenía el convencimiento
de que esta esperanza brillaría con más intensidad si abandonaba aquel
techo, que me aplastaba como la lápida de una sepultura, y me dirigía a
alguna apacible colina, muy alejada de la ciudad, en medio del campo.
Envuelta en una capa (no podía estar delirando, pues tuve el buen juicio de
abrigarme), salí a la calle. Las campanas de una iglesia me detuvieron al pasar;
parecían llamarme al salut, y decidí entrar. En aquellos momentos, cualquier
rito solemne, cualquier espectáculo de adoración sincera, cualquier
oportunidad de acercarme a Dios eran tan vitales para mí como un mendrugo
de pan para un hambriento. Me arrodillé con los demás sobre el empedrado.
Era una iglesia vieja y majestuosa, sumida en una penumbra que la luz de las
vidrieras volvía purpúrea y no dorada. Había muy pocos feligreses y, terminado
el salut, la mitad de ellos se marcharon.
No tardé en descubrir que los demás se quedaban para confesarse. No me
moví. Todas las puertas de la iglesia se cerraron con cuidado; reinó un sagrado
silencio, y una imponente oscuridad se cernió sobre nosotros. Después de
rezar unos instantes conteniendo el aliento, una penitente se acercó al
confesionario. La observé. Susurró sus pecados: recibió la absolución; volvió
reconfortada. La siguió otra persona, y luego otra. Una señora muy pálida,
arrodillada a mi lado, tuvo la gentileza de decirme en voz baja: —Vaya usted
ahora; todavía no estoy preparada. La obedecí mecánicamente; me puse
en pie y me dirigí al confesionario.
Sabía lo que hacía; mi cabeza sopesó aquella determinación con la velocidad
del rayo. Dar ese paso no podía hacerme más desgraciada de lo que ya era;
tal vez me aliviase. El sacerdote del confesionario ni siquiera me miró; sólo
acercó silenciosamente su oído a mis labios. Parecía un hombre bondadoso,
pero aquel deber se había convertido en una suerte de rutina: se consagraba
a él con la flema de la costumbre.
Yo vacilé; no conocía la fórmula de la confesión: así que, en vez de pronunciar
el preludio habitual, dije: —Mon père, je suis protestante. Se volvió al instante.
No era un sacerdote del país; la fisonomía de éstos era, invariablemente, servil:
comprendí por su perfil y su frente que era francés; aunque canoso y de edad
avanzada, creo que no carecía de sensibilidad ni de inteligencia.
Me preguntó, en tono amable, por qué acudía a él siendo protestante. Le dije
que me moría por recibir un consejo o una palabra de consuelo. Que vivía
completamente sola desde hacía unas semanas; que había estado enferma;
que mi espíritu no podía seguir soportando el peso de una terrible aflicción.
—¿Se trata de un pecado, de un crimen? —preguntó, alarmado. Le tranquilicé
sobre ese punto y, lo mejor que pude, le conté en pocas palabras mi experiencia.
Él se quedó pensativo, y pareció desconcertado. —Me coge usted desprevenido
—exclamó—. Nunca se me había presentado un caso como el suyo: por lo general,
conocemos nuestro deber y estamos preparados, pero esto supone una gran
ruptura en el curso ordinario de la confesión. No sabría qué consejo darle en
sus circunstancias.
Por supuesto, era la respuesta que esperaba; pero el mero hecho de
comunicarme con unos oídos humanos y sensibles, aunque consagrados...
el mero hecho de verter una parte del dolor largo tiempo acumulado, y largo
tiempo reprimido, en una vasija de la que no podía volver a escapar... había
sido muy beneficioso para mí. Me sentí reconfortada. —¿He de irme, padre?
—pregunté, al verlo silencioso. —Hija mía —dijo amablemente (y estoy segura
de que era un hombre bueno: tenía una mirada compasiva)—, de momento,
será mejor que se vaya; pero le aseguro que sus palabras me han impresionado.
La confesión, como otras cosas, tiende a perder profundidad y trascendencia
con la costumbre. Usted ha venido y me ha abierto su corazón; algo muy poco
común. Me agradará meditar sobre su caso, y llevarlo conmigo al oratorio.
Si usted hubiera abrazado nuestra fe, sabría qué decirle; un espíritu tan agitado
sólo puede hallar reposo en el retiro y en la práctica escrupulosa de la devoción.
Es bien sabido que el mundo no procura demasiadas satisfacciones a naturalezas
como la suya. Algunos santos han pedido a penitentes como usted que se
elevaran por medio de la penitencia, el sacrificio y las buenas obras difíciles.
En esta vida se les dan lágrimas como alimento y bebida —el pan de la aflicción
y las aguas de la aflicción—, la recompensa llega después. Estoy convencido de
que esas impresiones que padece usted son mensajeros de Dios para devolverla
a la iglesia verdadera. Está usted hecha para nuestra fe: sin duda es la única que
podría curarla y ayudarla. El protestantismo es demasiado seco, frío y prosaico
para usted. Cuanto más pienso en su caso, con más claridad veo que se sale de
lo habitual. Bajo ningún concepto querría perderla de vista. Váyase ahora, hija
mía; pero vuelva a visitarme.
Me levanté y le di las gracias. Estaba a punto de salir cuando me hizo una señal
para que regresara a su lado. —No debe venir a esta iglesia —dijo—: Veo que está
enferma y hace demasiado frío; debe venir a mi casa: vivo en... (y me dio su
dirección). La espero mañana por la mañana, a las diez. En respuesta a esta cita,
me limité a inclinar la cabeza; me quité el velo y, arrebujándome en mi capa, salí.
¿Supone el lector que tuve la osadía de ponerme de nuevo al alcance de aquel
digno sacerdote? Antes me habría metido en un horno babilónico. Aquel
sacerdote tenía armas que podían influir en mí; era un hombre compasivo,
con una bondad sentimental muy francesa, a cuya dulzura yo sabía que no
era totalmente inmune.
Si exceptuamos cierto tipo de afectos, apenas había alguno, arraigado en la
realidad, al que yo pudiera confiar en tener fuerzas para resistirme. Si hubiera
ido a visitarlo, el sacerdote me habría mostrado cuánto hay de tierno,
reconfortante y amable en la honrada superstición papista. Luego habría
tratado de encender, soplar y avivar en mí el celo por las buenas obras.
No sé cómo habría acabado aquel asunto. Todos nos creemos fuertes
en algunas cuestiones, todos nos sabemos débiles en otras muchas;
lo más probable es que, de haber acudido a la rue des Mages número
diez en el día y en la hora señalados, en estos instantes, en lugar de
escribir este herético relato, estaría rezando el rosario en un convento
de carmelitas del Boulevard de Crécy en Villette.
Había algo de Fénélon en aquel anciano y bondadoso sacerdote; y sean
como sean la mayoría de sus hermanos, y piense yo lo que piense de su
Iglesia y de su credo (ninguno de los dos son de mi agrado), siempre guardaré
de él un recuerdo agradecido. Fue amable conmigo cuando yo necesitaba
amabilidad; me hizo mucho bien. ¡Que Dios le bendiga!
El crepúsculo había dado paso a la noche y, cuando salí de aquella iglesia
sombría, las farolas de la calle estaban encendidas. Ahora me era posible
regresar a casa; el anhelo desesperado de respirar el viento de octubre en
la pequeña colina, lejos de los muros de la ciudad, había dejado de ser un
impulso irrefrenable, y no era más que un deseo que la Razón podía
dominar: así lo hizo, y yo me encaminé, según creía, a la rue Fossette.
Pero me había adentrado en una zona de la ciudad que no conocía; era la
parte antigua, y estaba llena de callejuelas y de casas viejas y pintorescas,
a punto de desmoronarse. Me sentía demasiado débil para tener dominio
de mí misma, y demasiado indiferente a mi bienestar y seguridad para obrar
con prudencia. Me sumí en el desconcierto; me vi atrapada en un laberinto
de giros desconocidos. Estaba perdida, y me faltaba determinación para
pedir a algún transeúnte que me orientara.
La tormenta había amainado un poco al atardecer, pero quiso recuperar
entonces el tiempo perdido. El viento del noroeste soplaba con violencia;
traía consigo pequeños chaparrones, e incluso a veces, como si fueran
disparos, un fuerte granizo; el frío y la lluvia me calaron hasta los huesos.
Incliné la cabeza para hacer frente al temporal, pero éste siguió golpeándome.
No me descorazoné en aquel trance; sólo deseaba elevarme hasta la tormenta,
y extender y reposar mis alas en su vehemencia, seguir su curso veloz, y
deslizarme con ella. Mientras me invadía este deseo, mi frío se convirtió
en aterimiento y mi debilidad en extenuación.
Traté de llegar al porche de un gran edificio cercano, pero la mole de la
fachada y su aguja gigante se volvieron negras y desaparecieron de mi vista.
En lugar de caer sentada en los escalones, como pretendía,
tuve la sensación de arrojarme de cabeza al abismo. No recuerdo nada más."
"Soy incapaz de decir dónde estuvo mi espíritu durante aquel desmayo.
No sé lo que vio ni adónde fue en aquella noche singular; en cualquier caso,
él lo guardó en secreto, sin susurrar jamás una palabra a la Memoria, y
engañando a la Imaginación con su silencio imperturbable. Puede que se
elevara y viera ante sí la morada eterna, esperando que le permitieran
descansar en ella y que su dolorosa unión con la materia fuera al fin disuelta.
Mientras imaginaba esto, quizá un ángel lo expulsara del umbral del paraíso
y, conduciéndole de nuevo a la tierra, anegado en llanto, volviera a atarlo todo
tembloroso y en contra de su voluntad a ese pobre cuerpo, helado y consumido,
de cuya compañía estaba tan cansado. Sé que regresó a su prisión muy afligido,
sin el menor deseo, con un gemido y un largo estremecimiento.
Los compañeros separados, el Espíritu y la Materia, no eran fáciles de reconciliar:
en vez de saludarse con un abrazo, se enzarzaron en una especie de lucha cruel.
Recuperé el sentido de la vista, envuelto en rojos, como si nadara en sangre; y la
capacidad de oír, que volvió de pronto, con el fragor de un trueno; la conciencia
revivió atemorizada: me incorporé presa del terror, preguntándome en qué región,
entre qué extraños seres, despertaba."
"Pensé en Hasán Bedru-d-Din, conducido en sueños desde el Cairo hasta las puertas
de Damasco. ¿Había detenido un genio sus oscuras alas en medio de aquella
tempestad —a cuya violencia yo había sucumbido—, y me había recogido en los
escalones de la iglesia para, «remontando el vuelo», como dice el cuento oriental,
llevarme por encima de tierras y mares y depositarme dulcemente junto a una
chimenea de la vieja Inglaterra?
Pero no; sabía que el fuego de aquel hogar ya no ardía ante sus lares... hacía
mucho tiempo que se había apagado, y los dioses de la casa habían sido
trasladados a otro lugar. La bonne se volvió para mirarme y, al ver en mis ojos
desmesuradamente abiertos una expresión de inquietud y excitación, dejó a
un lado sus labores. Durante unos instantes, pareció muy ajetreada en una
pequeña tarima; sirvió agua en un vaso y le añadió unas gotas de un frasco:
con el vaso en la mano, se acercó a mí. ¿Qué pócima oscura estaría
ofreciéndome? ¿Qué elixir de genio o bebedizo de mago? Era demasiado
tarde para preguntar; lo había bebido de golpe, con la mayor pasividad.
Una marea de pensamientos apacibles acarició delicadamente mi cerebro;
la corriente subía poco a poco, con leves ondulaciones más suaves que un
bálsamo. El dolor y la debilidad abandonaron mis miembros, mis músculos
se durmieron. No podía moverme; pero, al perder al mismo tiempo todo deseo
de actividad, no me sentí privada de nada. Aquella amable bonne colocó una
pantalla entre la lámpara y yo; vi cómo se levantaba para hacerlo, pero no
recuerdo haber sido testigo de cómo volvía a su asiento: entre esos dos actos,
me quedé dormida.
Cuando me desperté, ¡todo había cambiado de nuevo! La luz del día envolvía
la estancia; no una luz cálida, estival, sino la triste penumbra del crudo y
tormentoso otoño. Tuve la certeza de encontrarme en el pensionnat: por la
lluvia que golpeaba en las ventanas; por el rugido del viento entre los árboles,
que indicaba la presencia de un jardín en el exterior; por el frío, la blancura y
la soledad que me rodeaban. Y digo blancura, pues las colgaduras de brocado
de algodón que adornaban la cama francesa me impedían ver cualquier otra
cosa. Las levanté; miré fuera. Mis ojos, dispuestos a contemplar un enorme
dormitorio con las paredes encaladas, parpadearon sorprendidos al encontrar
el reducido espacio de un pequeño gabinete... un gabinete pintado de color
verdemar; y, en lugar de cinco ventanales desnudos, una celosía de gran
altura con adornos de muselina; y, en vez de dos docenas de pequeños
soportes de madera pintada, cada uno con su aguamanil y su palangana,
un tocador vestido como una dama para un baile —traje blanco sobre falda
rosa—, coronado por un espejo grande y reluciente, y con un bonito alfiletero
rodeado de encaje. Este tocador, junto con una pequeña butaca de chintz
verde y blanco, y un lavamanos de mármol, con utensilios de loza de color
verde pálido, bastaban para amueblar la diminuta habitación.
Lector, ¡me sentí aterrada! «¿Por qué?», te preguntarás. ¿Qué había en aquella
sencilla y, en cierto modo, hermosa alcoba para asustar a la más tímida de las
criaturas? Sencillamente esto: que aquellos muebles... sólidas butacas, espejos,
lavamanos... no podían ser reales, tenían que ser fantasmas del pasado;
o, si se rechazaba esta hipótesis por descabellada —y, a pesar de mi confusión,
yo la rechazaba—, sólo se podía llegar a la conclusión de que mi estado mental
era anómalo; en pocas palabras, que me encontraba muy enferma y deliraba:
e incluso entonces, mis alucinaciones eran las más extrañas con que el delirio
ha hostigado jamás a una víctima. Reconocí —no tuve más remedio— el
chintz verde y la pequeña silla; el marco negro y brillante, con hojas talladas,
de aquel espejo; las suaves piezas glaucas de loza; y el propio lavamanos,
con su encimera de mármol gris y la esquina descascarillada. No tuve más
remedido que reconocer y saludar a todo aquello del mismo modo que la
noche anterior había tenido que reconocer y saludar, forzosamente, a los
muebles de palisandro, a los cortinajes y a las porcelanas del salón.
¡Bretton! ¡Bretton! Y lo ocurrido diez años atrás se reflejó en aquel espejo.
Y ¿por qué me perseguían de ese modo Bretton y mis catorce años?
¿Por qué, si se empeñaban en regresar, no lo hacían por completo?
¿Por qué sólo aparecían ante mis perturbados ojos los muebles, mientras
que las habitaciones y el lugar eran muy diferentes? En cuanto al alfiletero
de raso carmesí, con cuentas doradas y volantes de encaje, cómo no iba
a reconocerlo tan bien como a las pequeñas pantallas ¡si lo había hecho
yo! Levantándome de un salto, cogí el alfiletero y lo examiné. Las letras
«L.L.B.», cosidas con cuentas doradas y rodeadas por una guirnalda oval
bordada en hilo de seda blanco, eran las iniciales del nombre de mi madrina:
Louisa Lucy Bretton. —¿Estaré en Inglaterra? ¿Estaré en Bretton? —exclamé
en voz baja. Y, subiendo a toda prisa las persianas que tapaban la celosía,
miré al exterior para intentar descubrir dónde estaba, casi esperando
contemplar los antiguos, tranquilos y hermosos edificios y el limpio
empedrado de St Ann’s Street, y divisar al fondo las torres de la catedral;
o, de no ser así, las vistas de otra ciudad, una rue de Villette, o alguna calle
de una agradable ciudad inglesa. Lo que vi, por el contrario, a media altura
y entre las hojas de una enredadera, fue una terraza de hierba y unos árboles
que crecían más abajo; los árboles más altos que había visto en mucho tiempo.
Parecían gemir bajo el vendaval de octubre, y entre sus troncos descubrí la
línea de una avenida donde las hojas amarillas se amontonaban o revoloteaban
empujadas por el fuerte viento del oeste. Fuera cual fuera el paisaje que hubiese
más allá, tenía que ser llano, y aquellas gigantescas hayas impedían su visión.
Me pareció un lugar muy aislado, y completamente desconocido para mí:
jamás había estado en él. Me acosté de nuevo. La cama estaba en un pequeño
hueco; cuando volví el rostro hacia la pared, la habitación y su extraño contenido
habían desaparecido.
¿Desaparecido? ¡No! Pues, al cambiar de postura con esta esperanza, en el
espacio verde que dejaban ver las colgaduras de la cama, divisé un retrato
con un ancho marco dorado. Era una acuarela pintada con maestría,
aunque sólo se trataba de un boceto; una cabeza de muchacho, vigorosa,
llena de vida, risueña y expresiva. Parecía un joven de dieciséis años, de tez
rubicunda y mejillas sonrosadas; con el cabello largo y bastante claro, de un
brillante color dorado; los ojos penetrantes, y la sonrisa alegre y maliciosa.
En conjunto, un rostro muy agradable de contemplar, especialmente para
los que se creyeran con derecho a su afecto... por ejemplo, los padres o las
hermanas del joven. Cualquier pequeña y romántica colegiala podría
haberse enamorado de ese retrato.
Aquellos ojos miraban como si, transcurridos unos años, fueran a responder
con entusiasmo al amor: soy incapaz de decir si guardaban, para un caso de
necesidad, el brillo de una fe ardiente e inquebrantable. Pues, cualquier
sentimiento que le saliera al encuentro con demasiada facilidad, aquellos
labios amenazaban, de manera encantadora pero inequívoca, con
convertirlo en un capricho o un afecto muy ligero. Esforzándome por
aceptar cada nuevo descubrimiento con la mayor serenidad, susurré para mí:
—¡Ah! Ese retrato estaba colgado en la salita del desayuno, sobre la repisa
de la chimenea: demasiado alto, pensaba yo. Recuerdo que me subía al
taburete del piano para descolgarlo, sostenerlo en las manos y buscar qué
escondían sus preciosos ojos, que parecían reír bajo unas pestañas color
avellana; ¡me gustaba tanto observar el color de sus mejillas o la expresión
de su boca! No creía que la imaginación pudiera embellecer la curva de esos
labios o de esa barbilla; e, incluso en mi ignorancia, sabía que eran realmente
hermosos y me preguntaba, perpleja:
«¿Cómo es posible que algo tan encantador pueda causar al mismo tiempo
tanta tristeza?». En una ocasión, cogí a la pequeña señorita Home en brazos
y le pedí que se fijara en el cuadro. —¿Te gusta, Polly? —le pregunté. No me
respondió, pero se quedó mirándolo un buen rato antes de decir: «¡Bájeme!»,
mientras una temblorosa sombra recorría sus emocionados ojos. Yo la deposité
en el suelo, convencida de que la niña también lo percibía.
Todas esas cosas acudieron a mi imaginación, y pensé: «Tenía sus defectos,
pero conozco muy pocos caracteres tan nobles como el suyo; era generoso,
afable, sensible». Y, sin darme cuenta, exclamé en voz alta: —¡Graham!"
Charlotte Brontë VILLETTE
"Cuando a continuación, o más bien de otra parte, las máquinas se hallan unificadas en el plano estructural de las técnicas y las instituciones que les proporcionan una existencia visible como una armadura de acero, cuando los vivientes se hallan ellos también estructurados por las unidades estadísticas de sus personas, de sus especies, variedades y medios — cuando una máquina aparece como un objeto único y un viviente como un único sujeto—, cuando las conexiones se vuelven globales y específicas, las disyunciones, exclusivas, las conjunciones, bívocas, el deseo no tiene ninguna necesidad de proyectarse en esas formas que se han vuelto opacas.
Estas son inmediatamente las manifestaciones molares, las determinaciones estadísticas del deseo y de sus propias máquinas. Son las mismas máquinas (no hay diferencia innata):
aquí como máquinas orgánicas, técnicas o sociales aprehendidas en su fenómeno de masas al que se subordinan;
allá como máquinas deseantes aprehendidas en sus singularidades submicroscópicas que se subordinan los fenómenos de masas.
Por eso hemos rechazado desde el principio la idea de que las máquinas deseantes pertenezcan al campo del sueño o de lo imaginario y vengan a doblar a las otras máquinas.
No hay más que deseo, medios, campos, formas de gregariedad. Es decir: las máquinas deseantes moleculares son en sí mismas catexis de las grandes máquinas molares o configuraciones que ellas forman bajo las leyes de los grandes números, en un sentido o en el otro de la subordinación, en un sentido y en el otro de la subordinación.
Máquinas deseantes por una parte, y máquinas orgánicas, técnicas o sociales, por la otra: son las mismas máquinas en condiciones determinadas.
Por condiciones determinadas entendemos esas formas estadísticas en las que entran como otras tantas formas estables, unificando, estructurando y procediendo por grandes conjuntos pesados; las presiones selectivas que agrupan a las piezas retienen algunas, excluyen otras, organizando las muchedumbres.
Son, por tanto, las mismas máquinas, pero no es el mismo régimen, las mismas relaciones de tamaño, ni los mismos usos de síntesis. Sólo hay funcionalismo al nivel submicroscópico de las máquinas deseantes, disposiciones maquínicas, maquinaria del deseo (ingeniería); pues, sólo allí, funcionamiento y formación, uso y montaje, producto y producción se confunden. Todo funcionalismo molar es falso, puesto que las máquinas orgánicas o sociales no se forman de la misma manera que funcionan y las máquinas técnicas no se montan como se utilizan, sino que implican precisamente condiciones determinadas que separan su propia producción de su producto distinto. Sólo tiene un sentido, y también un fin, una intención, lo que no se produce como funciona.
Las máquinas deseantes, al contrario, no representan nada, no significan nada, no quieren decir nada, y son exactamente lo que se ha hecho de ellas, lo que se ha hecho con ellas, lo que ellas hacen en sí mismas.
Funcionan según regímenes de síntesis que no tienen equivalente en los grandes conjuntos."
Deleuze
"Un profundo texto de Samuel Butler, El libro de las máquinas, permite, sin embargo, sobrepasar estos puntos de vista. También es cierto que ese texto parece oponer primero tan sólo las dos tesis ordinarias, una según la cual
los organismos no son por el momento más que máquinas más perfectas
(«Las cosas mismas que creemos puramente espirituales no son más que rupturas de equilibrio en una serie de palancas, empezando por aquellas palancas que son demasiado pequeñas para ser apreciadas por el microscopio»),
la otra según la cual las máquinas nunca son más que prolongamientos del organismo
(«Los animales inferiores guardan sobre sí sus miembros, en su propio cuerpo, mientras que la mayoría de los miembros del hombre están libres y yacen separados ora aquí ora allá en diferentes lugares del mundo»).
Mas existe una forma butleriana de llevar cada una de las tesis a un punto extremo en el que ya no pueden oponerse, un punto de indiferencia o de dispersión. Por una parte, Butler no se contenta con decir que
las máquinas prolongan el organismo, sino que son realmente miembros y órganos yaciendo sobre el cuerpo sin órganos de la sociedad,
que los hombres se apropian según su poder y su riqueza, y de los que la pobreza les priva como si fuesen organismos mutilados.
Por otra parte, no se contenta con decir que los organismos son máquinas, sino que contienen tal abundancia de partes que deben ser comparadas a piezas muy diferentes de distintas máquinas que remiten unas a otras, maquinadas sobre otras.
Ahí radica lo esencial, un doble paso al límite efectuado por Butler. Hace estallar la tesis vitalista al poner en tela de juicio la unidad específica o personal del organismo, y más aún la tesis mecanicista, al poner en tela de juicio la unidad estructural de la máquina.
Se suele decir que las máquinas no se reproducen, o que sólo se reproducen por mediación del hombre, pero «¿dice nadie acaso que el trébol rojo carece de aparato reproductor porque la humilde abeja, y sólo la abeja, debe servir de intermediaria para que pueda reproducirse?
La abeja forma parte del sistema reproductor del trébol.
Cada uno de nosotros ha brotado de animalitos ínfimos cuya identidad era enteramente distinta de la nuestra, y forman parte de nuestro propio sistema reproductor; ¿por qué no habríamos de formar parte nosotros de tal sistema de las máquinas?...
Nos engañamos cuando consideramos una máquina complicada como si fuera una cosa única. En realidad es una ciudad o una sociedad donde cada uno de sus miembros ha sido engendrado de acuerdo con su clase o tipo. Miramos a una máquina como a un todo, la llamamos por un nombre que la individualiza. Como al mirar a nuestros propios miembros, sabemos que la combinación forma un individuo que surge de un único centro de acción reproductora, damos, en consecuencia, por sentado que no puede existir una acción reproductora que no brote de un único centro.
Pero esta premisa es anticientífica y el mero hecho de que ninguna máquina de vapor haya sido construida enteramente por otra, o por otras dos de su propio tipo, no es suficiente para autorizarnos a decir que las máquinas de vapor no tienen un aparato reproductor. La verdad es que cada parte de una máquina de vapor es engendrada por sus propios procreadores especiales, cuya función es procrear esa parte y solamente esa parte, mientras que la combinación de las partes en un todo forma otro departamento del aparato reproductor mecánico...»
De paso, Butler encuentra el fenómeno de la plusvalía de código, cuando una parte de máquina capta en su propio código un fragmento de código de otra máquina: el trébol rojo y la abeja; o bien la orquídea y la avispa macho a la que atrae e intercepta al tener sobre su flor la imagen y el olor de la avispa hembra.
En este punto de dispersión de las dos tesis se vuelve indiferente decir que
las máquinas son órganos, o los órganos máquinas.
Las dos definiciones se equivalen: el hombre como «animal vertebro-maquinado» o como «parásito afidio de las máquinas». Lo esencial no radica en el paso al infinito mismo, la infinidad compuesta de las piezas de máquina o la infinidad temporal de los animálculos, sino más bien en lo que aflora aprovechando ese paso.
Una vez deshecha la unidad estructural de la máquina, una vez depuesta la unidad personal y específica de lo vivo, un vínculo directo aparece entre la máquina y el deseo, la máquina pasa al corazón del deseo,
la máquina es deseante y el deseo maquinado.
El deseo no está en el sujeto, sino que la máquina está en el deseo;
y el sujeto residual está en el otro lado, al lado de la máquina, en todo el contorno, parásito de las máquinas, accesorio del deseo vertebro-maquinado. En una palabra, la verdadera diferencia no está entre la máquina y lo vivo, el vitalismo y el mecanicismo, sino entre dos estados de la máquina que son asimismo dos estados de lo vivo. La máquina presa en su unidad estructural, lo vivo preso en su unidad específica e incluso personal, son fenómenos de masa o conjuntos molares; es en ese concepto que remiten desde fuera uno al otro. E incluso cuando se distinguen y se oponen lo hacen tan sólo como dos sentidos en una misma dirección estadística. Mas, en la otra dirección más profunda o intrínseca de las multiplicidades, hay compenetración, comunicación directa entre los fenómenos moleculares y las singularidades de lo vivo, es decir, entre las pequeñas máquinas dispersas en toda máquina y las pequeñas máquinas insertas en todo organismo: dominio de indiferencia de lo microfísico y de lo biológico que hace que haya tantos vivientes en la máquina como máquinas en lo viviente. ¿Por qué hablar de máquinas en ese campo cuando no las hay, parece ser, propiamente hablando (ni unidad estructural ni ligazones mecánicas preformadas)?
«Mas es posible la formación de tales máquinas, en relevos indefinidamente superpuestos, en ciclos de funcionamiento engranados unos en otros, que obedecerán una vez montados a las leyes de la termodinámica, pero que, en su montaje, no dependen de esas leyes, puesto que la cadena de montaje empieza en un campo donde por definición todavía no hay leyes estadísticas...
A este nivel, funcionamiento y formación todavía están confundidos como en la molécula; y a partir de ese nivel se abren las dos vías divergentes que conducirán, una a los montones más o menos regulares de individuos, la otra a los perfeccionamientos de la organización individual cuyo esquema más simple es la formación de un tubo...»
La verdadera diferencia radica, por tanto, entre las máquinas molares por una parte, tanto si son sociales, técnicas u orgánicas, y las máquinas deseantes, que pertenecen al orden molecular, por otra parte. Eso son las máquinas deseantes: máquinas formativas, cuyos propios fallos son funcionales y cuyo funcionamiento es indiscernible de la formación; máquinas cronógenas confundidas con su propio montaje, que operan por ligazones no localizables y localizaciones dispersas y hacen intervenir procesos de temporalización, formaciones en fragmentos y piezas separadas, con plusvalía de código, y donde el todo es él mismo producido al lado de las partes, como una parte o, según las palabras de Butler, «en otro departamento» que lo vuelca en las otras partes;
máquinas propiamente hablando, porque proceden por cortes y flujos, ondas asociadas y partículas, flujos asociativos y objetos parciales, induciendo siempre a distancia conexiones transversales, disyunciones inclusivas, conjunciones polívocas, produciendo de ese modo extracciones, separaciones y restos, con transferencia de individualidad, en una esquizogénesis generalizada cuyos elementos son los flujos-esquizias."
Deleuze
"El esquizo sabe partir: ha convertido la partida en algo tan simple como nacer o morir. Pero al mismo tiempo su viaje es extrañamente in situ. No habla de otro mundo, no es de otro mundo: incluso al desplazarse en el espacio es un viaje en intensidad, alrededor de la máquina deseante que se erige y permanece aquí. Pues es aquí donde el desierto se propaga por nuestro mundo, y también la nueva tierra, y la máquina que zumba, alrededor de la cual los esquizos giran, planetas de un nuevo sol.
Estos hombres del deseo (o bien no existen todavía) son como Zaratustra. Conocen increíbles sufrimentos, vértigos y enfermedades. Tienen sus espectros.
Deben reinventar cada gesto.
Pero un hombre así se produce como hombre libre, irresponsable, solitario y gozoso, capaz, en una palabra, de decir y hacer algo simple en su propio nombre, sin pedir permiso, deseo que no carece de nada, flujo que franquea los obstáculos y los códigos, nombre que ya no designa ningún yo. Simplemente ha dejado de tener miedo de volverse loco. Se vive como la sublime enfermedad que ya no padecerá. ¿Qué vale, qué valdría aquí un psiquiatra? En toda la psiquiatría, sólo Jaspers y luego Laing han sabido lo que significaba proceso y lo que significaba su realización. «Si la especie humana sobrevive,
los hombres del futuro considerarán nuestra ilustrada época, me imagino, como un verdadero siglo de obscurantismo.
Sin duda, serán capaces de degustar la ironía de esta situación con más sentido del humor que nosotros. Se reirán de nosotros. Sabrán que lo que nosotros llamábamos esquizofrenia era una de las formas bajo las que — a menudo por mediación de gente por completo corriente — la luz empezó a aparecer a través de las fisuras de nuestros espíritus cerrados... La locura no es necesariamente un hundimiento (breakdown); también puede ser una abertura (breakthrough)... El individuo que realiza la experiencia trascendental de la pérdida del ego puede o no perder el equilibrio de diversas maneras. Entonces puede ser considerado como loco.
Pero estar loco necesariamente no es estar enfermo,
incluso si en nuestro mundo los dos términos se han vuelto complementarios... Desde el punto de partida de nuestra seudo salud mental, todo es equívoco. Esta salud no es una verdadera salud. La locura de los otros no es una verdadera locura. La locura de nuestros pacientes es un producto de la destrucción que nosotros les imponemos y que se imponen ellos mismos. Que nadie se imagine que nos encontramos ante la verdadera locura, o que nosotros estamos verdaderamente sanos de la mente. La locura con la que nos encontramos en nuestros enfermos es un disfraz grosero, una caricatura grotesca de lo que podría ser la curación natural de esta extraña integración. La verdadera salud mental implica de un modo o de otro la disolución del ego normal...»."
Deleuze
"Nunca se trata, sin embargo, de identificarse con determinados personajes,
como cuando equivocadamente se dice de un loco que «se creía que era...». Se trata de algo distinto: identificar las razas, las culturas y los dioses, con campos de intensidad sobre el cuerpo sin órganos, identificar los personajes con estados que llenan estos campos, con efectos que fulguran y atraviesan estos campos. De ahí el papel de los nombres, en su magia propia:
no hay un yo que se identifica con razas, pueblos, personas, sobre una escena de la representación,
sino nombres propios que identifican razas, pueblos y personas con umbrales, regiones o efectos en una producción de cantidades intensivas."
"El esquizo no tiene principios: no es algo más que siendo algo distinto.
No es Mahood más que siendo Worm y no es Worm más que siendo Tartempion. No es una muchacha más que siendo un viejo que imita o simula a la muchacha. O, más bien, siendo alguien que simula un viejo que está simulando una muchacha. O más bien simulando alguien..., etc. Ese ya era el arte oriental de los emperadores romanos, los doce paranoicos de Suetotonio. En un libro maravilloso de Jacques Besse encontramos el doble paseo del esquizo, el viaje exterior geográfico siguiendo distancias indescomponibles, el viaje histórico interior siguiendo intensidades envolventes: Cristóbal Colón no calma a su tripulación rebelada y no se convierte en almirante más que simulando un (falso) almirante que simula a una puta que baila.
Pero debemos entender la simulación del mismo modo como hace un momento entendíamos la identificación.
La simulación expresa estas distancias indescomponibles siempre envueltas en las intensidades que se dividen unas en otras cambiando de forma. Si la identificación es un nombramiento, una designación,
la simulación es la escritura que le corresponde, escritura extrañamente polívoca en el mismo real.
Lleva lo real fuera de su principio hasta el punto en que es efectivamente producido por la máquina deseante. Este punto en el que la copia deja de ser una copia para convertirse en lo Real y su artificio."
"... éste es el «histrionismo» del esquizofrénico, según la fórmula de Klossowski, el verdadero programa de un teatro de la crueldad,
la puesta en escena de una máquina de producir lo real.
En vez de haber perdido no se sabe qué contacto con la vida,
el esquizofrénico es el que está más cerca del corazón palpitante de la realidad,
en un punto intenso que se confunde con la producción de lo real, y que hace decir a Reich: «Lo que caracteriza a la esquizofrenia es la experiencia de este elemento vital, ....en lo que concierne a su sensación de la vida, el neurótico y el perverso son al esquizofrénico lo que el sórdido tendero al gran aventurero»."
"Richemont no se identifica con Luis XVII,
reclama la prima que corresponde al que pasa por todas las singularidades de la serie convergente alrededor de la máquina para raptar a Luis XVII. En el centro no hay un centro, como tampoco hay personas repartidas por el contorno. Nada más que una serie de singularidades en la red disyuntiva, o de estados intensivos en el tejido conjuntivo, y un sujeto transposicional en todo el círculo, pasando por todos los estados, triunfando sobre unos como sus enemigos, saboreando a los otros como sus aliados, amontonando en todas partes la prima fraudulenta de sus avatares. Objeto parcial: una cicatriz local, por otra parte incierta, es mejor prueba que todos los recuerdos de infancia de los que el pretendiente carece. Entonces la síntesis conjuntiva puede expresarse: ¡yo soy, pues, el rey! ¡es, pues, a mí a quien pertenece el reino!
Pero este yo tan sólo es el sujeto residual que recorre el círculo y acaba sus oscilaciones."
"En sus metamorfosis y cambios intensos, Schreber se convierte en alumno de los jesuitas, en burgomaestre de una ciudad en la que los alemanes luchan contra los eslavos, en muchacha que defiende la Alsacia contra los franceses; por último, traspasa el gradiente o el umbral ario para convertirse en príncipe mongol. ¿Qué significa este
Deleuze
Deleuze
Deleuze La emoción intensiva, el afecto, es a la vez raíz común y principio de diferenciación de los delirios y alucinaciones
lunes, febrero 03, 2014"No es una experiencia alucinatoria ni un pensamiento delirante,
sino una sensación, una serie de emociones y sensaciones como consumo de cantidades intensivas que forman el material de las alucinaciones y delirios subsiguientes.
La emoción intensiva, el afecto, es a la vez raíz común y principio de diferenciación de los delirios y alucinaciones.
También creeremos que todo se mezcla en estos devenires, pasos y migraciones intensos, toda esta deriva que remonta y desciende el tiempo — países, razas, familias, denominaciones parentales, denominaciones divinas, denominaciones históricas, geográficas e incluso hechos diversos. (Yo siento que) me convierto en Dios, me convierto en mujer, que era Juana de Arco y soy Heliogábalo, y el Gran Mongol, un chino, un piel roja, un templario, he sido mi padre y he sido mi hijo. Y todos los criminales, toda la lista de criminales, los criminales honestos y los deshonestos.
«Es tal vez al querer ser Worm que por fin seré Mahood. Entonces ya no tendré que ser Worm. A lo que sin duda llegaré al esforzarme por ser Tartempion.» Pero si todo se mezcla de ese modo, es en intensidad, no hay confusión de los espacios y de las formas puesto que precisamente están deshechos, en provecho de un nuevo orden, el orden intenso, intensivo."
Deleuze
Deleuze
No es identificarse solo con personas, sino identificarse con el Yo de personas y con personajes de la ficción
domingo, febrero 02, 2014"Esto es lo que Klossowski ha demostrado admirablemente en su comentario de Nietzsche: la presencia de la Stimmung como emoción material, constitutiva del pensamiento más alto y de la percepción más aguda.
«Las fuerzas centrífugas nunca huyen del centro, sino que se aproximan una vez más para alejarse de nuevo: éstas son las vehementes oscilaciones que conmocionan a un individuo en tanto que no busque más que su propio centro y no vea el círculo del que él mismo forma parte; pues si las oscilaciones lo conmocionan, es debido a que
cada una responde a otro individuo distinto del que cree ser,
desde el punto de vista del centro inencontrable. De ahí, que
una identidad es esencialmente fortuita y que una serie de individualidades deben ser recorridas por cada una de ellas, para que el carácter fortuito de ésta o de aquella haga que todas sean necesarias.»
Las fuerzas de atracción y de repulsión, de desarrollo y de decadencia, producen una seriede estados intensivos a partir de la intensidad = 0 que designa al cuerpo sin órganos («pero lo singular radica en que allí todavía es necesario un nuevo aflujo, para significar tan sólo esta ausencia»).
No existe el yo-Nietzsche, profesor de filología,
que pierde de golpe la razón, y que podría identificarse con extraños personajes;
existe el sujeto nietszcheano que pasa por una serie de estados y que identifica los nombres de la historia con estos estados: yo soy todos los nombres de la historia...
El sujeto se extiende sobre el contorno del círculo cuyo centro abandonó el yo. En el centro hay la máquina del deseo, la máquina célibe del eterno retorno. Sujeto residual de la máquina, el sujeto nietzscheano saca una prima eufórica (Voluptas) de todo lo que la máquina hace girar, y que el lector había creído que era sólo la obra en fragmentos de Nietzsche:
«Nietzsche cree proseguir en lo sucesivo, no la realización de un sistema, sino la aplicación de un programa... bajo la forma de los residuos del discurso nietzscheano, convertidos en cierta manera en el repertorio de su histrionismo.»
No es identificarse con personas, sino identificar los nombres de la historia
con zonas de intensidad sobre el cuerpo sin órganos; y cada vez el sujeto exclama: «¡Soy yo, luego soy yo! » Nunca se ha hecho tanta historia como la que el esquizo hace, ni de la manera como la hace. De una vez consume la historia universal. Empezamos a definirlo como Homo natura y acaba como Homo historia. De uno a otro ese largo camino que va de Hölderlin a Nietzsche, y que se precipita («La euforia no podría prolongarse en Nietzsche tanto tiempo como la alienación contemplativa de Hölderlin... La visión del mundo concedida a Nietzsche no inaugura una sucesión más o menos regular de paisajes o de naturalezas muertas, extendida sobre unos cuarenta años; es la parodia rememorante de un acontecimiento: un solo actor para representarla en una jornada solemne —ya que todo se pronuncia y vuelve a desaparecer en una sola jornada— aunque debiera haber durado del 31 de diciembre al 6 de enero —más allá del calendario razonable.»)"
Deleuze
"Michel Carrouges aisló, bajo el nombre de «máquinas célibes», un cierto número de máquinas fantásticas que descubrió en la literatura. Los ejemplos que invoca son muy variados y a simple vista parece que no pueden situarse bajo una misma categoría:
la Mariée mise à nu... de Duchamp,
la máquina de La Colonia penitenciaria de Kafka,
las máquinas de Raymond Roussel,
las del Surmále de Jarry,
algunas máquinas de Edgar Poe,
la Eve future de Villiers, etc.
Sin embargo, los rasgos que crean la unidad, de importancia variable según el ejemplo considerado, son los siguientes: en primer lugar, la máquina célibe da fe de una antigua máquina paranoica, con sus suplicios, sus sombras, su antigua Ley. No obstante, no es una máquina paranoica. Toda la diferencia de esta última, sus mecanismos, carro, tijeras, agujas, imanes, radios.
Hasta en los suplicios o en la muerte que provoca, manifiesta algo nuevo, un poder solar.
En segundo lugar, esta transfiguración no puede explicarse por el carácter milagroso que la máquina debe a la inscripción que encierra, aunque efectivamente encierre las mayores inscripciones (cf. el registro colocado por Edison en la Eva futura).
Existe un consumo actual de la nueva máquina, un placer que podemos calificar de auto-erótico o más bien de automático en el que se contraen las nupcias de una nueva alianza, nuevo nacimiento, éxtasis deslumbrante como si el erotismo liberase otros poderes ilimitados.
La cuestión se convierte en: ¿qué produce la máquina célibe? ¿qué se produce a través de ella? La respuesta parece que es: cantidades intensivas.
Hay una experiencia esquizofrénica de las cantidades intensivas en estado puro, en un punto casi insoportable —una miseria y una gloria célibes sentidas en el punto más alto, como un clamor suspendido entre la vida y la muerte, una sensación de paso intensa, estados de intensidad pura y cruda despojados de su figura y de su forma.
A menudo se habla de las alucinaciones y del delirio; pero el dato alucinatorio (veo, oigo) y el dato delirante (pienso...) presuponen un Yo siento más profundo, que proporcione a las alucinaciones su objeto y al delirio del pensamiento su contenido.
Un «siento que me convierto en mujer», «que me convierto en Dios», etc., que no es ni delirante ni alucinatorio, pero que va a proyectar la alucinación o a interiorizar el delirio.
Delirio y alucinación son secundarios con respecto a la emoción verdaderamente primaria que en un principio no siente más que intensidades, devenires, pasos. ¿De dónde proceden estas intensidades puras?
Proceden de las dos fuerzas precedentes, repulsión y atracción, y de la oposición entre estas dos fuerzas. No es que las propias intensidades estén en oposición unas con otras y se equilibren alrededor de un estado neutro. Por el contrarío, todas son positivas a partir de la intensidad = 0 que designa el cuerpo lleno sin órganos. Y forman caídas o alzas relativas según su relación compleja y según la proporción de atracción y repulsión que entra en su juego. En una palabra, la oposición entre las fuerzas de atracción y repulsión produce una serie abierta de elementos intensivos, todos positivos, que nunca expresan el equilibrio final de un sistema,
sino un número ilimitado de estados estacionarios y metastásicos por los que un sujeto pasa.
Profundamente esquizoide es la teoría kantiana que dice que las cantidades intensivas llenan la materia sin vacío en diversos grados. Siguiendo la doctrina del presidente Schreber, la atracción y la repulsión producen intensos estados de nervios que llenan el cuerpo sin órganos en diversos grados, por los que pasa el sujeto-Schreber, convirtiéndose en mujer, convirtiéndose en muchas más cosas siguiendo un círculo de eterno retorno. Los senos sobre el torso desnudo del presidente no son ni delirantes ni alucinatorios; en primer lugar, designan una banda de intensidad, una zona de intensidad sobre su cuerpo sin órganos. El cuerpo sin órganos es un huevo: está atravesado por ejes y umbrales, latitudes, longitudes, geodésicas, está atravesado por gradientes que señalan los devenires y los cambios del que en él se desarrolla.
Aquí nada es representativo. Todo es vida y vivido: la emoción vivida de los senos no se parece a los senos, no los representa,
del mismo modo como una zona predestinada en el huevo no se parece al órgano que de allí va a surgir. Sólo bandas de intensidad, potenciales, umbrales y gradientes. Experiencia desgarradora, demasiado conmovedora, mediante la cual
el esquizo es el que está más cerca de la materia, de un centro intenso y vivo de la materia: «esta emoción situada fuera del punto particular donde la mente la busca... esta emoción que devuelve a la mente el sonido turbador de la materia, toda el alma corre por ella y pasa por su fuego ardiente»"
Deleuze