«Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojada en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (por que los domingos yo no salía hasta la hora de misa) cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.»
Proust
«Por esta razón, dice Gómez Pin, no se pueden establecer analogías entre Proust y Bergson, ya que la reducción del mundo sensible al lenguaje no es posible en Bergson, debido a que el orden del lenguaje está “excesivamente anclado en la inteligencia”, en tanto que, en Proust, no hay impresión sensible que no sea reductible al lenguaje y a la inteligencia. En relación con Bergson, parece más conveniente rastrear la conexión psicológica entre “duración homogénea” y “multiplicidad cualitativa”, que, en cuanto dos aspectos del yo, nos remiten, desde nuestro punto de vista, a la problemática de la diferencia entre identidad idem e identidad ipse. La duración homogénea es cuantitativa y se refiere a los momentos heterogéneos de la conciencia, que se suceden en un espacio homogéneo, para un yo fundamental, impersonal y preciso – un yo concreto y real - que percibe desde su existencia interior, que podría equivaler a la imagen fija de la identidad idem del yo, en cuanto capacidad no cambiante, en una duración igualmente homogénea. Por el contrario, la multiplicidad cualitativa del yo se proyecta de acuerdo con un yo refractado y subdividido, que ejerce funciones de fusión y organización de acuerdo con la variabilidad de las exigencias del medio social; es, según Bergson, un yo confuso, móvil, que opera con representaciones simbólicas variables.Esta multiplicidad del yo es un aspecto que se puede asimilar a la identidad ipse, que se modifica de acuerdo con el recubrimiento de “las impresiones delicadas y fugitivas de nuestra conciencia individual”. Como ya lo hemos señalado, estos dos aspectos del yo, se encuentran vinculados a la narración de Proust. Es más aún: hay una contradicción entre el yo profundo e idéntico y la multiplicidad que se genera en el exterior, provocando diversos estados de conciencia e ideas, que se asocian por contigüidad, o simplemente se superponen. A este propósito Proust habla de la superposición y carácter suplementario entre el arte y el amor, que vendría a ser un caso de multiplicidad numérica, en cuanto asocia dos ideas por superposición, que son desde luego variables. Lo que permanece invariable es “la cualidad pura” de los estados de conciencia, como opuestos a la multiplicidad cuantitativa, la cual vendría a ser, en Proust, los diversos estados de conciencia que adoptan los personajes, de acuerdo con las exigencias del medio en el cual se ubican, y que hace que los personajes adopten comportamientos dobles,orientados por requisitos de acción dramática. A este respecto, dice Bergson: “a medida que se realizan más completamente las condiciones de la vida social, a medida también que se acentúa la corriente que conlleva nuestros estados de conciencia del interior al exterior: poco a poco, esos estados, se trasforman en objetos o cosas; se destacan, no solamente los unos de los otros, sino aún de nosotros mismos”. Es decir, que cuando la conciencia se exterioriza, aparece un segundo yo, que se presenta al exterior de acuerdo con las exigencias del rigor o la falta de seriedad de los grupos en los cuales interactúa.Desde éste punto de vista, la identidad idem, que se proyecta al exterior – muchas veces con gestos y comportamientos de teatralidad –, es constitutiva de la alteridad, bajo la condición de preservar “ ‘un imperio dentro de un imperio’”, que diferencia el yo real y concreto del yo de la representación simbólica de la mirada.»
Jesús Ernesto Patiño Ávila
Proust
Los yoes olvidados, la vivencia real de cada uno de los instantes pasados
martes, julio 29, 2014«Y no sólo Albertina, sino
hasta yo mismo era como una sucesión de momentos.
[...] No un solo hombre, sino el desfile de un ejército variado compuesto,
según el momento de apasionados, indiferentes, celosos, ninguno de los cuales estaba celoso de la misma mujer. Sin duda, de ahí vendría un día la curación, que yo no deseaba. En una multitud, cada elemento puede sustituirse por otro, que a su vez otros elementos eliminan o refuerzan sin que se note, si bien al final
se ha realizado un cambio imposible de concebir si fuéramos uno.
[...] Una mujer que ya no podía sentir placer con otras no debería suscitarme celos, en el caso de que solamente se hubiera materializado mi cariño. Pero eso era imposible, dado que éste sólo podía encontrar su objeto, Albertina, en los recuerdos donde ella seguía viva.
Pues al pensar en ella la resucitaba,
sus traiciones nunca podían ser las de una muerta,
al hacerse actual el instante en que las había cometido
no solamente en relación a Albertina, sino a
aquel de mis «yoes» que súbitamente evocado la contemplaba.
[...] Y ahora lo que aparecía ante mí como un doble del futuro [...] no era ya el futuro de Albertina sino su pasado. ¿Su pasado? No es exacto, porque
para los celos no hay ni pasado ni futuro,
lo que imaginan es siempre presente.
Los cambios de atmósfera provocan otros en el interior del hombre,
despiertan yoes olvidados,
contrarían el adormecimiento del hábito,
insuflan nuevas fuerzas a esos recuerdos y sufrimientos [...];
como les ocurre a los amputados, el menor cambio de tiempo renovaba mis dolores en el miembro que ya no existía. [AD 65-73]
El hombre es un ser sin edad fija,
un ser que tiene la facultad de tornarse en unos segundos
muchos años más joven, y que rodeado por los muros del tiempo en que ha vivido, flota en él, pero como en un estanque cuyo nivel cambia constantemente y lo sitúa tanto al alcance de una época como de otra.»
Proust [AD 193]
«Yo había considerado siempre al individuo, en un momento dado del tiempo, como un polípero donde el ojo, organismo independiente aunque asociado, se entorna ante una mota de polvo sin que la inteligencia lo ordene, donde en el intestino, parásito soterrado, se infecta sin saberlo la inteligencia; y que en el alma, pero también en la duración de la vida,
una serie de yoes yuxtapuestos
pero diferentes morían uno tras otro o incluso se alternaban entre sí,
como en Combray
venía uno de mis yoes a ocupar el lugar del otro
cuando anochecía. Pero había visto asimismo que las células morales que componen un ser son más duraderas que él. Vi cómo los vicios y el valor de los Guermantes retornaban en SaintLoup, y en él mismo los defectos extraños y momentáneos del carácter, o el antisemitismo de Swann. Aún podía verlo en Bloch. [...] Lo mismo que, cuando oía hablar a Cottard, a Brichot y a tantos otros, sentía que por la cultura y la moda una única ondulación propaga a todo lo ancho del espacio
las mismas maneras de decir y de pensar,
así también a lo largo del tiempo grandes maremotos levantan, desde las profundidades de los años, las mismas cóleras, las mismas tristezas, las mismas bravuras, las mismas manías a través de las generaciones superpuestas, y, apoyándose cada sección en varias de la misma serie, ofrecen, como sombras sobre pantallas sucesivas,
la repetición de una composición idéntica,
aunque a veces menos insignificante, a la que confrontaba de ese modo a Bloch y a su abuelo, a monsieur Bloch padre y a Nissim Bernard... [TR 244-5]
El literato envidia al pintor; le gustaría hacerse croquis, tomar notas, y si lo hace está perdido. Pero cuando escribe, no hay un solo gesto de sus personajes, un tic, un acento que no aporte la memoria a su inspiración [...]. Pues, movido por su instinto, mucho antes de creer que llegaría a ser algún día escritor, [...] ordenaba a sus ojos y a sus oídos que retuvieran para siempre lo que a los demás parecían naderías pueriles, el acento con que se dijo años atrás una frase, la expresión del semblante y el gesto de hombros que hizo en un determinado momento una persona de la que seguramente no sabe nada más; y eso porque aquel acento lo había oído antes, o sentía que podría volver a oírlo, que era algo repetible, duradero; es el propio sentimiento de lo general lo que en el futuro escritor elige lo que es general y podrá incluirse en la obra de arte. Pues sólo escucha a los demás cuando, por tontos o insensatos que sean,
a base de repetir como loros lo que dicen personas de características similares,
se constituyen en pájaros profetas, en portavoces de una ley psicológica.»
Proust [TR 207]
«Ese nuevo ser que soportaría con facilidad vivir sin Albertina había hecho su aparición en mí, ya que pude hablar de ella en casa de madame de Guermantes con palabras afligidas pero sin sufrimiento profundo. [...] Con el olvido, ese ser tan temido, y beneficioso, que no
era otro que uno de esos yoes de recambio
que el destino nos reserva y que, sin oír nuestras súplicas más que un médico clarividente y, por tanto, autoritario,
sustituye a pesar nuestro, con una intervención oportuna,
al yo realmente demasiado maltrecho,
me traía por el contrario una supresión casi completa del sufrimiento.
Por lo demás, este recambio ocurre de vez en cuando, como la erosión y la reparación de los tejidos,
pero sólo nos damos cuenta cuando el antiguo soportaba un gran pesar,
un cuerpo extraño e hiriente, que nos asombra no volver a encontrar,
maravillados de habernos transformado en otro,
alguien para quien el sufrimiento de su predecesor no es ya sino un sufrimiento ajeno,
del que puede hablar con compasión porque ya no lo siente. [...]
Nuestro afecto por los demás se debilita no porque ellos hayan muerto,
sino porque morimos nosotros.»
Proust [AD 174-175]
"La Recherche du temps perdu como gran empresa del esquizoanálisis: todos los planos están atravesados hasta su línea de fuga molecular, penetración esquizofrénica; así en el beso durante el cual el rostro de Albertine salta de un plano de consistencia a otro para deshacerse, por último, en una nebulosa de moléculas. El lector siempre corre el riesgo de detenerse en determinado plano y decir sí, aquí es donde Proust se explica. Sin embargo, el narrador-araña no cesa de deshacer telas y planos, de volver a iniciar el viaje, de espiar los signos o los índices que funcionan como máquinas y le permitirán ir más lejos. Este movimiento es el humor, el humor negro. El narrador no se instala en las tierras familiares y neuróticas de Edipo, allí donde se establecen las conexiones globales y personales, no permanece en ellas, las atraviesa, las profana, las perfora, incluso liquida a su abuela con una máquina de atar los zapatos. Las tierras perversas de la homosexualidad allí donde se establecen las disyunciones exclusivas de las mujeres con las mujeres, de los hombres con los hombres, estallan igualmente en función de los índices maquínicos que las minan. Las tierras psicóticas, con sus conjunciones sobre el propio terreno (¡Charlus está, pues, ciertamente loco, Albertine tal vez lo estaba!), están atravesadas a su vez hasta el punto en que el problema ya no se plantea, ya no se plantea de ese modo. El narrador continúa su propio asunto, hasta la patria desconocida, la tierra desconocida que, sola, crea su propia obra en marcha, la Recherche du temps perdu «in progress», funcionando como máquina deseante capaz de recoger y de tratar todos los índices. Se encamina hacia esas nuevas regiones donde las conexiones siempre son parciales y no personales, las conjunciones, nómadas y polívocas, las disyunciones inclusas, donde la homosexualidad y la heterosexualidad ya no pueden distinguirse: mundo de las comunicaciones transversales, donde el sexo no humano por fin conquistado se confunde con las flores, tierra nueva donde el deseo funciona según sus elementos y sus flujos moleculares. Tal viaje no implica necesariamente grandes movimientos en extensión, se hace inmóvil, en una habitación y sobre un cuerpo sin órganos, viaje intensivo que deshace todas las tierras en provecho de la que crea."
Deleuze
Proust
Proust El rostro de Albertine estalla en objetos parciales moleculares
domingo, febrero 02, 2014"Pues, ¿qué ocurre en la Recherche, una sola y misma historia infinitamente variada? Está claro que el narrador no ve nada, no oye nada, es un cuerpo sin órganos, que no observa nada, pero que responde a los más mínimos signos, a la menor vibración, saltando sobre su presa.
Todo empieza con nebulosas, conjuntos estadísticos de vagos contornos, formaciones molares o colectivas que implican singularidades repartidas al azar (un salón, un grupo de muchachas, un paisaje...). Luego, en estas nebulosas o estos colectivos, se dibujan unos «lados», se organizan series, se figuran personas en estas series, bajo extrañas leyes de carencia, ausencia, simetría, exclusión, no comunicación, vicio y culpabilidad. Luego, todo se mezcla de nuevo, se deshace, pero esta vez en una multiplicidad pura y molecular, en la que los objetos parciales, las «cajas», los «vasos», tienen todos igualmente sus determinaciones positivas y entran en comunicación aberrante según una transversal que recorre toda la obra, inmenso flujo que cada objeto parcial produce y recorta, reproduce y corta a la vez. Más que el vicio, dice Proust, inquietan la locura y su inocencia. Sí la esquizofrenia es lo universal, el gran artista es aquél que franquea el muro esquizofrénico y llega a la patria desconocida, allí donde ya no pertenece a ningún tiempo, a ningún medio, a ninguna escuela."
"Así ocurre en un pasaje ejemplar, el primer beso a Albertine. El rostro de Albertine primero es una nebulosa, apenas extraída del colectivo de las muchachas. Luego aparece la persona de Albertine, a través de una serie de planos que son como sus distintas personalidades, el rostro de Albertine saltando de un plano a otro, a medida que los labios del narrador se acercan a la mejilla. Por último, en la proximidad total, todo se deshace como una visión sobre la arena, el rostro de Albertine estalla en objetos parciales moleculares, mientras que los del rostro del narrador reúnen el cuerpo sin órganos, ojos cerrados, nariz encogida, boca llena."
Deleuze
"En las máquinas deseantes todo funciona al mismo tiempo,
pero en los hiatos y las rupturas, las averías y los fallos, las intermitencias y los cortocircuitos, las distancias y las parcelaciones, en una suma que
nunca reúne sus partes en un todo.
En ellas los cortes son productivos, e incluso son reuniones.
Las disyunciones, en tanto que disyunciones, son inclusivas.
Los propios consumos son pasos, devenires y regresos.
Maurice Blanchot ha sabido plantear el problema con todo rigor, al nivel de una máquina literaria: ¿cómo producir, y pensar, fragmentos que tengan entre sí relaciones de diferencia en tanto que tal, que tengan como relaciones entre sí a su propia diferencia, sin referencias a una totalidad original incluso perdida, ni a un totalidad resultante incluso por llegar?
Sólo la categoría de multiplicidad, empleada como sustantivo y superando lo múltiple tanto como lo Uno, superando la relación predicativa de lo Uno y de lo múltiple, es capaz de dar cuenta de la producción deseante: la producción deseante es multiplicidad pura, es decir, afirmación irreductible a la unidad.
Estamos en la edad de los objetos parciales,
de los ladrillos y de los restos o residuos. Ya no creemos en estos falsos fragmentos que, como los pedazos de la estatua antigua, esperan ser completados y vueltos a pegar para componer una unidad que además es la unidad de origen.
Ya no creemos en una totalidad original ni en una totalidad de destino.
Ya no creemos en la grisalla de una insulsa dialéctica evolutiva, que pretende pacificar los pedazos limando sus bordes.
No creemos en totalidades más que al lado.
Y si encontramos una totalidad tal al lado de partes,
esta totalidad es un todo de aquellas partes, pero que no las totaliza,
es una unidad de todas aquellas partes, pero que no las unifica,
y que se añade a ellas como una nueva parte compuesta aparte.
«Surge, pero aplicándose esta vez al conjunto, como determinado pedazo compuesto aparte, nacido de una inspiración» — nos dice Proust de la unidad de la obra de Balzac, pero también de la suya.
Y en la máquina literaria de la Recherche du temps perdu, es sorprendente hasta que punto todas las partes son producidas como lados disimétricos, direcciones rotas, cajas cerradas, vasos no comunicantes, compartimentos, en los que incluso las contigüidades son distancias, y las distancias afirmaciones, pedazos de puzzle que no pertenecen a uno solo, sino a puzzles diferentes, violentamente insertados unos en otros, siempre locales y nunca específicos, y sus bordes discordantes siempre forzados, profanados, imbricados unos en otros, siempre con restos.
Esta es la obra esquizoide por excelencia:
podríamos decir que la culpabilidad, las declaraciones de culpabilidad, no están presentes más que para reír. (En términos kleinianos se podría decir que la posición depresiva no es más que una cobertura para una posición esquizoide más profunda). Pues los rigores de la ley sólo en apariencia expresan la protesta de lo Uno y, por el contrario, encuentran su verdadero objeto en la absolución de los universos parcelados,
en los que la ley no reúne nada en un Todo,
sino que por el contrario mide y distribuye las separaciones, las dispersiones, los estallidos de los que saca su inocencia en la locura.
Por ello, el tema aparente de la culpabilidad se entrelaza en Proust con otro tema que lo niega, el de la ingenuidad vegetal en la separación de los sexos, en los encuentros de Charlus así como en el sueño de Albertine, allí donde reinan las flores y se revela la inocencia de la locura, locura manifiesta de Charlus o locura supuesta de Albertine."
"Pues Proust decía que el todo es producido,
que es producido como una parte al lado de las partes,
que ni unifica ni totaliza,
sino que se aplica a ellas
instaurando solamente comunicaciones aberrantes entre vasos no comunicantes,
unidades transversales entre elementos que mantienen toda su diferencia en sus propias dimensiones.
Así por ejemplo, en el viaje en ferrocarril, nunca hay totalidad de lo que se ve ni unidad de los puntos de vista; sólo en la transversal que traza el viajero enloquecido de una ventana a otra, «para aproximar, para pegar los fragmentos intermitentes y opuestos». Aproximar, pegar, es lo que Joyce denominaba «re-embody». El cuerpo sin órganos es producido como un todo, pero en su debido lugar, en el proceso de producción, al lado de las partes que ni unifica ni totaliza. Y cuando se aplica a ellas, se vuelca sobre ellas, e induce comunicaciones transversales, avisos transfinitos, inscripciones polívocas y transcursivas, sobre su propia superficie en la que los cortes funcionales de los objetos parciales no cesan de ser recortados por los cortes de cadenas significantes y por los cortes de un sujeto que allí se orienta.
El todo no sólo coexiste con las partes, es contiguo, él mismo producido aparte, y aplicándose a ellas:
los genetistas lo muestran a su modo cuando dicen que «los aminoácidos son asimilados individualmente en la célula, pues son colocados en el orden conveniente por un mecanismo análogo a un molde en el que la cadena lateral característica de cada ácido se coloca en su propia posición».
Por regla general, el problema de las relaciones partes-todo permanece mal planteado tanto por el mecanicismo como por el vitalismo clásicos, en tanto
el todo es considerado como totalidad derivada de las partes,
o como totalidad originaria de la que emanan las partes,
o como totalización dialéctica.
El mecanicismo no más que el vitalismo, no ha captado la naturaleza de las máquinas deseantes, ni la doble necesidad de introducir la producción en el deseo tanto como el deseo en la mecánica."
"Una máquina deseante, un objeto parcial no representa nada: no es representativo.
Más bien es soporte de relaciones y distribuidor de agentes;
pero estos agentes no son personas,
como tampoco estas relaciones son intersubjetivas."
Deleuze